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PIAZZOLLA

Conductor de “Estación Piazzolla/100 años” por Radio Nacional (AM 870).

Es el coraje lo admirable. Esos tenores en la inmensidad del escenario, los toreros desafiando la muerte vestidos de luces. Picasso plantando cuadros con los ojos en cualquier parte de la tela, Stravinski huyendo de Mozart, pero con él adentro. Piazzolla, con el tango en las venas, pero para buscarle más gloria. Y todos ellos convencidos de que otro arte no les vale la pena si no descubren su propio lenguaje, lo que como el pájaro azul de Rubén Darío les habita la mente y el alma.

Quien escribe se levantó esta mañana y quiso abrir un frasco nuevo. Entrenado para desenroscar la tapita con un simple esfuerzo, comenzó a luchar con sus dedos sin poder abrir la botella. Al tiempo descubrió unas marcas en la tapa. Había que presionar en ellas para hacerla girar, y la tapa cedió de inmediato. ¿A quién le hacía falta esto?, pensó, ¿por qué este cambio absurdo? Antes estaba bien y uno se las arreglaba sin tropiezos. En el comienzo de una película alemana, un pato cruza la calle de piedra y sin veredas, bamboleándose entre casas viejísimas. Una voz en off dice “quisiera que no cambie nada, nunca”.

A ese mundo se enfrentan los impresionistas al correr sus telas, o los cubistas más recalcitrantes aun en el empeño por manifestar el arte por otros caminos. Cada uno de ellos embiste mundos concluidos en el acuerdo general. Mientras algunos luchan por ponerle la firma a la declaración universal de una cultura definitiva, aparecen “los piazzollas”, les arrancan el papel de las manos y les gritan “todavía no”. Hay más para decir, damas y caballeros.

Los niegan, los persiguen, pero ellos dan la vuelta y mirando por la ventana susurran “eppur si muove”. Estropean aquello que las iglesias dan por absoluto en un mundo con sus oraciones concluidas. Escandalizan las parroquias tangueras de los arrabales. Viajan en un bote por el lago y no se conforman con pasar los dedos por la superficie. Se hincan en la nave, se inclinan al espejo desafiante y hunden la mano. Qué hay allí debajo, preguntan mientras arrastran el brazo hasta rompérselo, si es necesario. Lanzan una piedra y ven los círculos concéntricos que todos advierten, pero Piazzola quiere saber a dónde cae la piedra. Qué corales o peces la miran pasar.

Son cristos que consiguen apóstoles tan extraños como ellos. Un pequeño pelotón que desfila entre insultos y objetos que golpean sus cuerpos. Van con la cabeza alta, desafían. Críticos que no hicieron nada ante la tela o el pentagrama los destruyen. Ellos estrujan los diarios, los lanzan a la basura, ponen un pie en una silla, acercan el pecho al bandoneón y les ordenan a sus pocos evangelizados “Fracanapa”. Y tocan todos, como con rabia, poseídos por un sonido que a ellos ya les cambió la vida.

Lo imposible es revisar la potencia moral de su reto al destino cuando ya se sabe que tenían razón. ¿Cuánto coraje y convicción se necesita para ser Piazzolla, antes de serlo? ¿Cuáles son los fracasos, los insultos, el desprecio y la ignorancia que hay que lanzarles al rostro para que se amilanen y retrocedan en esa osadía que nos interpela a límites que no queremos afrontar, ni sabemos, acostumbrados a destapar un frasco como antes, cuando no nos complicaban la vida?

No es el Piazzolla este, reconocido por el mundo, el que despierta la curiosidad. Es el Piazzolla que “iba”, adónde va, qué quiere. El Piazzolla de los garajes tocando con sus cófrades cuanto más negado con más fuerza. El que inventa pasajes de avión y departamentos baratos en París o Roma para dar la pelea allí. El que se emociona cuando van treinta personas una noche al boliche en el que tocan. El que camina por el anonimato de la orilla del Sena o el Tíbet, para pelear en ciudades invencibles empuñando un bandoneón y envuelto en partituras que va escribiendo en su marcha.

El torero español llamado El Cordobés les decía a sus hermanas en Andalucía que sería lo que tenía que ser o llevarían luto por él. Y se metía en las haciendas para enfrentar toros a la luz de la luna. Piazzolla, loco, loco, loco, se metía entre las luces de los faroles de la guardia vieja, agitaba la capa de su bandoneón y bailaba con él, hasta morir de amor por el tango.

Escrito por
Víctor Hugo Morales
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