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CORAZÓN MUNDIALISTA

Diego escribió sus páginas más gloriosas en el Estadio Azteca. Allí se consagró campeón del mundo y el mejor futbolista del planeta. Luego llegarían la inolvidable épica de Italia 90 y el sueño que terminó en el naufragio del “me cortaron las piernas”.

Todavía faltaban unos días para que la Selección argentina debutara contra Corea del Sur en México 86 cuando Diego Maradona lanzó sus primeros misiles contra la FIFA. “El problema más grave de los futbolistas –les dijo a los periodistas– va a ser el de los horarios de los partidos”. El calor de México, la altitud de algunas ciudades, todo combinado con el sol del mediodía, sería la asfixia de los jugadores. Ciertos partidos se habían agendado para las 12 mexicana con la intención de que cayeran en el mejor momento de la programación europea. Maradona no habló por él, habló por todos. “Hay que ver quién está arriba de quién”, lo apuró a João Havelange, que comenzaría a convertirse en su enemigo. Fue su forma de decir que los que mandaban eran otros, grandes patrocinadores y empresarios televisivos, los nuevos dueños del fútbol. El capitalismo de la pelota.

Maradona no sólo se constituyó en 1986 como el campeón del mundo, fue también el hombre que, a escala futbolística, reivindicó a la Argentina contra Inglaterra, cuatro años después de Malvinas, con un gol con la mano y otro a pura genialidad. Villa Fiorito viralizado con los relatos de Víctor Hugo Morales. Nada le quedaba mejor a Diego –a su pulsión de jugar contra el poder– que hacer ese partido contra Inglaterra. Fernando Signorini, su preparador físico personal, lo había advertido días antes del Mundial. Entró a la pieza que Diego ocupaba con Pedro Pasculli y lo encendió. Le dijo a Pasculli que “el quetejedi” no hablaba. Diego lo escuchó y saltó de la cama. Y a los dos días, la prensa titulaba: “Maradona abre el fuego: ‘Seré yo la figura del Mundial’”.

Diego jugó México 86 como ningún otro futbolista argentino jugó un Mundial. Y aunque no pudiera tocar la pelota durante buena parte de los partidos, sería vital en los momentos en que le llegara. Hay que volver a ver el partido con Alemania. Maradona es asediado como nunca. Cada vez que aparece le sigue la sombra alemana. Pero siempre está el hueco. Y en el hueco vendrá el pase a Jorge Burruchaga. Parece poco después de tantos ingleses y, sin embargo, fue una enormidad.

ÉPICA Y PUTEADAS

Los detalles de Diego, el fulgor, son un punto en el océano cuando se trata de México, pero son la excepción y la regla cuando la cuestión es Italia 90. Ahí aparecen las patadas de los cameruneses, la idea de que sólo la genialidad de Diego podrá rescatar al equipo. Su tobillo, fotografiado como lo que sería una obra de arte de la desgracia, auguraba que había que abrazarse a la épica. Ese tobillo fue mágico cuando lo que quedaban eran brasileños en la cancha y Claudio Caniggia para definir.

Hay dos episodios extrafutbolísticos para remarcar del Mundial de Italia. Las puteadas transmitidas en vivo cuando en Nápoles insultaban al himno argentino, que se sumaban a lo que ya había dicho, que el sur de ese país era el patio trasero del norte, otra de sus reivindicaciones. Y luego el llanto después de la final con Alemania, que sería sólo una foto simbólica si no hubiera incluido también el ninguneo a João Havelange, a quien decidió no darle la mano a la hora de la premiación.

Había una ruptura con la FIFA y también con Italia, el lugar donde había transcurrido sus mejores momentos como futbolista, los años de la felicidad napolitana: dos scudetto (1987 y 1990), una Copa Italia (1987), una Supercopa de Italia (1990) y una Copa UEFA (1989). No le merecieron en ese momento ser considerado Balón de Oro, el típico premio de la revista France Football, que sólo se lo otorgaba a jugadores europeos. Pero era su pico, jugaba y ganaba. Se había recompuesto de la lesión en Barcelona hasta para volver a tener una precisión como la de nadie, como la del gol de tiro libre a la Juventus, un movimiento imposible de la pelota.

Pero después de Italia 90, los enemigos ya eran muchos. El 17 de marzo de 1991, Diego no iba a jugar para el Napoli contra el Bari. Ese domingo, sin embargo, se levantó y quiso ir al partido. Lo estaban esperando. Fue su primer doping. Si el director deportivo del Napoli, Luciano Moggi, se encargaba de cubrirlo, ya no lo haría. La cocaína iba a aparecer en su orina. Y también aparecerían las escuchas telefónicas de la Justicia italiana, que también lo seguía. Diego quedaba desnudo y sin fútbol. Iba a llegar la trampa de la calle Franklin, en el barrio de Caballito, donde la prensa llegó junto a la Policía Federal. La Argentina menemista.

LOS REGRESOS

Sus mejores años como futbolista habían pasado. Fueron también los años del desarrollo de su conciencia política. Lo que vendría serían sus resurrecciones. La primera en Sevilla, junto a Carlos Bilardo, su entrenador en México 86, musicalizada con “Mi enfermedad”, la versión de Fabiana Cantilo del tema de Andrés Calamaro. Y en 1993, el regreso a la Argentina, a Newell’s, con “Y dale alegría a mi corazón”, de Fito Páez, como soundtrack. Faltaba otro regreso, el de la Selección. Una bala más para el Diego mundialista. Pasó el purgatorio con Australia, sin controles anti-doping. Y llegó Estados Unidos 94, lo que soñábamos como la vuelta al paraíso. Andrés Calamaro y Fito lo despidieron en Ezeiza. Salud, dinero y amor.

Diego transpiraba frente a las cámaras de Canal 13, escurría su camiseta, hacía jueguitos con una pelota de golf. Todo era televisado. Porque era el Mundial de la televisación. El equipo de Alfio Basile, además, generaba expectativa. Diego le gritaba su gol contra Grecia a la cámara. Y escuchaba los gritos de Caniggia contra Nigeria para darle la pelota al gol a su amigo el Pájaro. Hasta que después de Nigeria, la efedrina (ahora era la efedrina) apareció en la orina. La sustancia estaba, nadie se la puso. Otra vez lo estaban esperando. Algunas irregularidades en las pruebas le daban argumentos a la AFA para defenderlo. Pero Julio Grondona eligió lealtad a la FIFA. “Me cortaron las piernas”, dijo Diego. Era un buen epitafio para el último Maradona de la Selección argentina. Aunque Eduardo Galeano tendría otro para resumir esos años: “Jugó, venció, meó, perdió”.

Escrito por
Alejandro Wall
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