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LA URGENCIA DE LLEGAR PRIMERO

La nueva puja geopolítica se dirime en el terreno de la ciencia y se plasma en la carrera multipolarizada por producir el método de prevención contra la covid-19. Hay 165 proyectos en desarrollo, de los cuales seis generan las mayores expectativas.

La pandemia es la gran protagonista de este año y ha superado en popularidad otras amenazas mundiales que parecían ser igual de peligrosas, como una potencial guerra entre Estados Unidos e Irán, allá por el lejano enero. Lo cierto es que durante los primeros ocho meses de 2020, el coronavirus contagió a más de 24 millones de personas, produjo más de 800 mil muertes alrededor del mundo y hasta hoy no da tregua, con rebrotes en zonas donde ya había bajado su circulación. Sabemos que si hay algo que puede devolver la normalidad a nuestras vidas es el hallazgo de un método de prevención, y es en esa dirección en la que científicos y científicas de todo el mundo trabajan para llegar en tiempo récord.

Las vacunas terminaron de desembarcar en la agenda mediática a principios de agosto, cuando el presidente ruso Vladímir Putin sorprendió al mundo con el registro de la Sputnik V, una vacuna creada por el Instituto de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya junto con el Ministerio de Salud ruso. Sin embargo, y luego del ruido que generó la noticia, la comunidad científica internacional puso en duda la eficacia del Avifavir (nombre del fármaco) por no ofrecer datos científicos ni información sobre las primeras fases de los ensayos clínicos.

EN CARRERA

El nombre de la vacuna, clara referencia al Sputnik 1, el primer satélite puesto en órbita por la entonces Unión Soviética en 1957, termina de destapar la carrera geopolítica multipolarizada para ver qué potencia llega primero a la cura del virus. “No es la primera carrera por vacunas ni será la última, pero esta tiene la peculiaridad de que los grandes jugadores no han logrado integrar en una sola organización todos los recursos para sus proyectos y han optado por la creación de consorcios”, señala Sergio Pignuoli Ocampo, sociólogo e investigador del Conicet. Para el académico, el escenario no ha sufrido grandes alteraciones luego del anuncio de Putin aunque “sí ha acelerado aún más la competencia”.

Es importante tener presente la distinción entre el registro de propiedad y autorización de una vacuna. El consorcio que la fábrica puede comercializarla pero eso no significa que su inoculación esté sanitariamente autorizada. No sin todos los ensayos clínicos. Además, no existe una aprobación universal, se trata más bien de una decisión de las distintas autoridades sanitarias de acuerdo con las correspondientes normas legales en vigor sobre elaboración, importación y comercialización de drogas y medicamentos de uso humano.

La aprobación y aplicación de una vacuna a gran escala dependen de la realización de una fase preclínica (testeo del fármaco en animales) y tres fases clínicas (pruebas en humanos). En la fase 1 se examina la seguridad del fármaco y las respuestas del sistema inmunitario, y en la fase 2 evalúan la inmunogenicidad, es decir, la producción de anticuerpos en altos niveles. Las dos primeras fases se realizan en centenares de personas, mientras que la fase 3, la más importante, prueba su eficacia en miles de personas.

Hay más de 165 vacunas en desarrollo, aunque son seis las que cosechan más expectativas de éxito. Existen distintos tipos de vacunas, una es la que se construye sobre la base de un ARN mensajero, que codifica para la proteína spike o proteína S. Estas son las desarrolladas por dos compañías estadounidenses, Moderna y Pfizer, y se encuentran en la fase 3 del proceso aprobatorio. Pfizer, en alianza con la empresa alemana BioNTech, eligió a la Argentina como uno de los países para los testeos de su vacuna, y hace algunas semanas empezó a probarse en voluntarios. Otras dos variables en proceso final son las de las farmacéuticas chinas Sinovac y Sinopharm, fabricadas con el virus inactivado, es decir, con la bacteria entera pero sin capacidad de infección. El proyecto del grupo Sinopharm también será testeado en territorio argentino, junto al laboratorio Elea Phoenix.

Las dos restantes, la vacuna de CanSino Biologics (que ya fue aprobada para su uso en China) y la de Oxford y el laboratorio AstraZeneca, utilizan un adenovirus que no replica y al que le insertan el gen que codifica la proteína S, para generar una respuesta inmune en la persona. Todas estas vacunas tuvieron primeras fases muy exitosas y se estima que para noviembre sabremos si estarán habilitadas o no para su uso masivo. Eso dependerá de que protejan en un 80 o 90 por ciento a la población de personas vacunadas, y de que estas vuelvan a su vida normal y no se infecten.

“La perspectiva es que las vacunas sean efectivas, que podamos contar con algunos millones de dosis en el país para enero o febrero de 2021 y posiblemente con dos o tres fuentes de compañías distintas”, asegura Jorge Geffner, especialista en inmunología y uno de los coordinadores de la Unidad Coronavirus del Ministerio de Salud. Acerca de la vacuna rusa, el bioquímico sostiene que desde el Instituto Gamaleya trabajaron en un sistema muy cerrado y que “no plantearía una distribución masiva sin los resultados de ensayos clínicos porque no se puede evaluar su eficacia”.

EN LA ARGENTINA SE CONSIGUE

Otra de las noticias más importantes de los últimos meses fue el acuerdo que firmó la Argentina con el laboratorio sueco-británico AstraZeneca para coproducir junto con México la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford. El convenio determina que el compuesto activo de la vacuna se fabricará en una planta de la compañía argentina mAbxience, parte del Grupo Insud, y luego esos concentrados volarán hacia México para su formulación y fraccionamiento. Además, la vacuna se producirá al costo y con un criterio de equidad en la distribución proporcional entre países.

La capacidad científico-tecnológica y la fuer te tradición en biotecnología que tiene la Argentina fueron determinantes para que AstraZeneca y Oxford decidieran producir su medicamento a gran escala en la planta de cultivos monoclonales ubicada en Garín, provincia de Buenos Aires. Allí comenzarán a elaborar unas 250 millones de dosis de la vacuna AZD1222 con la intención de poder comercializar los primeros lotes para el primer semestre de 2021, siempre y cuando la vacuna sea aprobada para su uso en millones de personas.

“Si el Estado hubiera invertido adecuadamente en ciencia y tecnología a lo largo de tantos años, como siempre se promete, acá se podría haber desarrollado una vacuna”, sostiene la periodista científica Nora Bär. Sin ir más lejos, hay un equipo de doce científicas y científicos del Conicet y de la Universidad Nacional de San Martín que está trabajando en una vacuna, aunque con plazos menos limitados. El proyecto que lidera la bióloga Juliana Cassataro se encuentra en la fase preclínica, sin apuros para llegar primero a la meta, pero con la intención de que el país pueda contar con un medicamento de fabricación nacional.

Escrito por
Juan Piterman
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