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“SU ARTE Y SU MILITANCIA FUERON UNA MISMA COSA”

Juan Solanas, el hijo mayor de Pino, compartió con su padre el exilio, trabajó en algunas de sus películas y filmó el documental Que sea ley. Lo recuerda con orgullo y esperanza.

“Tenía una dicotomía entre la realidad física de un cuerpo que vivió mucho y un espíritu muy joven, por eso da la sensación de que se fue antes de tiempo. No era un señor cansado de 84 años, tenía el vigor intelectual de alguien de 40. Papá era full power”, dice Juan Solanas desde Montevideo. Y tiene razón. Pino vivió mil vidas, todas apasionadas. Filmó y proyectó su primer largometraje, La hora de los hornos, en la clandestinidad; fundó junto con Octavio Getino el grupo Cine Liberación; su extensa entrevista Perón. Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, realizada en 1971 al líder justicialista en Puerta de Hierro, fue bandera de la Juventud Peronista.

Todo esto también lo obligó a salir del país a las apuradas, a refugiarse en París, a volver en democracia para filmar películas enormes, para denunciar la venta de la soberanía, para embarrarse en política, luchar por el medio ambiente y hacer suyas las causas en favor de los derechos de jóvenes y mujeres. Fue justamente su discurso por la despenalización del aborto, aquel 8 de agosto de 2018, uno de los más festejados por la multitud de pañuelos verdes que escuchaba la sesión afuera del Congreso bajo una lluvia que no daba tregua mientras su hijo Juan grababa escenas para su documental Que sea ley.

“Yo no sabía que Pino iba a hacer ese discurso. Fuese quien fuese el que lo diera, como director sabía que ese discurso debía estar en la película, que además haya sido mi viejo lo tomé como un regalo de la vida. Encima estar unidos en una causa con él y mi hermana, que producía la película, fue como una especie de comunión familiar. Después ir a Cannes los tres juntos, ver el documental con él en la selección oficial, fue todo un círculo que de haberse planificado nunca hubiera salido”, recuerda Juan.

–Trabajaste con Pino. ¿Cómo era él en los rodajes?

–Papá era un director hipermegacomprometido con la película. A eso agregale que era un gran militante de toda la vida y que su arte y su militancia fueron una sola y misma cosa. Para quienes hacemos cine de autor, la película es un hijo al que le das todo, y la realidad –llamala lluvia, falta de plata, etcétera– es un garrón que siempre ataca a tu hijo. Ahí tenía una doble paternidad que defender, porque atacar su película era atacar su militancia. Yo trabajé con él en Sur, cuya filmación tuvimos que aplazar porque le dio un infarto de riñón, mirá si la realidad no atenta contra la película, y fui su director de fotografía en La nube. Era un clásico director apasionado.

–¿Cuál es tu primer recuerdo de una filmación?

–El primero que tengo fuerte sucedió durante el rodaje de Los hijos de Fierro. El afiche es una cabeza cortada en el piso con dos botas militares de cada lado de la cara. Me acuerdo de que para filmarlo hicieron un agujero en la tierra y lo enterraron a Tito Ameijeiras hasta el cuello, y Tito estaba preocupado porque el lugar estaba lleno de ranitas que saltaban por ahí.

–Pocos años después tuvo que partir al exilio.

–El día del golpe le avisaron a Pino que estaba en la lista de las primeras personas a matar. Ese día se fue del departamento y nunca más lo vimos en Buenos Aires. Mi hermana y yo nos fuimos en diciembre del 77 de vacaciones a ver a papá y nunca volvimos. Éramos dos enanos. Yo tenía diez años, y Victoria, siete. Viajamos solos en un Boeing 707. Primero estuvimos unos meses yirando por España hasta que llegamos a Llavaneras, un pueblito costero a media hora de Barcelona. Entre las vías del tren y el mar había una lonja de tierra con tres edificios vacíos. Allí nos instalamos Pino, Chunchuna, Juana, Inés, Victoria y yo. El pueblo quedaba a dos kilómetros. Estuvimos un año sin ir a la escuela. En agosto, el director y productor Bertrand Tavernier le consiguió a papá un laburo de profesor en una escuela de cine y nos fuimos a París. Justo para ese momento mi mamá se exilió, también con su marido, y Victoria se fue a vivir con ella a Roma. Yo me quedé con papá y en septiembre empecé la escuela en francés sin saber una palabra del idioma.

–¿Volviste con Pino cuando asumió Alfonsín?

–No, no quise volver. Ya había sido muy duro dejar todo e ir para allá sin saber que me iba a exiliar, no quería volver. Además de un detalle que no es tal: ¿acaso no podían volver esos milicos que torturaron y mataron? Era inconcebible que esa gente llena de sangre en las manos estuviera libre.

–¿Estabas en Francia en mayo de 1991, cuando Pino sufrió el atentado?

–Sí, y fue muy jodido. Sonó el teléfono de mi casa tipo dos de la mañana y una voz anónima me dijo: “Lo baleamos a tu viejo”, y cortó. ¡Tenían el teléfono de mi casa en París! En ese entonces no existían los celulares y costaba una fortuna llamar a la Argentina. Para comunicarme solía comprarme una tarjeta precargada y me iba a hablar a una cabina. Ese día no tenía ninguna tarjeta y a la madrugada no había modo de conseguir una. Encima, por la diferencia horaria, recién pude hablar por teléfono a Buenos Aires cerca del mediodía.

–O sea que durante unas doce horas no supiste siquiera si tu papá estaba vivo o muerto.

–Sí, fue a propósito, seguramente. Viajé ese mismo día y fue una cosa rarísima, de película. Fui en un vuelo nocturno con cambio en Madrid y no sé por qué el avión estaba vacío, éramos sólo tres pasajeros. La imagen era insólita, miraba para adelante y para atrás y no había un humano. Fue rarísimo: iba a ver a mi padre, al que habían baleado, que ya sabía que estaba vivo pero no tenía claro cuál era su situación, en un vuelo fantasma. Después no recuerdo nada más.

–¿Qué te llevás de tu papá?

–Ojalá pueda vivir un tercio de lo que él vivió. Me llevo convicciones y ética. Pino es una figura icónica que representa una manera pura de hacer política y de una moral impoluta. Era un gran patriota, un gran humanista que defendía causas nobles y que no transaba. Espero que haya muchos Pinitos creciendo por el bien de la humanidad.

Escrito por
Virginia Poblet
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