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La fábrica de dólares

Tras un año entero de caída de exportaciones, la suba de precios internacionales y la recuperación del comercio mundial traccionan las ventas al exterior. Pero la clave hoy es entender el perfil de la nueva demanda.

En un mundo en el que cada vez tallan con más fuerza la tecnología, la innovación y el desarrollo de procesos, la investigación y el conocimiento, en la Argentina gran parte de la actividad económica sigue dependiendo de la colocación de recursos naturales y sus manufacturas en mercados del exterior.

Es que con una estructura productiva altamente dependiente de equipos, maquinarias e insumos importados, el ingreso y la generación de dólares son clave para la actividad económica. Hoy el 75 por ciento de todas las importaciones anuales corresponde a bienes de capital, sus partes, piezas y accesorios, insumos y bienes intermedios.

Los propios datos oficiales así lo confirman. Según las cifras recabadas por el Indec, en 2020 las exportaciones de productos primarios y de manufacturas de origen agropecuario totalizaron 38.004 millones de dólares.

Por su parte, la importación de bienes de capital, bienes intermedios, así como piezas y accesorios llegó el año pasado a 31.731 millones de dólares. Los bienes de consumo finales, en tanto, una categoría catalogada en las últimas décadas como sólo juguetes, sillas de plástico y paraguas chinos, sumaron 6.015 millones, pero entre ellos, por ejemplo, 1.066 millones de dólares se destinaron a la compra de medicamentos importados.

Y un dato más para comprender cabalmente el fenómeno. Dada la fuerte dependencia de insumos importados, cuanto más crece la producción industrial en el país y se dinamiza la economía, más bienes importados se necesitan. Y claro, también más dólares.

Alguien podría pensar que este cuadro de situación responde a la contracción del comercio mundial por la pandemia, pero no es así. Al observar los datos de 2019, se encuentra la misma matriz productiva y el mismo perfil en relación con el comercio exterior.

SALDO EN CAJA

La pregunta de rigor, entonces, es cómo hacer para que crezcan las exportaciones o que se fortalezca el superávit de la balanza comercial, para tener los suficientes dólares para importar todo lo necesario y también para otros compromisos.

Entre estos, sin duda, un renglón sustantivo es atender los servicios e intereses de la deuda soberana, tanto con organismos internacionales (FMI, Banco Mundial, BID, Club de París, CAF-Banco de Desarrollo de América Latina) como con acreedores privados.

A comienzos de 2020 se esperaba un saldo favorable de la balanza comercial en torno a los 18.000 millones de dólares, pero pasaron cosas. Pandemia mediante, cayó fuerte el volumen exportado aunque se recuperaron los precios de los granos (soja, maíz, trigo) y tras un bajón inicial también subieron los valores pagados por los importadores de carne vacuna.

Así, el superávit comercial cerró el año en 12.528 millones de dólares, una contracción de 21,6 por ciento con relación al año anterior (15.990 millones). En lo que va de este 2021, la tendencia es positiva, en línea con el desempeño en los últimos meses del año anterior.

Pero tal vez el dato más interesante sea que en enero y febrero se registró un crecimiento en las exportaciones y así se cortó con doce meses consecutivos de caída interanual en las ventas externas.

La recuperación de los precios internacionales de las commodities agropecuarias, que en el caso de los granos llegó al 40 por ciento y el valor más elevado en siete años, así como el lento pero paulatino incremento de algunas exportaciones industriales –autos y químicos, por caso– sostienen el superávit de la balanza comercial.

CÍRCULO VIRTUOSO

Consciente de la necesidad de impulsar las exportaciones como una de las vías virtuosas para apuntalar la disponibilidad de divisas, el gobierno nacional lanzó a principios de este mes un programa de incentivos a empresas que inviertan en nuevos proyectos o amplíen capacidad productiva con vistas a la exportación.

En concreto, establece que 20 por ciento de las divisas obtenidas por exportaciones relacionadas con una nueva inversión o ampliación del 30 por ciento de la capacidad productiva “serán de libre aplicación por hasta un máximo anual equivalente al 25 por ciento del monto bruto de divisas ingresadas para el proyecto”, indicaron fuentes oficiales.

El ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, lo explica con pragmatismo. Tras admitir que uno de los problemas centrales de la economía es la escasez de dólares, Kulfas sostuvo que el fenómeno responde a varios factores, entre los que se destacan “nuestra estructura productiva, el bajo dinamismo de nuestras exportaciones y la dolarización de inversiones financieras”.

Y añadió que esta realidad “se agravó en los últimos años por una política de endeudamiento en moneda extranjera irresponsable y la falta de una mirada estratégica en el desarrollo productivo y el abandono de la política industrial”.

El resultado fue la instauración de restricciones cambiarias, que “permiten administrar la escasez de divisas pero generan trabas para la inversión extranjera o la inversión nacional financiada con crédito externo”.

Para romper esta lógica de hierro, el Gobierno impulsa estos incentivos para proyectos orientados a la exportación, con un piso de inversión de 100 millones de dólares y beneficios que duran por quince años.

En la misma línea, está la idea del nuevo Plan Gas y hasta la posibilidad de construir un tercer gasoducto desde Neuquén hasta Buenos Aires, para reemplazar total o parcialmente “las importaciones de GNL y combustibles líquidos”, derivados de contratos con Bolivia, aseguran fuentes privadas del sector energético. Se estima que el nuevo gasoducto podría “reemplazar importaciones por entre 1.500 y 2.000 millones de dólares por año”.

EL FUTURO YA LLEGÓ

La escasez de divisas, o lo que en economía se conoce como la restricción externa, es la piedra angular de la economía argentina desde hace, al menos, cuatro décadas.

“Generar dólares por vía de exportaciones permite evitar recurrentes crisis de balanza de pagos que tiene el país, básicamente crisis en las que los dólares no son suficientes”, señala la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (Fada) en su reciente Monitor de Exportaciones Agroindustriales, con datos de 2020.

Entre esas crisis, Fada menciona las de la hiperinflación (1989-1990), la debacle de 2001 y “la iniciada en 2018, que tienen origen en la escasez de dólares”.

Además, afirmó que generar dólares de manera genuina “reduce la necesidad de que el país se endeude” y también “contribuye a evitar grandes devaluaciones, que licuan los ingresos reales de los argentinos”. Un combo completo.

Marcelo Elizondo, especialista en negocios internacionales y director de la consultora DNI, sostiene que incrementar exportaciones está bien y en este momento los precios internacionales de las materias primas ayudan pero “hay que entender que la globalización está cambiando de matriz y se requiere jugar ahí”.

En la actualidad, la globalización es más que el comercio de bienes, implica “comercio de servicios, inversión extranjera directa, flujos de financiamiento hacia el sector privado, jóvenes que trabajan para otros países, hoy el valor lo genera el conocimiento, la tecnología, la innovación”, precisó.

Así, la economía del conocimiento es más que el software, es calzado y textiles inteligentes, producción de energías limpias, autos eléctricos y autoconducidos, es la genética aplicada a los granos, la industria alimenticia vinculada con la salud.

Y allí hay oportunidades. Pero para eso hacen falta dos cosas básicas, indica Elizondo: “arreglar la macro” y “construir confianza” para que la inversión fluya.

Escrito por
Carlos Boyadjian
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