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SINFONÍA PARA MARADÓ

Primer movimiento. El 22 de junio de 1986 fue un domingo soleado, frío e inquietante para mí, esencialmente por dos motivos: Argentina jugaba los cuartos de final del campeonato mundial de fútbol contra Inglaterra en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, y mi editor de la editorial Contrapunto, Eduardo Luis Duhalde, me perseguía para que le entregara el prólogo a La noche de los lápices que yo había demorado. Se retrasaba, así, la salida del libro que, a su vez, debía estar en las librerías por lo menos un mes antes que la película homónima dirigida por Héctor Olivera, que aún se estaba rodando y debía estrenarse el 16 de septiembre de 1986 como homenaje a los estudiantes secundarios secuestrados y asesinados por la dictadura en La Plata, al cumplirse precisamente diez años de esa tragedia nacional. Por eso, cuando mi amigo y científico Eduardo “Archi” Arzt, a quien había conocido en México, me invitó a ver el partido con Inglaterra, dudé. Pero la angustia que me causaba poner un punto final en el texto que durante un año habíamos trabajado hasta las madrugadas con mi colega Héctor Ruiz Núñez me empujaba a violar el pacto de entrega. Habíamos convenido que el prólogo lo escribiera yo. Mi relación con el fútbol era ambigua, pero justamente para huir de esa tarea o por nostalgia de la querida ciudad donde viví mi exilio mexicano –Archi y yo nos sentíamos argenmex– desembarqué para ver Argentina-Inglaterra en el departamento de la calle Las Heras donde vivían por entonces Archi y su esposa, Tulia Tomada, programa al que se sumaron Carlos Tomada con su esposa Clarisa y otros amigos.

Segundo movimiento. Estuve a punto de quedarme afuera porque llegué tarde a la cita y nadie respondía al portero eléctrico. Una vecina se apiadó de mí. Llegué al departamento de Archi y Tulia cuando Maradona recién había marcado el primer gol contra los ingleses, con la mano de Dios. Mientras todos parecían comerse la pantalla de la excitación y el miedo a que fuera anulado, tomé la decisión, ciertamente loca –la culpa me sacudía–, de llamar a mi editor para pedirle una semana de prórroga. No pude terminar la conversación. Sentí gritos, tiré el teléfono, corrí y llegué a ver la escena de Maradona eludiendo uno, dos, tres, cuatro, cinco y al arquero y en el minuto 55 patear con su zurda el gol más bello, más nacional, más apasionado, más perfecto y más mundial de la historia, mientras escuchábamos el relato apasionado de la garganta de fuego de Víctor Hugo Morales, que se mezclaba con nuestros alaridos y los bocinazos y las trompetas celestiales del triunfo. Y mientras veíamos saltar en los festejos al 10, al barrilete cósmico en el campo de juego y abrazar a sus compañeros, también nosotros saltábamos y gritábamos y llorábamos. Y nos abrazamos. Y nos vengamos de los ingleses, de Malvinas, de la dictadura, y entonces grité: “¡Este tipo es Beethoven, es la Novena sinfonía, es el Himno a la alegría!”.

Tercer movimiento. Una semana después, el domingo 29 de junio, encerrada en mi departamento, me senté a escribir el prólogo del libro. Debía entregarlo al día siguiente. No podía: había llegado a la conclusión de que si ponía el punto final, los chicos secuestrados aquella semana de septiembre de 1976 desaparecerían para siempre. Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, nos había contado la historia. Pero yo quería retener a Claudia, María Clara, Panchito, Horacio, Claudio y Daniel un poco más. Di muchas vueltas hasta que me quedé dormida. Me despertaron los gritos de la calle, los bocinazos, las cornetas. Ganamos. Somos campeones. Le ganamos a Alemania 3 a 2. Tenía la ilusión y la necesidad de sentir una épica, una emoción colectiva que me impulsara. Pero esta vez estaba sola. No sentía el calor y los abrazos de mis amigos. Entonces coloqué el disco de la Novena sinfonía de Beethoven y cerré los ojos, y vi la cara de los chicos en las fotos que habían sobrevivido en la memoria familiar, recordé cada momento de la investigación, y los vi, los vi, como vimos a sus familiares buscarlos día tras día. Y me senté a escribir escuchando las trompetas del triunfo de la Selección nacional que, vivando a Maradona, inundaban la ciudad. Y mientras escribía, escuché una y otra vez la sinfonía de Beethoven. Y escribí y lloré hasta poner el punto final.

Cuarto movimiento. Diego ya nunca sabrá esta historia. Mucho menos Beethoven, que tenía apenas 22 años cuando comenzó a escuchar en su cabeza el cuarto movimiento de su Novena sinfonía, o Himno a la alegría, en homenaje al poeta Schiller. Pero de algo estoy segura: así como los lápices siguen escribiendo, Beethoven sigue tocando y Maradó sigue haciendo goles.

Escrito por
Maria Seoane
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