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ECOLOGISTA POR ADOPCIÓN

Pino Solanas perteneció a una generación que creía en el progreso a costa de un brutal impacto ambiental. Pero investigó, reconvirtió sus ideas, les dio profundidad y visión de futuro y las militó hasta los últimos días de su vida.

Tener una convicción es indudablemente loable. Pero haberla adquirido, dado que esos valores no se corresponden con los de la época propia de aquel que la adoptó, es doblemente valorable.

Pino Solanas no nació ecologista. Es más, formó parte de una generación que instituyó, potenció y militó la idea de un tipo de desarrollo “a costa” de la naturaleza, en el que el ser humano estaba destinado a doblegarla para brindar bienestar a la sociedad. Porque aun cuando su condición de peronista le permitiera rescatar aquella carta abierta al mundo en la que Perón –quizás proféticamente– pronosticaba la debacle ambiental a comienzos de los setenta, era capaz de reconocer que ese mensaje fue tan anticipatorio como dislocado del momento que transitaba el mundo en cuanto a sus formas de generar riqueza de manera claramente insustentable, como hoy el desastre ambiental nos permite comprobar.

Pino Solanas se formó en la lógica ideológica del desarrollo nacional, con la industria pesada y el agro como motores del crecimiento, a lo que desde siempre le agregó la distribución equitativa de dicha riqueza.

Pero en su vocabulario original no estaba el desarrollo sustentable, ni la economía circular, ni la comprobación de que la productividad con base en agrotóxicos no sólo no era tal sino que además envenenaba.

Pino Solanas se crió en un mundo en el que los recursos naturales, esa porción de la naturaleza que gracias a la transformación humana adquiría valor crematístico, debían ser capturados a como diera lugar para, hipotéticamente, promover el desarrollo económico de la sociedad. Una época en que las montañas, por caso, eran apenas reservorios de minerales cuya extracción era casi obligatoria. Y sin medir los costos ambientales.

Pino Solanas se constituyó en intelectual y político en una era atravesada por una definición de progreso que, cuando se la propala hoy, demuestra su atraso. En la encíclica Laudato si’, esa pieza magistral de ecología política que Pino tanto destacaba, el papa Francisco dice: “No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso”.

PROGRESO CRÍTICO

Y Pino había logrado redefinir el progreso. Había alcanzado una formulación de progreso profundamente crítica de aquella de la que había sido contemporáneo.

En una época, la actual, en la que aún buena parte de la clase dirigente entiende al progreso medido en toneladas de hormigón o en hectolitros de pesticidas volcados sobre los campos, Pino desentonaba. Desafinaba para bien.

Pino entendió, como decía el Papa, que si enancados en aquella definición de progreso hemos llegado a este marasmo ambiental, a este mundo en el que la sociedad lucha por su supervivencia ecológica, nos debemos imperiosamente una nueva definición de progreso.

Y persiguió esa nueva definición de progreso subido a la denuncia de un modelo, propio de su generación, que claramente ya no lo representaba. Un modelo que reconocía ecológicamente (y socialmente) agotado, perimido. Y lo denunciaba montado sobre la convicción de que el mantenimiento de dicho modelo resultaba pernicioso pero al mismo tiempo retardatario de cualquier sustentabilidad social y ambiental posible, deseable y necesaria.

Sus denuncias sobre los agrotóxicos o sobre la megaminería a cielo abierto no eran impulsadas apenas por la intención de desnudar a “los malos”, a quienes, como también dice el Papa, subordinan el bien común a “los intereses particulares del mercado”.

Su reclamo, al mismo tiempo que ecológico, tenía una carga social potente. Era, en ese sentido, un verdadero heredero de otro argentino, Tomás Maldonado, que en materia ecológica se adelantó a su tiempo: el escándalo de la sociedad termina en el escándalo de la naturaleza, señalaba, para graficar que no hay dos crisis separadas, una social y otra ambiental, sino una sola y compleja crisis socioambiental.

Pino pensaba con lógica del siglo XXI. Una época que es portadora de un umbral ético acerca del medio ambiente que hoy vemos reflejado en los millones de jóvenes que demandan a los Estados una resolución política y económica del desastre socioambiental que supone el cambio climático.

MATRIZ PRODUCTIVA

Para Pino, como para Greta Thunberg, casi setenta años menor, no se concebía (no se concibe) el futuro sin un cambio rotundo en la variable ambiental de la matriz productiva.

Era, en ese aspecto, un joven más. Avanzó, al mismo tiempo que envejecía, rejuveneciendo su pensamiento. Pero no desde una presunta “radicalización” propia de la inconsciencia juvenil sino, por el contrario, como consecuencia directa y contundente de la evolución positiva de ese pensamiento. No por un afán contestatario propio de la juventud, sino como resultado de comprender que el camino recorrido por los modelos de desarrollo del siglo XX habían demostrado su perniciosidad. No por rebeldía inconsistente sino, de manera opuesta, por una búsqueda crítica y solvente a una realidad social y ambientalmente angustiante fruto de una postura equivocada respecto de la relación entre la sociedad y los recursos naturales.

Regreso a la encíclica Laudato si’: “El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente”. Y Pino lo había entendido como casi nadie de su generación, excepto el Papa. De ahí su demanda hacia la política de construir puentes con el pensamiento ecológico del siglo XXI. De ahí su obsesión de promover leyes, como la de la lucha contra el cambio climático, comprometiendo a los gobiernos, al Estado, en una cruzada en la que las políticas públicas consistentes aparecen como la herramienta más poderosa para promover las energías renovables o la agroecología.

Pino parecía ir a contracorriente de una generación (la suya) que había hecho de los eslóganes políticamente correctos en los que se blandía la fórmula del “desarrollo sustentable” casi la única exteriorización de compromiso ecológico. Y sabía, y hacía saber, que indiscutiblemente no alcanzaba, que era una impostura para que nada cambie.

Se fue sabiendo, seguramente, que su prédica tuvo descendencia, y que tendrá continuidad. Y allí radicará, sin duda, su mayor legado.

Escrito por
Sergio Federovisky
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