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COMPROMISO FAMILIAR

La dictadura se ensañó con particular virulencia contra el creador de El Eternauta y sus seres queridos. El autor de esta nota conoció a los protagonistas, revela el estrecho vínculo que los unía y ensaya una teoría para intentar comprender el porqué de tanto horror.

Salvo excepciones, la primera persona del singular no es un punto de vista gramatical que me interese en el periodismo. Sentada la posición, me propongo a transgredirla. Porque voy a escribir sobre la trágica saga de los Oesterheld e inevitablemente debo aclarar que los conocí. A Héctor Germán, el patriarca de El Eternauta, y a todas las chicas, comenzando por Estela, la mayor, compañera del secundario en el Colegio Nacional de San Isidro, belleza aérea, clásica, suave y determinada. Estela Oesterheld caminaba como acariciando nubes, era una piba brillante, a los quince años pintaba rostros femeninos, unas bellísimas chicas con una cabellera que llovía a dos aguas y que tenían los ojos claros y fijos en alguna sorpresa.

Anécdota: iba yo distraído por la calle Belgrano, la del centro comercial de San Isidro, y me encuentro con Estela Oesterheld. Caminamos juntos charlando de pavadas. Avanzábamos por la vereda donde un dibujante callejero se hacía sus pesos haciendo fidedignos retratos a lápiz de los viandantes. El artista al paso la vio. Se puso de pie y lanzó: “¡Por favor, por favor, dejame que te dibuje! ¡No te cobro!” Sonrojada, ella se negó. El flaco se resignó tras casi una cuadra de insistencia. Es que la armonía del rostro de Estela en combinación con una danza gestual que apenas se proponía rozar la materia era impar. Todos, a su turno, estuvimos enamorados de ella y después de su familia.

En los años 60, como contracara del autoritarismo uniformado que gobernaba, los estudiantes secundarios nos escapábamos por la tangente creativa: escribíamos canciones guitarra en mano, peloteábamos lecturas del boom latinoamericano, hacíamos, queríamos hacer, sobre todo, teatro. Y por supuesto nos burlábamos de la foca Onganía y del rector enano y fachistoide. Estela participaba en la movida. Nos propuso que fuéramos a su casa porque papá Germán nos quería ayudar a elegir esa pieza teatral que nos proponíamos montar. Nos recomendó Altitud 3200, de Julien Luchaire, pero apenas alcanzamos a parodiarla. Ninguno de nosotros sabíamos que ya era un héroe de la historieta argentina. Mejor. En esa casa de Beccar –la misma donde comienza El Eternauta–, Héctor G. era sólo el papá de Estela, el cálido proveedor de ideas para los amigos de la nena quinceañera que quería jugar a ser artista.

UN HOGAR

Estamos hablando de 1966, y esa casa de Beccar –para mí, de profesión huérfano– era una especie de ensueño, con esas chicas hermosas y simpáticas piando por todos los rincones y con esos padres tan conectados. Eso sí que era un hogar y una de las versiones de la felicidad posible, con la mamá Elsa, jovial y protectora, con la riente predisposición de Héctor Germán Oesterheld, a quien habíamos seguramente conocido en las lecturas de historietas infantiles de Hora Cero y de las revistas de editorial Columba. Y estaban Diana, poco más de nueve meses menor que Estela, y Beatriz y Marina, dos calandrias curiosas que andaban por los diez años, envidiando a las hermanas mayores y sus amigos “con inquietudes”.

Estela además pintaba y cómo –ahí está la reproducción fotográfica de uno de sus retratos con ese rostro que se emparentaba no con sus rasgos pero sí con su armonía–. A Diana también la veíamos en el Nacional de San Isidro, y tras egresar se sumó al Seminario Municipal de Teatro, una experiencia que revolucionó el pago chico y que dictaban nada menos que Jorge Petraglia, Roberto Villanueva, Leal Rey, Doris Petroni y Rubén Fraga. La política, con el sacudón parisino del 68 y la insurrección cordobesa del 69, empezaba a ganar espacio en todos nosotros. Éramos unos pendejos con mucha potencia y curiosidad cultural, unos narcisos con infinitos deseos de dejar marcas, unos pequebús que celebrábamos y leíamos los libros del boom de la literatura latinoamericana y que espiábamos las travesuras vanguardistas del Di Tella con ganas de ser más grandes y parecernos a esos flacos con anteojos culo de botella, a esas chicas minifalderas, todos pletóricos de un presente festivo e imperfecto.

Con las baterías cargadas por ese clima, con el reciclaje marxista de la máxima cristiana “ama a tu prójimo como a ti mismo” fijada como núcleo duro de la formación social y emocional, la banda artística ingresó plásticamente en la militancia a dibujar su puente entre el yo y el nosotros. Y más, mucho más: el mandato del “dar” que había bajado desde los altares de las parroquias barriales empezaba a tener que ver con la entrega sacrificial del Che.

Y allí fueron entrando él/las Oesterheld, como tantos más, sin reservas.

SIMETRÍAS DOLIENTES

Como a la realidad le importan las simetrías dolientes, me reencontré con mamá Oesterheld, Elsa, en los años 80, en Ediciones de la Urraca, donde ella era la cabeza administrativa, y yo, un redactor de El Periodista. Hablamos de la casa de Beccar, de Estela, de Héctor Germán, de sus batallas como Abuela de Plaza de Mayo y de su amor y su rencor hacia su esposo asesinado: él no sólo había compartido y alentado la riesgosa praxis política de las chicas, también se había subido a esa militancia de alto riesgo.

Pensar que entre aquella reunión burbujeante en la casa de Beccar, a los quince años, y la operación masacre de las cuatro chicas y de Héctor G. pasó sólo una década. Todos habían visto en la organización Montoneros la síntesis de sus afanes. Y en esa convicción desaparecieron, fueron torturadas y murieron: Beatriz (19), en junio de 1976; Diana (24), en agosto de 1976; Marina (18), en noviembre de 1976; Estela (25), en diciembre de 1977. Héctor unos meses antes que la hija mayor, en abril de 1977, tras padecer (especialmente humillado y lacerado) en los centros de desaparición El Vesubio y Campo de Mayo. Mientras el creador de El Eternauta avanzaba hacia la violencia mayor de la muerte lo hicieron pasar por todas las estaciones del martirio: testimonios de sobrevivientes cuentan que los represores le mostraban a Germán las fotos de sus hijas acribilladas.

Siempre me pregunté por ese ensañamiento terminal con el creador de El Eternauta y sus hijas, aunque todo era un ensañamiento terminal con el poder en manos de los garcas. Quizá sea justo apuntar este matiz: para los genocidas resultó insoportable que en esas burbujas de amor familiar que decían defender y que exhibían como modelo de vida occidental y cristiano también habitara la rebeldía. Acaso les pareció intolerable que desde una satisfecha y armónica familia de las clases medias del conurbano cheto también se amara a los postergados, se soñara con un país sin miseria y se trinara ante la injusticia.

Escrito por
Vicente Muleiro
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