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“Hay discursos de los feminismos que son funcionales al capitalismo más atroz”

En su último libro, sobre el amor, la psicoanalista Alexandra Kohan vuelve a incomodar al autodenominado progresismo y a sectores del feminismo.

Con citas y lecturas eruditas de Platón, Freud, Lacan, Barthes, Anne Dufourmantelle y Anne Carson y apelando a canciones de la cultura popular de, por caso, Fito Páez o Charly García, entre tantos otros, la psicoanalista Alexandra Kohan reivindica el amor como figura de lo incierto y lo insondable que puede confrontar con las seguridades del capitalismo y sus exhortaciones imperiosas a ser feliz. Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto se publicó por Paidós en 2020.

–Cada época produce sus discursos hegemónicos sobre el amor. ¿Cuáles te parecen las narrativas más preocupantes de los tiempos actuales?  

–Diría que aquellas que aparecen asociadas a lemas del capitalismo en su etapa más atroz. Hay una insistencia en sectores que se autodefinen progresistas de que en el amor –como en el trabajo, el mercado o la vida– cada uno se las tiene que arreglar solo. Estos discursos sobre el amor se obstinan en un individualismo que para mí no es más que una expresión más de la rotura del lazo social. Lo peor es que eso se transforma en una virtud. Y no se advierte que de esa manera estamos más alienados que nunca. Se hace propaganda de que si uno se las arregla solo está siendo exitoso, feliz, independiente, etc. Esto se expresa en ideas tales como “el amor propio”, el empoderamiento de las mujeres en la pareja. Estos discursos que muchas veces difunden ciertos sectores de los feminismos terminan siendo funcionales al capitalismo más salvaje y nos deja a todos un poco más solos.  

–¿Son narrativas del amor que favorecen al discurso del neoliberalismo?  

–A esta altura, el neoliberalismo es una doxa. Habría que explicar qué quiere decir “neoliberalismo”, ese término que usamos tanto de manera poco rigurosa. Yo hablaría mejor en términos de un capitalismo feroz que subraya y exacerba el individualismo. Ya Lacan en los años 60 había advertido que “el capitalismo deja afuera las cuestiones del amor porque el amor confronta con lo contrario que nos ofrecen los discursos productivistas”. La idea de que el otro nos hace falta, de que tenemos agujeros y no somos completos, de que somos frágiles es contraria al capitalismo. El amor puede ser un refugio de esa tiranía que nos pretende todo el tiempo completos, fuertes, seguros y productivos.     

–¿Es esa idea de fragilidad la que te hace rechazar el empoderamiento que aparece como bandera de muchos sectores del feminismo?  

–El empoderamiento viene del feminismo estadounidense que para mí es desagradable porque viene alienado al discurso de la producción. Autoras como Nancy Fraser se oponen al feminismo liberal que postula que antes nos pisaban la cabeza los hombres y ahora son las mujeres las que tienen que pisar las cabezas a otras mujeres. No tiene nada que ver con el feminismo que a mí me interesa. Más que el empoderamiento me interesa subrayar la fragilidad como lugar de emancipación. No es la debilidad del género como se pensaba antes, no es el sexo débil. Es la posibilidad de pensar en un contexto en que no se nos inste a estar empoderadas. Porque siguiendo la noción de poder en Foucault, no existe la noción de empoderarse y al mismo tiempo pretender la igualdad ni la equidad. En todo caso, me parece mejor revisar los lugares de poder que ocupamos las mujeres.    

–¿Te parece que las mujeres y los varones tienen que revisar los lugares de poder en igual medida?  

–Me cuesta mucho pensar en términos de varones y mujeres. Hay un retorno feroz a la anatomía y a la esencialización del género que hay que disolver. De maneras sutiles o más o menos burdas, parece que las mujeres son buenas y los hombres son malos. Antes era por biología y ahora por construcción social. Se confunde al varón con el patriarcado. Se da la paradoja de que supuestamente cada uno se autopercibe como quiere, independientemente de los genitales que le tocaron, y al mismo tiempo vos tenés barba y te llamas Adrián y ya sos hombre sin que te haya preguntado cómo te autopercibís. En ciertos espacios, si habla un varón con nombre de varón parece que es menos válido. Eso produce una policía del cuerpo del otro que se traduce en interrogatorios más o menos explícitos: ¿tenés pito o vagina? ¿Cómo te autopercibís? ¿Con quién te acostas? Es de una vigilancia tremenda. El punto es poder leer la enunciación de alguien, no los genitales. No hay que vigilar los cuerpos. Soy partidaria de que todo el mundo hable con el límite de los discursos del odio. Hay muchísimo nazismo circulando en las redes y yo no veo tanta indignación con el antisemitismo. En cambio, un hombre dice algo, ponele, subido de tono y estallan las redes.  

