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“Mi verdadero nombre es Robin Wood, pero tengo que mostrar el documento para que me crean”

Autor del clásico Nippur de Lagash, y de tantas creaciones ilustradas, Robin Wood pasa sus días en su Paraguay natal, ya retirado de la producción editorial. Aquí un retrato del guionista de historietas más leído del mundo latino.

“Robin Wood es mi verdadero nombre y la inspiración, no tengo idea de dónde me llega. Aparte de eso, pregunten todo lo que quieran.” Claro, preciso y un poquitín pedante, así solía prologar sus charlas y presentaciones uno de los guionistas de historietas más leídos del mundo latino, creador de decenas de personajes que aún perduran en el inconsciente colectivo de varias generaciones de lectores.

Para esa hora, la del reconocimiento, había recorrido un largo, larguísimo camino, Robin Wood. Casi tanto como Nippur de Lagash, su héroe icónico de la antigüedad clásica, o el mismísimo Dago, el veneciano renegado cuyas andanzas siguen publicándose en Italia, a cuatro décadas de su aparición.

Nacido en una colonia irlandesa de impronta socialista utópica, en el interior de Paraguay, se formó como autodidacta, leyendo, y desde muy chico se le dio por inventar historias. En la comunidad donde crecía, lo llamaban “Seannachie”, el término gaélico para designar al relator de cuentos. Llegó a Buenos Aires de la mano de su madre a los 12 años, pero cuando ella volvió a casarse, no se encontró a gusto y regresó a Paraguay a trabajar en el monte. Su desembarco definitivo en el Río de la Plata, a comienzos de los años 60, lo vivió deslomándose en fábricas metalúrgicas y sobreviviendo en pensiones de mala muerte. Aunque también se daba tiempo para estudiar ilustración en la Escuela Panamericana de Arte, donde conoció a Lucho Olivera, su primer dibujante.

Muestra El Inmortal, año 2012.

–¿Cómo comenzó la historia con la historieta?

–Con Lucho compartíamos la pasión por la historia sumeria. No teníamos un mango, pero podíamos pasarnos horas hablando de aspectos domésticos de esa civilización, la más antigua del mundo occidental. Para entonces, él ya estaba en el medio y trabajaba para Editorial Columba, pero no le gustaban los guiones que le daban para dibujar. Me propuso que le escribiese algo. Lo hice, le entregué los guiones y me olvidé del asunto. Hasta que un día, descubrí mi nombre impreso en la portada de una revista colgando de un kiosco. Me fui corriendo a la dirección y pedí hablar con alguien responsable, pero la secretaria desconfiaba de mi aspecto y fue a decirle al jefe que había un tipo extraño que decía llamarse Robin Wood. Tuve que mostrar mi documento para probarles que era el autor de ese guion. Al final, me preguntaron si quería escribirles más historietas. Me pagaban lo mismo que ganaba en una quincena de fábrica.

Después de tanto encierro y con plata fresca en el bolsillo, Robin soñaba con viajar para ver el mundo y le propuso a la editorial un arreglo insólito para la época. Se compró una máquina de escribir portátil y un pasaje en barco para Nápoles. Les prometió que los guiones seguirían llegando, y cumplió durante quince años. Nunca paró más de seis meses en un lugar ni se ató a demasiados compromisos sentimentales. Solía despedirse de sus fugaces amores dejando una rosa amarilla, como Dennis Martin, su alter ego en la ficción.

–¿No pensó en quedarse quieto en un sitio?

–Ellas me preguntaban por qué las dejaba, si decía que las quería. Pero mi vida era seguir hasta el próximo lugar. Es mejor cuando el romance es breve.

En algún momento, su producción llegó a ser tan vasta, que la editorial decidió solicitarle el uso de seudónimos. Así “nacieron” Robert O’Neill, Pablo Ruiz, Roberto Monti, todos para uno y uno para todos. En otra ocasión, le adjuntaron colaboradores, pero su nomadismo dificultaba la interrelación. Recordaba un ghost writer de aquella época: “Una vez me llegó de vuelta un sobre con un boceto de guion que le había enviado, sellado por todos lados, de distintos correos. El guion lo había perseguido por media Europa sin encontrarlo”.

–¿Cuál es el método de escritura Robin Wood?

