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Caras y Caretas

           

Desastres no tan naturales

A la inestable situación económica y política, 1985 sumó desastres climáticos de diversa índole que produjeron graves daños. El terremoto en Mendoza, las enormes inundaciones en la ciudad y provincia de Buenos Aires y en Formosa marcaron un año sin respiros y acaso alguna enseñanza.

Nada más que la casualidad o la contingencia lo explica. Como todo lo que ocurre con el clima y la geología: profundos movimientos, estímulos descoordinados, energía acumulada, maltrato a la naturaleza, todo confluye para que en un cierto momento, aparentemente porque sí, algo se desarregle.

Nada puede explicar por qué fue 1985 y no un año antes o uno después. O mejor dicho, las causas están, apiladas durante un tiempo en forma de desajuste social, de vulnerabilidad creciente, para que cuando la gota del clima o la geología provoque el derrame del vaso ya haya poco por hacer.

Fue en 1985, acá. Y también afuera. Sin motivos, sin razones más que eso que denominamos “capricho de la naturaleza” y, en cambio, si lo auscultamos, si lo estudiamos, si miramos retrospectivamente sus causas y sus orígenes, se parece menos a un capricho que a una ciencia exacta.

En 1985 Mendoza, que cada tanto tiembla, se movió potente. A fines de enero, inaugurando un año de desastres, un sismo de 6,3 en la escala de Richter “dejó una marca imborrable en la memoria colectiva de la provincia”, sostuvo el diario mendocino Los Andes en un aniversario de aquel 26 de enero.

Además de los seis muertos, los heridos y el susto colectivo, el terremoto marcó el inicio del fin de un modo insólito de construir en una provincia sísmica: el adobe. Doce mil viviendas se habían transformado en escombros sobre el suelo.

El 1 de junio de aquel año un diario porteño tituló: “El día que se hundió Buenos Aires”. Es que el 31 de mayo se produjo el récord de lluvia sobre la capital de la Argentina: 310 milímetros a lo largo de una jornada en tiempos en que no existía infraestructura ni cultura ni prevención ni alerta capaz de absorberlos. El colapso fue absoluto. Todo dejó de funcionar. El arroyo Maldonado, autor de constantes crecientes ante cada lluvia torrencial, se convirtió en una trampa mortal y en una muralla: la ciudad quedó dividida físicamente por su torrente. Catorce muertos y noventa mil evacuados para una tragedia que -insólitamente- parece haber desaparecido de los archivos. Solo se encuentran algunas fotos de colectivos, autos y paisajes de una Buenos Aires ya inexistente. Aunque lo cierto es que cuarenta años más tarde, y con el cambio climático operando con su exacerbación de los eventos extremos, dicha marca pluvial aún no se ha superado.

UN PUEBLO DESAPARECIDO

El 10 de noviembre de ese mismo 1985, destinado a ser recordado también por su tendencia a la humedad inusitada, un pueblo icónico desapareció para siempre. Las llamadas lagunas encadenadas, un maravilloso mecanismo de regulación natural del sistema de alternancia entre “secas e inundaciones” descripto el siglo anterior por Florentino Ameghino, naufragó en la inconsistencia del manejo agrario del siglo XX. La tendencia insólita a canalizar la Pampa deprimida para “sacar” el agua, la profundización de métodos de labranza que potenciaron la erosión y la “pavimentación” de los campos de modo de que el agua corriera como sobre una superficie de vidrio, y demás factores propios de la angurria rural descalabraron cualquier equilibrio anterior. Y así, lluvias copiosas (la marca de aquella época de preeminencia de la corriente de El Niño) favorecieron para que gran parte de la provincia de Buenos Aires, principalmente su corazón geográfico y productivo, se llenara de agua. Fundada en 1921, Epecuén gozaba de sesenta años de gracia en el turismo de salud por su laguna salobre y sus aguas termales. Las sucesivas inundaciones de los 70 y 80 la fueron, no obstante, cercando y la “solución” era rodearla con un terraplén. En 1985 el agua no cedía pero las defensas, sí. Y a comienzos de noviembre, tras evacuar a los 1500 habitantes que allí quedaban, se decretó su defunción. Hasta diez años más tarde lo que había sido su ejido persistía bajo agua. Hoy son solo ruinas de una civilización que vivía en algún contacto más amable con la naturaleza.

El año 1985 coronaba, si se quiere, un tiempo de desastres inaudito. Desde 1983, y repetidamente, la Mesopotamia estaba bajo agua. Y también en aquel 1985 fatídico, Formosa volvió a ser noticia por tener gran parte de la superficie este de la provincia dominada por los desbordados ríos Paraná y Pilcomayo.

Quizás para asociarse a la desgracia, dos países latinoamericanos padecieron su propio 1985. El pueblo colombiano de Armero literalmente desapareció, cual Pompeya contemporánea, bajo la lava del volcán Nevado del Ruiz: 25 mil muertos y una cultura que cambió en aquel país respecto del respeto a los volcanes. México, acostumbrado a los movimientos, sufrió el que quizás sea el terremoto más brutal de su historia: 20 mil muertos y el desafío de organizar un mundial de fútbol al año siguiente con una herida abierta de tamaño monumental.

¿OTRO ENFOQUE?

No hay certeza absoluta pero sí sólida presunción de que en la Argentina aquella sucesión de desastres abrió el campo para mirar estos episodios de manera diferente. Ya no se trataba, apenas, de dramas que ocurrían en países pobres y lejanos (el terremoto de Nicaragua en 1972, por ejemplo) que padecían lo que nosotros, más educaditos y europeos, veíamos solo en los noticieros. Y al pasar a ser parte de nuestra realidad, llegó a nuestras costas la valoración conceptual más moderna y honesta respecto de estas catástrofes. Como leíamos en pensadores sociales como Andrew Maskrey o Alan Lavell en relación a Centroamérica, o como incipientemente machacaba Hilda Herzer en cuanto a las tragedias locales, no podía ser hablándose de desastres “naturales”, como si fuesen un designio divino cuyas consecuencias no pudieran siquiera morigerarse. No. “Los desastres naturales no son naturales”, escribieron y con ello dejaron marcada una página trascendente en la historia de las ciencias sociales y el ambiente. “No son sinónimos el fenómeno de la naturaleza y el desastre que este provoca sobre la sociedad, ya que un desastre es un proceso social, económico, institucional que es detonado por un evento físico”, sostenían. Y un agregado vital: el impacto de un fenómeno de la naturaleza está determinado por la vulnerabilidad de la sociedad sobre la que se expresa.

No está del todo claro si, a juzgar por lo ocurrido en Bahía Blanca pocos meses atrás, este pensamiento se ha convertido en acción. Es posible que aún falte bastante, pero el solo hecho de que la concepción mística de un desastre (“es algo ineludible que nos envía Dios”) ya no sea la que rija el funcionamiento del Estado es un gran avance. Y probablemente 1985 tenga mucho que ver.

Escrito por
Sergio Federovisky
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