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Cine erótico y luchas de género

Con la muerte de Libertad Leblanc, el pasado 29 de abril, desaparece definitivamente una época: la de las sex symbols fundacionales de la cultura audiovisual argentina. Un breve recorrido por sus carreras echa luz a sus contribuciones para resquebrajar los roles de las mujeres en las sociedades patriarcales.

En febrero de 1969, Horace Lannes, el histórico diseñador de vestuarios de películas argentinas, acompañó a Libertad Leblanc al estreno de la película Deliciosamente amoral que la tenía como protagonista. Para la ocasión, la blonda lució un vestido rojo creado por Lannes con una capa colorada. Cuando salieron del cine de la tradicional calle Lavalle, una multitud comenzó a rodearlos y a corear eufóricamente: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!  

La escena era surrealista. En plena época de la dictadura liderada por el ultramontano Onganía, la gente daba rienda suelta con sus gritos a energías libidinales largamente contenidas que expresaban el sentido polisémico de la palabra libertad. Mientras las desorientadas fuerzas policiales se acercaban dispuestas a cumplir su rol represor, Libertad Leblanc, espléndida, escotada, caminaba majestuosa al son de su nombre y representando todo lo que no se podía hacer en la época. Retrospectivamente, el momento puede ser leído como presagio y metáfora del estallido a la vez social y sexual que en pocos meses sería el comienzo del fin del gobierno militar: el Cordobazo.  

El cine erótico suele mostrar mundos soñados de placeres ilimitados vedados en la vida cotidiana. Puede proyectar fantasías sexuales consideradas pecaminosas o prohibidas, transgredir normas políticas y morales y en un mismo movimiento presentar formas de amar y vivir diferentes a las establecidas. De esa y múltiples maneras puede poner en tensión a los poderes de turno.  

Consideradas chabacanas o reproductoras del sistema patriarcal que considera a las mujeres como objeto no suele considerarse el papel subversivo que, en ocasiones, presentan las películas eróticas argentinas. En este sentido, quizás haya que saldar una deuda histórica en lo que hace a los aportes a los feminismos y a las luchas de las mujeres y las sexualidades e identidades diversas a la heteronormatividad de las tres actrices paradigmáticas del cine erótico local: Mecha Ortiz, Isabel Sarli y Libertad Leblanc.  

Revolución sexual  

Safo. Historia de una pasión (Christensen, 1943) inaugura el cine erótico en Argentina. Basada en una novela decimonónica de Alphonse Daudet, la ficción narra la historia de un ingenuo joven mendocino, Raúl de Salcedo (Roberto Escalada) que, apenas llegado a Buenos Aires, conoce y se apasiona por una misteriosa mujer llamada Selva Moreno (Mecha Ortiz), mucho mayor que él. El fuego de la relación lo lleva a terminar su compromiso con su novia fiel (Mirtha Legrand), a convertirse en el hazmerreír de la ciudad, a descuidar su trabajo y a literalmente arruinar su vida. Finalmente, pasado el capricho amoroso, la inconstante Selva abandona a Raúl por una nueva víctima.  

La película -una de las primeras en ser clasificada para mayores de dieciséis años- elevó a Mecha Ortiz a primera vamp local, papel al que quedó fijado su carrera artística. En sucesivas películas de los años posteriores, muchas de ellas con el mismo galán, volvió a interpretar a mujeres intrépidas de pasado sórdido y pasiones veleidosas que inéditamente abordaban sensualmente a los varones y los llevaban ellas mismas a materializar la tentación carnal. De hecho, la trasgresión de la película pionera del erotismo no radicaba tanto en las escenas amorosas que hoy resultan pudorosas sino en evidenciar que la mujer tenía deseo y en invertir los roles sociales ligados al género.  

Convertida en película de culto, no casualmente la Safo de Christensen tuvo a principios de siglo XXI una remake homónima dirigida por Goyo Anchou que llevó al paroxismo las subversiones de género y el libertinaje sexual presentes en el original. Así, la mujer hombruna y libertina que corrompe al niño bien en la piel de Mecha Ortiz fue reemplazada por diferentes personajes andróginos y trans que le daban sentidos diversos al personaje poético lésbico que daban título al filme de Christensen.  

El camino de la Coca  

“Cuánto más ganas tengo de hacer el amor, más ganas tengo de hacer la revolución” fue uno de los grafitis paradigmáticos que ilustraban la rebelión de los estudiantes y los obreros que se enfrentaban con la policía y el gobierno de De Gaulle en los sucesos del mayo francés en 1968.  

En una época que, en el marco cultural hegemónico del marxismo freudiano liderado por el filósofo Herbert Marcuse se propugnaba que la liberación obrera y la liberación sexual debían ir de la mano, no parece casual que el cine de la dupla Armando Bo- Isabel Sarli como director y actriz fetiche se haya iniciado con películas de contenido social.  

En efecto, El trueno entre las hojas (1958), debut cinematográfico de la Coca, está basada en un relato de Augusto Roa Bastos y suele considerarse dentro de la trilogía de cine social argentino junto a Prisioneros de la Tierra y Las aguas bajan turbias con la particularidad de agregarle el componente erótico. Los turgentes y voluptuosos pechos de la Coca Sarli desencadenan la rebeldía y posterior liberación de trabajadores maltratados y explotados en los yerbatales paraguayos.  

A su vez, si bien en la mayoría de las películas la Sarli se baña desnuda en lagunas, ríos y cataratas aparentemente para el deleite del ojo masculino, en tantas otras ocasiones, las féminas que interpreta son proclives al goce, la ninfomanía y los deseos polimorfos e insaciables con varones, mujeres y hasta con seres mitológicos y animales. Puede decirse que todos ellos son tópicos de las fantasías masculinas hegemónicas pero también pueden expresar la utopía contraria: la liberación femenina.    