–No tengo ningún método. Me basta escribir la primera frase para que los protagonistas me lleven a contar su propia historia. Siempre fue así. Escribo de manera manuscrita los diálogos en cuadernos espiralados y después los paso en el teclado, con las referencias para el dibujante. Alguna vez, un editor pidió ver los cuadernos y me dijo que era algo prehistórico lo que hacía. Otras veces, me los han solicitado para montar una muestra. Me gusta sentarme a escribir a las dos de la mañana, con un whisky en la mano.

–¿Qué evolución nota desde aquellos guiones fundacionales hasta su obra actual?

–En aquella época, escribía mucho. Las historietas que hacía eran casi libros ilustrados. Escribir me había abierto otro mundo y no podía parar. Ahora, trabajo más lo visual.

–¿Alguna vez “mató” a un personaje protagónico?

–Sí, en Larsen & Finch. Eran dos tipos que vagabundeaban por Norteamérica en plena Depresión. Mientras escribía el último episodio, no podía parar de llorar.

–Su obra fue bastante menospreciada durante mucho tiempo, lo consideraban un “escritor industrial”.

–Totalmente menospreciada. Y nunca me llevé nada bien con la intelectualidad. Me reventaban esos tipos que querían hacer la revolución desde una mesa del bar La Paz. Y hablaban de la clase obrera. A mí, que había trabajado en fábricas, hasta doce horas por día. Una vez, me llamaron para una reunión en la que me decían que nuestra misión era “enseñarle a pensar al pueblo”, y los mandé al diablo. Algún tiempo después, me encontré a alguno de ellos en un evento, en la época del proceso militar, y le recordé lo que había dicho. “Shhhhh”, me pidió.

–Con tanto material  y capacidad de trabajo, podía haber escrito libros. ¿Nunca se lo propuso?

–Sé que esto puede resultar un poco pedante. Pero, la verdad, estaba demasiado ocupado viajando.

EL REPOSO DEL GUERRERO

Por primera vez, en tantos años, Robin estableció residencia. En Copenhague, donde formó familia con una psicóloga danesa, que le dio tres hijos y una hija, que se dedicó a la Arqueología. “Ella me dice: ‘Papi, me cuesta comunicarme con las personas’, y yo le respondo: ‘Lo que pasa es que las personas con la que te encontrás, hija, están muertas hace miles de años’” (se ríe).

Habla mucho, Robin, mezclando vivencias, ironías y reflexiones. Cuesta encarrilar una entrevista con él, aunque es muy entretenido escucharlo.

“Cuando vivía en Macao, me hice muy amigo de un capitán de barco. Él tomaba solamente whisky, nunca pedía un té porque, según decía, los chinos escupen en la taza de un cliente occidental. Y lo único seguro es pedir una botella cerrada. Nunca supe si era cierto o si mi amigo era tan borracho que buscaba cualquier excusa para beber” (vuelve a reírse).

Los años y el legítimo reconocimiento en el ámbito local e internacional (recibió el premio Yellow Kid por su obra integral, algo así como Oscar de la historieta) fueron limando su pedantería, típica de selfmade man, pero Robin nunca se despegó de su propio personaje, que los contenía a todos, y continuaba produciendo a destajo, viajando, asistiendo a charlas y eventos.

Hasta que su segunda esposa y apoderada emitió un comunicado donde anunciaba el retiro creativo por razones de salud. La inicial desmentida de Robin, acompañado de su hijo Mark (el nombre de otro de sus personajes) alimentó ciertas suspicacias, pero la inactividad que se prolongó en el tiempo terminó por instalar la ingrata noticia.

“El estado de salud de Robin es bueno. Lamentablemente padece una enfermedad de tipo cerebral que le impide escribir. Tiene algunos problemas para sostener conversaciones largas o hilvanar relatos complejos, por eso ya no da entrevistas ni se presenta en público. Por lo demás, es una persona de 77 años, normal y saludable. Actualmente vive en la ciudad paraguaya de Encarnación, junto a su esposa, Graciela Sténico”, corroboró un allegado al mundo editorial.

“Robin se ha llamado a descanso. Su salud física está perfecta pero un surmenage (agotamiento mental) ha influido para que haga un costado su pluma creativa. Está descansando. Simplemente eso”, nos ratificó por estos días, vía mail, quien lo acompaña en su actual lugar de residencia.

El reposo del guerrero, el cuadrito final de la historieta.

Escrito por
Oscar Muñoz
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Escrito por Oscar Muñoz
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