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SOL CON DROGAS

Poco antes del caso Coppola, los mismos que investigaron aquel hecho fueron timados por un supuesto socio y soplón.

La patota policial que, casi a la medianoche del 8 de octubre de 1996, había ingresado al piso de 400 metros cuadrados –con gimnasio, sauna, cama solar y un comedor para quince personas– en la décima planta del edificio de la Avenida del Libertador 3540 parecía enardecida.

El sospechoso, que no se encontraba en el inmueble, poseía una veta muy tierna: coleccionaba ositos de peluche. Los intrusos, primero, destriparon uno blanco, y nada. Luego, otro negro con la camiseta de Boca; el resultado también fue negativo. Los ositos estaban “limpios”.

Cuatro horas después continuaban sacudiendo sin éxito cada rincón del departamento. Pero, de pronto, como en una ficción ideada por un autor poco imaginativo, se detuvieron ante un jarrón de pie.

La siguiente escena tuvo lugar en la vereda, junto al portón vidriado del edificio, cuando el juez federal de Dolores, Hernán Bernasconi, fue rodeado por un tumulto de cámaras y micrófonos. Y dijo: “Hemos secuestrado medio kilo de cocaína, aproximadamente”. Sonreía de oreja a oreja.

Entonces se refirió a una organización de narcotraficantes con posibles conexiones internacionales, vinculada a Guillermo Coppola, el representante de Diego Maradona. A los movileros se les hacía agua en la boca. Ignoraban aún que este se entregaría esa misma mañana.

Mientras tanto, entre los “serpicos” que pululaban en el hall, llamaba la atención un tipo regordete, con barba en candado y cabello lacio con raya al medio. Tenía las pupilas dilatadas y lucía atrapado en un inocultable estado de ansiedad. Hablaba a los gritos por un celular. Gesticulaba. Así salió en cadena por TV. Se trataba del oficial Daniel Diamante.

Ya se sabe que este sujeto y el cabo Antonio Gerace eran los sabuesos predilectos de ese magistrado. Y que juntos animaron el escándalo policíaco-judicial más mediático de la década del 90. Un affaire que también arrastró hacia las mazmorras del Código Penal, siempre con evidencias antojadizas y/o fraguadas, a otras alegres almas de la época: el ex futbolista Alberto Tarantini, el relacionista público de la noche porteña Héctor “Yayo” Cozza, el productor de espectáculos Claudio Coppola (sin parentesco con Guillote), un cuñado de Diegote, Gabriel Espósito, y el representante de bandas rockeras Tomás Simonelli. Fueron días de fama para las llamadas “chicas Coppola”; a saber: Natalia Denegri, Samanta Farjat y Julieta La Valle, entre otras. Asimismo, se sabe que la cruzada purificadora de Bernasconi concluyó para él de un modo calamitoso: después de languidecer tras las rejas durante 97 días, Coppola fue absuelto, al igual que sus colegas de expediente. En cambio, el juez terminó preso junto a su secretario, Rodolfo Schlägel, y ambos agentes del orden.

Pero he aquí una historia que saltó a la luz muchos años después y que tuvo por protagonista a un presunto espía que se hacía llamar Adolfo Almaraz.

EL AGENTE SECRETO

Transcurría en el Municipio de la Costa la temporada estival de 1996. Y con un detalle pintoresco: ese año la campaña “Sol sin droga”, de la Secretaría de Prevención y Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), la promocionaba nada menos que Maradona. Cabe recordar que Charly García causó un entredicho al respecto al afirmar durante un recital en Pinamar: “Mejor que sol sin drogas es drogas sin sol”. El pobre al final tuvo que visitar el despacho de Bernasconi para deshacerse en explicaciones.