En una clave de lectura, las películas de la Sarli que se extienden en un arco que va desde las décadas del ’60 hasta el ‘80 cuestionan los ideales de feminidad y los roles estereotipados de madre, esposa y ama de casa con sus concomitantes sueños de amor romántico y matrimonio heterosexual obligatorio. A ellos los espejó con su contracara que evidenció: la violencia machista, el acoso y la explotación sexual, la recurrente violación y el hastío y la insatisfacción sexual de las mujeres.  Así, a la familia nuclear  heterosexual,  el dúo Bó-Sarli le contrapuso en sus ficciones cinematográficas familias diversas y alternativas que incluían el goce lésbico y homosexual (con mucamos abiertamente gays pero también con  maricas “tapados” dentro de la barra de machos),  fogosas hembras que  gozaban alternativamente de padres e hijos  (La mujer de mi padre, 1968),  ninfómanas (Insaciable, 1979), y mujeres que, hastiadas de los hombres, prefieren tener hijos con el diablo (Embrujada, 1969), o huir a la felicidad con un caballo semental (Fiebre, 1972). La cumbre de la insatisfacción femenina es Una viuda descocada donde Isabel interpreta a Flor Tetis Soutién de Gambetta, viuda negra de ocho maridos, que asfixia a sus esposos entre sus legendarias tetas.  

La Coca tuvo la virtud de transformar los paisajes paradigmáticos argentinos en parajes de desborde erótico. Las tradicionales propagandas de turismo social justicialista devinieron en postales sexuales. Así, tan pronto, Bárbara (Sarli) toma sol sin ropa en la nieve y deja el vestido como lona playera (Furia infernal, 1973) o tantos personajes que encarnó se bañan desnudas en lagunas, ríos y mares típicos locales. Los puntos culmines de este nuevo turismo sexual argentino post-peronista es La mujer de mi padre donde Eva (Sarli) se desnuda frente a sus amores (Armando y Victor Bó, padre e hijo en la vida real) teniendo como fondo las Cataratas del Iguazú y El último amor en Tierra del Fuego donde el pasaje en que la diva tiene un orgasmo coincide temporalmente con el derrumbe del Glaciar Perito Moreno.    

La Libertad  

De las tres, Libertad Leblanc -“la  Diosa Blanca” en contraposición a la Sarli, su rival morena en el podio del estrellato erótico-  fue quien  expresó más explícitamente enunciados propios de un feminismo avant la lettre a nivel masivo cuando éste apenas osaba pronunciar su nombre en reducidos espacios intelectuales o militantes.    

“Me desnudo porque tengo un cuerpo hermoso. No sé qué significa objeto sexual. Soy como un museo en donde se va a mirar lo lindo. A lo sumo le hago un bien a las parejas, conmigo se recrean y siguen sus vidas”; “Hay gente que nunca ha aceptado que, si bien soy una mujer con un par de tetas impresionantes, también pienso y opino”; “Feminismo es igualdad social. Misma remuneración, mismo derecho al goce”.  

Con esas frases como banderas, Libertad Leblanc intentó hacer de su vida una obra de arte, una estética de la existencia. En las ficciones cinematográficas, como en su biografía se vanagloriaba de elegir galanes y amantes y hacía gala del goce sensual, de usar a los varones para el placer y de llevar una vida sexual alegre, promiscua y desinhibida.  Frecuentemente en el cine encarnaba a mujeres que huían y gozaban en la cama con delincuentes peligrosos (La flor del Irupé  y Acosada, Dubois, 1962 y 1964), engañaban a sus maridos con jóvenes efebos o con varones mejor dotado para el placer (El derecho de gozar – Kanaf, 1968 y  La Venus Maldita –Crevena, 1967-) o que devenían vampiras para expresar su insaciable ninfomanía (La endemoniada, Gómez Muriel, 1967).  

Sus películas legaron para la eternidad del celuloide su hermoso cuerpo concupiscente libre de ataduras y argumentos ligeros y bizarros que frecuentemente mezclaban la pasión, el género policial y la propensión a lo delictivo y prohibido en parajes devenidos erotópicos tan distintos como el Tigre argentino, Cuzco, las playas paradisíacas de Venezuela o la ciudad de México. En todo caso, en la ficción y en su existencia prefiere haber preferido la aventura, esos momentos extraordinarios e inolvidables que en términos de Georg Simmel irrumpen e interrumpen la cotidianidad rutinaria de las vidas y que agregan un “plus” a la vida” como expresiones de la eternidad.  

Uno de sus últimos papeles en cine fue en “De L’Argentine” (Werner Schroeter, Festival de Berlín, 1986) interpretando a Eva Perón, vistiendo ropas originales de Evita cedidas por Paco Jamandreu. Se juntaron así dos emblemas nacionales y populares.  

Quizás uno de los personajes que mejor la expresan es el que interpretó en La Venus Maldita donde muere abrazada en un beso apasionado mientras el amante -el mejor amigo y asesino de su esposo- aprieta el acelerador del auto que los precipita al abismo. Como ella, no podía concebir ser encarcelada, tener una vida limitada o vivir asediada por la culpa occidental o cristiana. Así Leblanc hizo carne aquellas palabras de C. G. Jung, que expresaban que “el cine permite experimentar sin peligro la emoción, la pasión y los deseos que en el transcurso de una vida humanitaria deben ser reprimidos”.  

Escrito por
Adrián Melo
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