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“Aunque no haya luz, el mundo brilla”

La poeta rusa Anna Ajmátova fue una de las más destacadas de su generación. Vivió los horrores de las dos guerras mundiales y conoció en carne propia la persecución del régimen stalinista. Por eso su obra encuentra fulgores entre la oscuridad más tremenda.

A veces, leer poemas fortalece. Y alivia. Y, sobre todo, acompaña. No cura, no modifica, no revoluciona, pero acompaña. Y eso es tanto. Por ejemplo, abrimos en la página 117 del libro Detrás de mí marchan millones (Editorial Llantén) y leemos estos dos versos de Anna Ajmátova: “Todos somos huéspedes en la vida./ Vivir es sólo una costumbre”. Y en esa síntesis rotunda que la gran escritura consigue, detectamos con la velocidad de una corriente eléctrica en los dedos que la soledad es una amiga indescifrable, un centinela sórdido de nuestras plagas. No se trata de sentirse menos solo, sino de confinarse en ese hueco mullido que el poema construye para nuestra congoja. De allí salimos reconfortados y miramos de frente al sol, como si recibiéramos una bendición.

Tanto ofrendan los versos de la poeta rusa Anna Ajmátova (Odessa, 1889 – Moscú, 1966).  Tanto. Y la palabra en su punto álgido, en su temperatura extrema  denunciando, con obstinada belleza, la zona ruin de la humanidad: “Crecí en medio de un silencio frondoso,/ en la cuna fría del naciente siglo./ Las voces humanas no me parecían dulces,/ la voz del viento me resultaba clara./ Amaba las ortigas y las bardanas/ pero sobre todo el sauce plateado,/ agradecido vivió conmigo muchos años,/ sus ramas llorosas/ avivaron con sueños mi insomnio./ ¡Es increíble, pero lo sobreviví!/ Ahí afuera está su peñasco,/ mientras otros sauces murmuran/ con voces desconocidas bajo nuestro cielo./ Y yo callo como si hubiera perdido a un hermano”.

Podría leerse “El sauce”, este gran poema de 1940, como un alegato ecologista. Pero pensarlo así empobrece. Porque le mezquina su caudal de fruta fresca, su espesor político, su dilema existencial ante la soledad y la pérdida, su defensa del amor contra toda esperanza. Por qué no ver allí la contundencia de una intensidad animal moviéndose con la delicadeza de la aurora. “Yo era como los demás/ y también fui peor que todos,/ me bañé en el rocío ajeno,/ me escondí en el trigo/ y dormí en la hierba que no era para mí.”

La obra de Ajmátova, fuertemente anudada a las contingencias, no es, precisamente, contingente. Porque hace de la zozobra subjetiva –de un sinnúmero de padecimientos que le tocaron en desgracia– un retrato de la intimidad en el mundo para que el mundo lo reciba como propio, más allá del tiempo y el lugar en los que sucedieron los hechos que marcaron la vida de esta genial autora. “Las cinco aes abiertas de Anna Ajmátova tuvieron un efecto hipnótico y situaron a la portadora de ese nombre firmemente en el primer puesto del alfabeto de la poesía rusa –confirma el premio Nobel de Literatura 1987 Joseph Brodsky–. Es el tipo de poeta que pura y simplemente ‘adviene’, que llega al mundo con una dicción ya establecida y su sensibilidad excepcional.”

