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MI VECINO, EL GUERRILLERO

Alejandra Pizarnik compartía planta con un personaje muy particular. Uno de los jefes militares del ERP, Víctor Fernández Palmeiro, vivía escondido cuando las sirenas que venían a buscar el cuerpo sin vida de la poeta lo exaltaron.

Corría la mañana del 25 de septiembre de 1972. El encargado del edificio de la calle Montevideo 980 barría la vereda cuando la mujer bajó de un taxi que había frenado en la esquina. Aquella silueta menuda, de edad indefinida, que vestía un sacón algo grueso para la época del año, avanzó hacia él con pasitos cortos y veloces, sin alzar la vista del suelo; tampoco se detuvo al dedicarle un saludo casi imperceptible, antes de perderse tras el portón.

Era la vecina del séptimo “B”. Pero al tipo le asombró verla llegar así como si nada, luego de una ausencia que se remontaba al inicio del otoño.

Tal vez no supiera que, desde entonces, ella había estado internada en el pabellón psiquiátrico del hospital Pirovano. Y siguió barriendo.

Mientras tanto, la mujer se metía en su departamento.

¿Habría reparado en que la miraban por la mirilla de la unidad “A”?

Ya al caer la noche, desde su vivienda se oyó cuatro veces la estridencia del portero eléctrico. La falta de respuesta fue evidente.

De modo que, al cabo de unos minutos, apareció allí el encargado con una joven que intentaba disimular su nerviosismo. Ella había residido allí con la otra mujer hasta principios de ese año.

Ahora, tras algunos timbrazos y golpes de nudillos en la puerta, ambos regresaron al ascensor. La joven ya no disimulaba su nerviosismo.

Aquella escena también había sido escrutada a través de la mirilla por el ocupante del departamento “A”. Su mano derecha empuñaba una reluciente pistola Ballester-Molina.

PLAN DE EVASIÓN

Clareaba el día siguiente, un jueves lluvioso, cuando sus párpados se abrieron de golpe. Y casi por reflejo giró los ojos hacia la mesita de luz. Ahí estaba su pistola. Luego encendió la radio justo cuando el Rotativo del aire informaba que “el anteproyecto de ley electoral ya estaba en manos del general Lanusse”. Entonces, apagó el receptor. A partir de ese momento, el “Gallego” –así como en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) se lo conocía a Víctor Fernández Palmeiro– repasó la cadena de hechos y circunstancias que lo confinaron en aquel aguantadero. A través del ventanal, la lluvia no cesaba.

Hubo un tiempo en que él integró la “Fede”, el ala juvenil del Partido Comunista (PC). Luego probó suerte en una agrupación adscripta al maoísmo local hasta recalar, finalmente, en el ERP. Ahora, a los 26 años, era uno de sus cuadros militares.

Exactamente un año atrás había terminado en la cárcel de Villa Devoto tras un intento de secuestro al general Julio Alsogaray. Pero casi cinco meses más tarde, haciéndose pasar por su hermano durante una visita, puso los pies en polvorosa. Así pasó a ser uno de los prófugos más buscados del país.

Durante la tarde del 15 de agosto de 1972, algunos de los jefes del ERP, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros –Marcos Osatinsky, Roberto Quieto, Mario Santucho, Domingo Menna, Enrique Gorriarán Merlo y Fernando Vaca Narvaja– volaban hacia Chile en un avión secuestrado, tras la fuga del penal de Rawson. Los acompañaban cuatro guerrilleros que habían servido de apoyo externo al asunto. Fernández Palmeiro era uno de ellos.

Otros 19 evadidos quedaron varados en el aeropuerto de Trelew.

La llegada de la aeronave al país trasandino generó un conflicto con el gobierno argentino que merece ser evocado.

En semejante contexto, llegaron a Chile sus abogados, Gustavo Rocca y Eduardo Luis Duhalde. Ya era el 22 de agosto. Entonces trascendía que, en la base naval de Trelew, esos otros 19 guerrilleros habían sido fusilados.

Para el presidente del país trasandino, Salvador Allende, la situación era embarazosa, dado que estaba cercado por la política del bloqueo impulsado por Estados Unidos. Y malograr las relaciones con el gobierno de Lanusse era un lujo que no se podía permitir. En consecuencia, sus opciones eran acceder al pedido de extradición solicitado por la Argentina o concederles asilo y un salvoconducto para viajar a Cuba, así como solicitaban los forzados visitantes.

Su decisión la explicó a los abogados con pocas palabras: “Chile no es un portaaviones para que se lo utilice como base de operaciones. Chile es un país capitalista con un gobierno socialista. Y para mí todo es realmente difícil. La disyuntiva es devolverlos o dejarlos presos”.

En este punto, dio un puñetazo sobre el escritorio, y remató: “¡Pero este es un gobierno socialista, mierda! ¡Así que esta noche los muchachos se van a La Habana!”.

Fernández Palmeiro formó parte de esa “comitiva”.

Dos semanas después, con un pasaporte español a nombre de un tal Juan Ontivero Reyes, emprendió la vuelta a Buenos Aires. Lo hizo con escalas en Praga y Madrid para desdibujar ante los funcionarios migratorios de Ezeiza su permanencia cubana.

Ahora debía moverse con suma cautela, sin contactarse todavía con integrantes de la estructura militar del ERP.

Por eso recurrió a una de sus relaciones non sanctas: el “Gordo Tito”, un típico lumpen de guante blanco. Un pequeño y ambicioso traficante de datos e influencias. El tipo se alquilaba al mejor postor. Y su vasta cartera de clientes incluía a la guerrilla.

Fue él quien le consiguió el departamento de la calle Montevideo.

DÍAS DE GUARDAR

Hacía casi dos semanas que el Gallego estaba encerrado allí, y contaba el paso de los días como si estuviera preso.

Su único enlace con el ERP era “Lila”, quien además era su amiga. Por ella supo que, por entonces, había en la organización un encarnizado debate sobre la postura a tomar frente a una fórmula peronista en las –aún inciertas– elecciones del año siguiente. En otras palabras, se incubaba una escisión en la estructura de dicha milicia.

En tal tema pensaba él en la mañana de ese jueves cuando, de pronto, oyó el ulular de unas sirenas que iban en aumento.

Segundos después, vio por la ventana dos patrulleros y un Falcon verde al clavar los frenos con un chirrido atroz, justo ante el portón del edificio.

Entonces empuñó la Ballester-Molina, para atrincherarse detrás de la puerta, con un ojo otra vez clavado sobre la mirilla.

Así, inmóvil, quedó a la espera del destino.

A continuación, escuchó la llegada del ascensor al séptimo piso, antes del golpeteo metálico de sus puertas al abrirse y cerrarse, mientras unos cinco policías tomaban el pasillo –diríase– por asalto.

El Gallego amartilló la pistola, dispuesto a morir matando.

En ese preciso instante, para su sorpresa, los policías abrieron a patadas la puerta del departamento “B”.

Después supo que su moradora yacía allí sin vida, junto a un frasquito vacío de Seconal, un poderoso barbitúrico.

Al rato, tras el arribo de una morguera, aquel cuerpo, tapado con una sábana, fue sacado de allí en una camilla de metal.

Era nada menos que la poetisa Alejandra Pizarnik.

Víctor Fernández Palmeiro –ya en la cúpula de una fracción disidente del ERP– dejó de existir siete meses después, al ser herido de muerte durante el ajusticiamiento del contraalmirante Hermes Quijada por su rol encubridor en la masacre de Trelew.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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