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Lo que el Señor te da, el Señor te lo quita

El Zurdo Troglio se dedicaba a forzar a incobrables al pago de sus deudas. Se sentía bendecido por santa Gilda. Pero una noche se dio cuenta de su error.

Al clarear, aquel estribillo se le infiltró en el sueño: “Porque tengo el corazón valiente/ voy a quererte, voy a quererte”. Era una rareza oír tan temprano la voz de Gilda en “la villa”, el pabellón de Devoto habitado por los “parias” del penal. Eso fue lo que pensó Ramón Emilio Troglio (a) “el Zurdo”, mientras se restregaba los párpados.

Claro que semejante franquicia musical tenía una poderosa razón de ser: hacía unas horas nomás, ella, la reina de la cumbia, había fallecido en la Ruta Nacional 12, a la altura del kilómetro 129, cuando el micro que la llevaba a la localidad entrerriana de Chajarí para brindar un show fue embestido de frente por un camión. La nómina fatal la completaban su madre, doña Tita; su hija, Mariel; tres músicos, y el chofer. De modo que, en la mañana del domingo 8 de septiembre de 1996, nadie hablaba de otra cosa.

Lo cierto es que para el Zurdo, aquella tragedia quedó enlazada con otra circunstancia, cuyo primer signo fue –durante la madrugada del lunes– el tono desganado del guardia que lo despertó con las siguientes palabras: “Juntá tus cosas que te vas”.

El Zurdo abrió los párpados de golpe.

Luego, con sus pocas pertenencias envueltas en una sábana, fue llevado en un camión del Servicio Penitenciario Federal al Palacio de Tribunales para ser notificado de su excarcelación.

Había estado detenido desde el 8 de agosto de 1994. Viejo alcahuete de los policías de Villa Lugano, el tipo integraba una banda dedicada a la recaudación de deudas incobrables. Pero se le había ido la mano y terminó preso por el asesinato, en el Bajo Flores, de Juan Carlos Ballestero, un estafador que había defraudado a quien no debía. Fue la declaración de una vecina lo que lo llevó tras las rejas. Pero su abogado, Horacio Rigoneti, había conseguido –a cambio de unos pesos– cambiar su testimonio.

De aquella hazaña supo jactarse con lujo de detalles en una mesa del bar Ulpiano, situado frente a la plaza Lavalle. Allí lo llevó al Zurdo para celebrar su flamante “falta de mérito” con medialunas y café.

A un costado, la pantalla de un enorme televisor irradiaba la transmisión en vivo del sepelio de Gilda en el Cementerio de la Chacarita.

El Zurdo quedó absorto en la contemplación de sus imágenes. Y tal vez en aquel preciso momento haya vinculado a la difunta con el “milagro” de su liberación. Un salto místico que marcaría su destino.

Tanto es así que, al día siguiente, acudió a ese camposanto.

Gilda descansaba en el nicho 3.635 de la galería 24. El sitio ya se había convertido en su santuario personal. Y durante la mañana de ese martes había un gran número de fieles. Algunos le rezaban; otros le prendían velas y hasta había quienes llegaban avanzando de rodillas. Muchos lloraban de la emoción frente a sus fotos y ante las placas de bronce recientemente fijadas al mármol. También había rosas, claveles y margaritas, en medio de cartulinas escritas a mano y rosarios de plástico que los fieles dejaban por ofrenda.

Resaltaba una niña que, en puntas de pie, colocaba flores rojas y rosadas junto a un retrato de la cantante. En aquel tumulto de almas en pena, su figura concitó la atención del Zurdo. Quizás por primera vez en mucho tiempo se sentía puro. ¿Otro milagro de la extinta?

Es que, entre muchas acciones escabrosas, sobre su conciencia pesaban las torturas que le había infligido a un tal Eugenio Pascarello delante de su familia por demorarse en el pago de 30 mil pesos. O el crimen del comerciante Pedro Aboud por rivalidades con un socio. O el de Jorge Cid por haberse quedado con un vuelto. Pero gracias a sus contactos policiales, esas acciones no le habían causado problemas con la ley.

Dueño de una “personalidad anormal”, según el fiscal que intervino en el caso Ballestero, ahora, mientras contemplaba a la niña de las flores rojas y rosadas en el santuario de Gilda, se sentía “limpio como un ángel”.

Así, con esas palabras, se lo hizo saber dos días más tarde al prestamista Mario Cosetti, uno de sus habituales empleadores, a quien visitó en su oficina del barrio de Barracas.

Este, observándolo por el rabillo del ojo, le dijo: “Dejate de joder, Zurdo”.

Y le encargó un nuevo trabajito: silenciar para siempre a un cliente que podría provocarle problemas. Y le anotó una dirección de Berazategui. Era el domicilio de la víctima.

El matón se retiró con la mitad del pago por adelantado.

LA ESCENA DEL CRIMEN

Días después exploró el escenario del asunto: el tipo vivía en una calle próxima al Club Atlético Ducilo, donde todos los chalecitos eran parecidos.

El momento del crimen fue fijado para la noche del domingo siguiente.

Aquel día, previamente, el Zurdo acudió a la Chacarita. El santuario de Gilda se encontraba colmado de fieles.

Allí, tras persignarse, puso una estampita con la imagen de Gilda en una hendija del nicho. Y murmuró una plegaria.

Al retirarse, una señora le dio conversación: “¿Sabe? Me tenían que operar por un tumor. Pero justo el día en el que Gilda murió yo ya no tenía nada. Los médicos no lo podían creer. Ahora vengo acá todos los días, toco su foto y le pido protección”.

El Zurdo, quien le creyó a pies juntillas, se sintió envalentonado ante la ardua tarea que tenía por delante.

Minutos antes de la medianoche llegó a la vivienda del sujeto que debía despenar. Estaba oscuro. Pero, desde la vereda, creyó reconocer a su “blanco” a través del ventanal. Y obró en consecuencia.

Entonces se escucharon tres disparos y nuevamente el silencio. “Misión cumplida”, pensó, mientras se persignaba sin frenar su repliegue.

–Misión cumplida –le musitó luego a don Mario por teléfono.

A la mañana siguiente fue al santuario de Gilda. Y dos días después, al búnker de Barracas para cobrar la segunda parte del trabajo.

Aquella vez, junto a don Mario había allí un tipo de mala traza, quien se perdió en la cocina tras obedecer un parpadeo del prestamista.

Este tenía cara de pocos amigos. Y sin preámbulos, soltó: “Me metiste en problemas”.

El Zurdo enarcó las cejas.

Entonces don Mario le explicó de mala gana que el hombre al que debía liquidar gozaba de buena salud. Que se había equivocado de chalé. Y que el muerto era el remisero que vivía al lado.

El Zurdo abrió la boca para ensayar una excusa. Pero, en aquel instante, un balazo disparado desde la cocina le atravesó la sien.

Es posible que no haya tenido tiempo para pensar que, bien al estilo del Señor, Gilda también da y quita.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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