MUSA DEL LLANTO

Así la nombra su enorme amiga y poeta Marina Tsvietáieva. “Tus lamentos se clavan en nosotros como flechas”, dice uno de sus versos dedicados. Porque fue difícil la vida de Anna Ajmátova. Tan dolorosa como elevada su obra. A partir de 1921 –ya había atravesado la Primera Guerra mundial y el furor de la Revolución de Octubre–, empieza a perder afectos con la velocidad y el vértigo de una manzana rodando por la escalera. Primero muere el poeta Aleksandr Block. En esos mismos días, fusilan en un campo de concentración a Nikolái Gumiliov, el primer marido de Ajmátova y padre de Lev, su único hijo. En 1925 se suicida otro de sus amigos poetas, el gran Sergéi Esénin. Ajmátova, mientras, habita la prohibición. Escribe pero no publica. La han silenciado, la combaten, la asedian. La década del 30, pleno temblor stalinista, profundizará la desolación y las pérdidas: arrestan a su hijo Lev; también al historiador del arte Nikolai Punin, el tercer marido de Anna. Como si fuera poco, se llevan a Ossip Mandelstam, su amigo y confidente, poeta excepcional, a un campo de trabajo. Muere en 1938. Tres años más tarde, Marina Tsvietáieva, también perseguida, exiliada y atiborrada de padeceres, se suicida. Ya estamos en la Segunda Guerra. Demasiado para Ajmátova, tanta resiliencia ante tan poco abrigo. Tanta voz ardiendo ante un pueblo diezmado. “No, no soy yo, es otra la que sufre./ Yo no podría soportarlo./ Que un velo negro cubra lo ocurrido/ y que se lleven los faroles./ Noche”.

Pertenece a “Réquiem”, un extenso poema que surge de aquellos diecisiete meses de cola ante la cárcel de Leningrado que Ajmátova soporta, junto a cientos de mujeres, para llevarle comida y ropa a su hijo. En lugar de “Prefacio”, titula el texto que abre “Réquiem”: “En los terribles años de Yezhov estuve parada en la fila, durante diecisiete meses, frente a las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me reconoció. La mujer de labios azules que estaba detrás,/ y que seguramente nunca había oído mi nombre,/ recobrándose del entumecimiento tan común para todas nosotras, me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja) ‘¿Y esto usted puede describirlo?’. Y yo contesté: ‘Puedo’. Entonces algo como una sonrisa rozó/ aquello que alguna vez había sido su rostro”.

Los manuscritos de “Réquiem” pasan de mano en mano y sólo un puñado de amigos memoriza los poemas. Anna no puede mantener los escritos. Es peligroso. Y entonces quema. Durante los años de mayor persecución y terror, quema y memoriza. Pero nunca abandona la poesía: “En ella está mi relación con el tiempo y con la nueva vida de mi pueblo. Cuando escribía, vivía al ritmo que sonaba en la historia heroica de mi país”.

MI ANNA

Párrafo aparte merece quien traduce Detrás de mí marchan millones, primera antología de Ajmátova publicada por una editorial argentina. Puesto que no se trata de alguien que ha estudiado ruso en la academia, ni es profesora de literaturas y lenguas eslavas. No. Natalia Litvinova nació en Bielorrusia en 1986 (entonces, todavía, la Unión Soviética) y llegó a la Argentina junto a sus padres y hermano cuando ella tenía diez años. No sabía una sola palabra de castellano. Aprendió rápido, como Ajmátova, a sobrevivir a tantas penas. A tal punto que para Litvinova el español se convirtió en la lengua de su propia escritura: es poeta. Sin embargo, el ruso la custodia y estos autores (Ajmátova, Tsvietáieva, Ánnenski, Nika Turbiná, Mandelstam, Brodsky, Esénin, Maiacovski, Pasternak) la escoltan; es como si le dejaran migas de pan por el camino para no perderla. Litvinova va del castellano al ruso, y viceversa, como de su habitación al living. Ambos ambientes son su casa. Y este detalle portentoso hace de la traducción de estos poemas un lujo para los lectores de habla hispana. No sentimos las costuras de la traducción: cada poema late con su prosodia original en nuestra lengua. Una experiencia extraña. Y asombrosa.

“Si tuviera que confesar por qué me gusta tanto esta poeta –escribe Litvinova en el prólogo, que titula ‘Mi Anna’– diría que es porque ella construye su fortaleza a través de la debilidad. En varios poemas vemos a Ajmátova humillada, pero no tiene miedo de admitirlo y, además, hace de esta humillación el tema principal de su lirismo, lo transforma en victoria.”

Seguramente, Litvinova tradujo estos versos de “su” poeta rusa, como si fueran propios: “Nuestro oficio sagrado/ existe hace miles de años./ Con él, aunque no haya luz, el mundo brilla”.

Escrito por
María Malusardi
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