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CON LA REDISTRIBUCIÓN EN LA MIRA

Dos obsesiones tuvo Néstor Kirchner: liberarse de los condicionamientos del FMI y lograr un reparto más equitativo de la riqueza.

La conjunción de la debacle económica con la fractura de la legitimidad neoliberal impuso la necesidad de articular en la Argentina una salida de la crisis de 2001. La devaluación y pesificación asimétrica de 2002 fue el primer paso, aunque no suficiente ni plenamente satisfactorio, pues produjo ganadores y perdedores en los distintos sectores económicos y sociales.

Había que responder de manera más articulada y urgente a las acuciantes necesidades de los vastos estratos sociales caídos en el desempleo o sumergidos en la pobreza o la indigencia y desplazar el eje de la economía desde lo financiero hacia la esfera productiva. En este sentido, el rechazo a lo acontecido durante los años 90 constituyó el núcleo central del planteo que el gobierno de Néstor Kirchner enarboló desde 2003 en aras de revertir la precaria legitimidad de origen que derivaba del magro porcentaje de votos con que había alcanzado el poder.

Desde su discurso de asunción, que sonaba muy distinto de la ideología neoliberal predominante hasta entonces, Kirchner planteó políticas económicas que buscaban retomar el sendero productivo y revertir la situación social. Entre sus objetivos estaban el de recuperar los niveles de empleo, recomponer el mercado interno y volver a impulsar la industria nacional. También, el de hacer jugar un nuevo papel al Estado en la inversión pública en infraestructura y desarrollo y en la redistribución de los ingresos, y desendeudar al país, en momentos en que la economía mundial seguía un camino inverso, con un desenfrenado incremento del endeudamiento público y privado que iba a producir en 2007 una nueva crisis mundial.

Existieron desde los comienzos de la nueva administración un afán de evitar la intromisión de intereses foráneos en la política doméstica a través del FMI, favorecidos por la gran deuda externa, y la intención de profundizar el proceso de integración regional.

AL MARGEN DEL FONDO

Acorde con estos lineamientos, después de la devaluación de 2002, se determinó que el sostenimiento de un tipo de cambio en niveles comparativamente altos, “administrado” por el Banco Central, sería un objetivo principal del nuevo gobierno, contrariando las recomendaciones del FMI, que propugnaba un régimen de flotación pura. Esto implicó cambios sustanciales en la rentabilidad relativa de las distintas actividades económicas que se desarrollaban en el país. Por otra parte, el notable incremento de los precios de exportación, acompañado por un sustantivo aumento en las cantidades exportadas, sobrepasó el efecto contractivo del aumento de las importaciones y dio mayor impulso al incremento del producto.

Un criterio fundamental fue el desendeudamiento. Se realizó un primer canje de la deuda externa, que se conoció el 18 de marzo de 2005. La adhesión fue del 76,15 por ciento y se logró una quita nominal del 43 por ciento. Del monto total de la deuda elegible, 81.836 millones de dólares, se logró canjear 62.318 millones. De esta forma, el total de deuda reestructurada fue 35.261 millones de dólares. La composición de la deuda por monedas cambió, aumentado significativamente la participación del peso, al pasar del tres al 37 por ciento. Otra porción igual quedó en dólares.

La heterodoxia de los programas económicos aplicados por la Argentina desde entonces fue un factor importante en el contexto de una relación cargada de tensiones con el FMI. A pesar de que el país continuó cumpliendo a rajatabla con los pagos a los organismos financieros internacionales, el Fondo no redujo su dureza en las negociaciones, reclamando por políticas más ortodoxas, que incluyeran mayores superávits y reformas del Estado acordes con los cánones neoliberales. También se opuso a las condiciones en las que se planteó la renegociación de la deuda privada en default.

La imposibilidad de avanzar en un acuerdo decidió finalmente al presidente Kirchner a cancelar por completo las deudas con el organismo internacional en enero de 2006, cuando alcanzaban cerca de 11.000 millones de dólares, operatoria posible debido al importante incremento de las reservas ocurrido entre 2003 y 2005. Se destinaban al pago 9.530 millones de dólares (descontados intereses que se ahorraban), decisión que seguía a la de Brasil, que había anunciado exactamente la misma medida. El pago representaba algo menos del nueve por ciento del total de la deuda pública argentina, de 126.400 millones de dólares, y se comprometían más del 36 por ciento de las reservas del país, que se reducían a cerca de 17.000 millones.

LA PREMISA DE LA REDISTRIBUCIÓN

La inflexión de la coyuntura se logró a partir del momento en que volvió a permitirse un crecimiento de la demanda, única manera de utilizar más efectivamente la amplia capacidad ociosa. El estímulo al mayor consumo interno se conjugó con una coyuntura externa especialmente favorable, con precios en alza y demanda sostenida, que permitieron, luego de mucho tiempo, relanzar el proceso de crecimiento de la producción y del empleo.

La señal más importante de la recuperación económica fue el crecimiento del PBI, con más de un ocho por ciento anual promedio de 2003 a 2006, y un 6,7 anual entre 2006 y 2010, incluyendo 2009, cuando bajó considerablemente en el pico de la crisis económica mundial. El sector industrial, basado en el mercado interno y esencial en la creación de puestos de trabajo, despegó rápidamente aprovechando los niveles de capacidad instalada no utilizada y los menores costos salariales fruto de la devaluación de 2002 y un tipo de cambio alto. Luego, lo que haría posible la continuidad del avance de este sector fue la dinámica de la inversión, a través de desembolsos en equipos durables de producción acompañados por la inversión pública en infraestructura y la inversión privada en el PBI, que pasó del 17,6 al 20 por ciento en el mismo período.

La tasa de desempleo se redujo a un dígito en 2011 (7,3%), sin incluir los niveles de empleo informal, que todavía eran importantes. En cuanto a los índices de hogares y de personas bajo las líneas de indigencia y de pobreza, disminuyeron sensiblemente desde 2003. El índice de Gini, que mide la distribución del ingreso –y varía entre cero, situación ideal en la que todos los individuos o familias de una comunidad tienen el mismo ingreso, y uno, valor al que tiende cuando los ingresos se concentran en unos pocos hogares o individuos–, disminuyó (o sea, mejoró) de 0,532 en octubre de 2002, en el pico de la crisis, a 0,429 en octubre de 2011. A su vez, el salario medio real con un índice base 100 en 2005 creció de 85,2 en 2003 a 196,1 en 2011. Del lado de la demanda, ciertas políticas fueron decisivas para que estos procesos se dieran, como, por ejemplo, el mantenimiento de las tarifas de los servicios públicos; la ampliación del número de jubilados, y el aumento periódico de los montos de las jubilaciones junto a la asignación universal por hijo y el incremento de las asignaciones familiares.

En el orden internacional, la ampliación del Mercosur y el rechazo del ALCA fueron los principales logros.

Escrito por
Mario Rapoport
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