Adscriptos al Operativo Sol en esa ciudad (comandado por el comisario Emilio Azzaro), Diamante y Gerace batían las calles hasta ya entrada la noche en busca de viciosos y mercaderes. Para ello llevaban a Bernasconi a cuestas, prácticamente convertido en una especie de expendedor ambulante de órdenes de allanamiento. Después se dejaban caer en la disco Ku. No iban por motivos policiales, aunque tampoco se trataba de un descanso en el sentido literal de la palabra: en realidad, por orden del comisario, cuidaban a su hija, Jimena, una chica rolliza y díscola que solía enturbiar con vodka sus regresos al hogar.

En el salón VIP acostumbraban a converger los hijos de las familias del poder: Zulemita y Junior, los de Eduardo Menem y de Lorenzo Miguel, entre otros, con sus respectivos custodios.

Entre aquella fauna se movía con soltura Gustavo “Palmer” Mustoni, el dueño del establecimiento.

Nu y Eve, como todos llamaban a esa dupla policial, se sentían allí a sus anchas. Y a medida que pasaban las horas, Diamante se exhibía cada vez más extrovertido, dándose dique con relatos de su oficio.

Así conoció al tal Almaraz, quien a su vez se jactaba de sus hazañas en la SIDE. Gerace, un individuo poco comunicativo, los oía embelesado.

Fue, en apariencia, el nacimiento de una provechosa relación. Porque el espía deslizó que podría venderles “operativos antidroga llave en mano”.

Debidamente interiorizado por sus muchachos, Bernasconi mostró gran entusiasmo por tal perspectiva. La reunión entre los cuatro no tardó en hacerse en el Juzgado Federal de Dolores. Allí, Almaraz expuso con pocas palabras sus condiciones: “Cada entregada a cambio de cinco mil dólares por adelantado. Y si el candidato es un pez gordo –estipuló–, un poquito más”.

–¿Y cómo sabemos que no nos estás vendiendo un buzón? –objetó el magistrado.

–Muy fácil. Una vez que esté depositada la tarasca en mi cuenta, iré a la “opereta” con ustedes.

La respuesta satisfizo a Bernasconi.

Ese pacto entre caballeros quedó así sellado en el mayor de los secretos.

LA IMPOSTURA

El primer chivo propiciador del asunto cayó unos meses después. Se trataba de Palmer. El empresario fue interceptado cuando viajaba por la Ruta 2 con 70 gramos de cocaína en su BMW. Almaraz, que contempló el arresto desde un vehículo policial no identificable, había recibido su paga con antelación.

Sus tres socios estaban muy satisfechos: Diamante y Gerace, puesto que pudieron usufructuar el vehículo del detenido mientras duró su permanencia carcelaria, y Bernasconi, porque pudo exhibir un decomiso de droga genuino, y no como otras veces, donde la cocaína había sido “plantada” o las dosis de éxtasis eran en realidad pastillas homeopáticas.

Con posterioridad hubo otros dos operativos propiciados por Almaraz, cuyos resultados fueron también satisfactorios. Pero eran asuntos módicos que ni siquiera salían en los diarios.

Recién al concluir el otoño, aquel hombre se trajo algo muy grande entre las manos: Maradona. Y no jalando una raya. El supuesto agente de la SIDE juraba que el Diez estaría en un galpón de Barracas, alquilado a su nombre, al momento de recibir media tonelada de máxima pureza.

De Bernasconi se apoderó una ansiedad casi canina. Y no le importó que Almaraz le advirtiera que eso tendría otro precio: 50 mil de los verdes.

Se dice que el magistrado completó tal cifra con un aporte sustancial del gobernador Eduardo Duhalde, también muy interesado en el tema.

Aquella suma fue depositada en tiempo y forma.

De modo que el día señalado todos acudieron con puntualidad al sitio de encuentro del operativo, en la Brigada de Dolores.

Menos el entregador.

El tipo se había hecho humo. Nunca más se supo de él. Ni, desde luego, de la fortuna depositada en su cuenta.

El bueno de Almaraz resultó ser en realidad un avezado estafador.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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