–Hay una insistencia ¿foucaultiana? en tu libro de desconfiar de los discursos que se elevan al estatus de verdad y de lo políticamente correcto. ¿Por qué?  

–Desconfío de las nociones que, de tan utilizadas, pierden sentido. Me viene por la fascinación sobre la figura de la doxa. Me convoca todo el tiempo. Es algo en lo que me detengo. No estoy exenta de habitar mi doxa y reviso mis propias doxas, incluso las del psicoanálisis. En el libro tomé varias doxas sobre el amor. Hay que gente, por ejemplo, usa el lenguaje inclusivo y cree que eso es suficiente para no revisar ninguna cosa, y yo prefiero estar revisando constantemente más o menos todo. Prefiero no estar tan segura de que soy feminista, de que soy inclusiva. Vivo revisándome y me gusta revisarme.  

–En ese sentido ¿qué te hace desconfiar del concepto de empatía?  

–Hoy el discurso de la empatía está en todos lados. Se pide empatía como si con ello se terminaran los males del mundo. Eso es risible cuando pasa a la industria del mercado. Esas remeras que dicen que hay que ser empático. O empresas como los bancos que dicen que empatizan con las personas. Generalmente, la empatía viene asociada con el eslogan “hay que ponerse en el lugar del otro”, cuestión que me parece problemática. Es imposible ponerse en el lugar del otro porque requiere la condición de sacar al otro de su lugar. Después, toda la presión que se cifra en ese pedido de empatía, que es absolutamente ideológica. El discurso de la empatía no soporta la otredad como tal, que es que el otro es distinto, piensa distinto y actúa distinto. Si, por ejemplo, ante un pedido de ayuda el otro hace algo distinto a lo que le aconsejaste, te enojás. Entonces parece que sólo se empatiza con aquellos con los que yo coincido.    

–¿Por eso a la empatía le oponés el concepto de hospitalidad que describen Derrida y Anne Dufourmantelle: hiperbólica, que hospeda a todos sin la pregunta del nombre, la clase social o la procedencia? ¿Te parece metáfora del amor?  

–Me gusta esa hospitalidad en términos de que aloja la hostilidad. Estamos viviendo épocas en donde parecería que el imperativo es evitar conflicto en nombre de la tolerancia. Hay un rechazo permanente a las pasiones que lo que termina produciendo es un arrasamiento de la posibilidad de la discusión y de un encuentro. Como escribió Pasolini, “la tolerancia ha convertido en muy poco tiempo el sexo en algo triste y obsesivo. La represión del poder tolerante es de todas las represiones la más atroz”.  

–¿Y cómo lograr que el amor sea un refugio a la tiranía productivista del capitalismo?  

–El discurso capitalista alimenta la idea de que siempre hay que saber hacia dónde se va. Hace hincapié en los proyectos de vida, la vocación, los objetivos y la productividad. Incluso de empastillarte para cubrir el dolor y seguir produciendo. Y en la idea de que a tal edad tal cosa, a tal edad otra y si no sos un fracaso. Por eso hay que recuperar la idea de que el amor es inasible, insondable, que no puede proyectarse, protocolizarse y calcularse en términos de mercado o de posibilidad de daño. Frente a la necesidad de certezas, seguridades y de una vida con garantías del capitalismo, lo que el psicoanálisis viene a enseñar es que no hay saber del otro que garantice y que no hay posibilidad de una certeza anticipada. Pero es en los pliegues de lo incierto donde se abre un espacio para que irrumpa el amor y el deseo y se pueda respirar.  

–¿Por eso desde el subtítulo el elogio de lo incierto?  

–El libro lo empecé en enero del año pasado y lo terminé en pandemia. El subtítulo surgió a partir de un artículo que escribí sobre el libro de Anne Dufourmantelle que se llama Elogio del riesgo. Lo titulé “Cartografía de lo incierto”. La pandemia vino a poner en vigencia y actualidad el elogio. Porque no es que antes había certidumbres y seguridades, sino que antes no nos habíamos tocado tan de frente con la incertidumbre y la fragilidad. Con la pandemia cayó todo aquello que nos permitía hacernos los distraídos en relación con lo incierto.  

–¿A qué te referís cuando afirmás que el amor se protocoliza?  

–Todo está protocolizado: cómo entrar en una relación pero también cómo tenés que salir. Pienso que cada uno se va como puede de una relación. No me parece que necesariamente tenga que avisar si se quiere ir. Lo mejor es que avise, no digo que no. A todos nos gustaría que nos avisen que nos van a dejar. No es lindo, pero bueno, las relaciones no siempre son lindas y eso no quiere decir que sean violentas. El otro responde como puede. Y a veces el otro se va ghosteando, no contestando nunca más. ¿Por qué sería condenable eso? ¿Por qué sería mejor decir “te aviso que a partir de ahora no te voy a contestar más”? ¿Te haría mejor? No. Es la ilusión de que podría no haber daño, de que si implementamos estos protocolos estaríamos a salvo del daño, es decir, podría ser que el otro no te afecte.  

–¿Es como esa frase de Rayuela de Julio Cortázar: “Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”. ¿Entonces no es cierto el eslogan “si te daña no es amor”?  

–El amor irrumpe el como el bello Alcibíades que quiere coger con Sócrates en El banquete de Platón y lo da vuelta todo. Alcibíades hace entrar en escena el cuerpo y el deseo y termina con los diálogos y la idea del amor ideal platónico puro. En el amor no se puede calcular. Ocurre. Siempre hay riesgo y posibilidad de que el otro te dañe. Lo que intenté en el libro es recuperar ese concepto que aparece en el Fedro de Platón que es del de pharmakon. Originalmente, ese término era al mismo tiempo veneno y remedio. Al mismo tiempo, no primero una cosa y después otra. Eso también lo recupera Anne Carson en Eros dulce y amargoBittersweet. El amor es las dos cosas al mismo tiempo. Por eso, el amor tóxico me parece uno de los conceptos más deleznables que se instaló en los últimos años. No casualmente lo divulgó un pastor evangelista. Parece implicar que el tóxico siempre es el otro, que porta alguna toxicidad. Ese discurso se resignificó con la pandemia. El que te puede contagiar es el otro que parece siempre como la amenaza. Uno no se piensa a sí mismo como portador asintomático de covid. De manera análoga, el concepto de amor tóxico nos saca de encima la posibilidad de ser portadores de algún veneno y nos deja a salvo de revisarnos. La responsabilidad recae en el otro.  

–¿En qué términos defendés cierta idea de amor tóxico?  

–Lo defendería en términos de que amar es intoxicarse con el otro como forma de ser transformado por el otro. De que todos somos portadores en mayor o menor medida de toxicidad en el sentido en que uno afecta al otro, daña al otro, lo quiera o no lo quiera. No depende de las buenas intenciones. Uno afecta y daña al otro y no por justificar, porque detesto el argumento de la gente que dice “no fue mi intención”, sino que el otro tiene que ser capaz de alojar ese daño, ver lo que pasó, revisarse y tiene también el derecho de irse. Como dice Fito Páez: “Solo sé que yo no sé/ cuidarte de mi amor”.  

–En tu libro la risa ocupa un lugar importante. En las dedicatorias agradecés las risas compartidas con amores, grupos o amigos. ¿Qué relación encontrás entre la risa y el amor?  

–Para mí no hay eros sin angustia. Pero tampoco sin risa. La risa hace al modo en que uno se encuentra con el otro. Sea o no pareja, porque de ningún modo estoy diciendo que hay que estar en pareja. El encuentro amoroso puede durar diez minutos o toda la vida. Hay encuentro o no hay encuentro. La risa descompleta y alivia la tensión y permite que el otro aparezca como falible y agujereado. No hay dudas de que produce respiro. Desde ahí se puede respirar. Para mí, no hay nada sin risa. Tampoco hay psicoanálisis sin risa. La risa no hay que buscarla. No es que hay que contar el chiste. La risa irrumpe. Como la ironía, el ingenio, el deseo y el amor no se pueden predecir ni calcular.  

Escrito por
Adrián Melo
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