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SU BUENOS AIRES QUERIDO

Marechal fundó una nueva poética para la literatura argentina, pero también creó un imaginario urbano donde prima la integración de clases sociales, religiones, lenguas y culturas.

Adán Buenosayres es mucho más que la gran novela de Leopoldo Marechal. Además de ser el nombre de su protagonista, su título condensa la propuesta poética e ideológica de una novela que busca la síntesis entre lo universal y lo particular. A su vez, señala un lugar en el mapa. Es lo universal, sin duda, pero en un punto preciso ubicado en la ciudad de Buenos Aires. El título nos avisa, también, que asistimos a un acto fundacional: el “Buenosayres” así escrito hace referencia a la primera fundación de la ciudad, cuando Pedro de Mendoza la bautizó Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre, en homenaje a la Virgen de Bonaria, protectora de los navegantes. Con Adán Buenosayres asistimos, entonces, tanto a la fundación de una poética y de un idioma para la literatura argentina, como también a la creación de un imaginario urbano donde prima la integración de clases sociales, de religiones, de lenguas, de culturas.

La novela se abre con una panorámica aérea de la ciudad de Buenos Aires. Desde esa perspectiva, el lector ve a la ciudad desde lo alto y a la distancia: “Lector agreste, si te adornara la virtud del pájaro y desde tus alturas hubieses tendido una mirada gorrionesca sobre la ciudad, bien sé yo que tu pecho se habría dilatado según la mecánica del orgullo, ante la visión que a tus ojos de porteño leal se hubiera ofrecido en aquel instante. Buques negros y sonoros, anclando en el puerto de Santa María de los Buenos Aires, arrojaban a sus muelles la cosecha industrial de los dos hemisferios, el color y sonido de las cuatro razas, el yodo y la sal de los siete mares. (…) Si desde allí hubieses remontado el curso del Riachuelo hasta la planta de los frigoríficos, te habría sido posible admirar los bretes desbordantes de novillos y vaquillonas que se apretaban y mugían al sol (…) Trenes orquestales entraban en la ciudad, o salían rumbo a las florestas del norte (…) Desde Avellaneda la fabril hasta Belgrano ceñíase a la metrópoli un cinturón de chimeneas humeantes (…) Rumores de pesas y medidas, tintineos de cajas registradores, voces y ademanes encontrados como armas, talones fugitivos parecían batir el pulso de la ciudad tonante: aquí los banqueros de la calle Reconquista manejaban la rueda loca de la Fortuna; más allá ingenieros graves como la Geometría meditaban los nuevos puentes y caminos del mundo. Buenos Aires en marcha reía: Industria y Comercio la llevaban de la mano”.

Con este comienzo, la ciudad industrial moderna irrumpe en la literatura argentina. Aunque la novela transcurre en los años veinte, no se trata de la ciudad cosmopolita y desencantada que leemos en la narrativa de Roberto Arlt, sino del imaginario abierto en los años cuarenta: es una ciudad puerto, una ciudad fabril, una ciudad comercial, una ciudad abierta al mundo, en cuyas calles se concentran las masas, los medios de transporte, los negocios, los sonidos, los edificios. Es una ciudad “en marcha”, una ciudad de la industria y del comercio, la ciudad del imaginario peronista de la producción y del trabajo. Y es una ciudad a la que los dioses han vuelto.

ZOOM CINEMATOGRÁFICO

Como si fuera en un zoom cinematográfico, la mirada aérea desciende y focaliza en un barrio de Buenos Aires, en Villa Crespo. Más precisamente en la calle Monte Egmont, hoy Tres Arroyos, donde comienza el viaje, espacial y metafísico, de Adán Buenosayres. En la representación de ese barrio, leemos el imaginario urbano anunciado en el título: Villa Crespo es un espacio abigarrado; es el espacio de lo diverso y de lo múltiple; es el ámbito que concretiza a la Argentina “crisol de razas”, pues en su perímetro se concentran todas las nacionalidades, todas las religiones, todas las culturas, todas las lenguas: “Allí estaban los íberos de pobladas cejas que, desertando de Ceres, conducen hoy tranvías orquestales; y los que bebieron un día las aguas del torrentoso Miño, varones duchos en el arte de argumentar; y los de la tierra vascuense, que disimulan con boinas azules la dureza natural de sus cráneos; y los andaluces matadores de toros, que abundan en guitarras y peleas; y los ligures fabriles, dados al vino y la canción; y los napolitanos eruditos en los frutos de la Pomona, o los que saben empuñar escobas edilicias; y los turcos de bigote renegrido, que venden jabones, aguas de color y peines destinados a un uso cruel; y los judíos que no aman a Belona, envueltos en sus frazadas multicolores; y los griegos hábiles en las estratagemas de Mercurio; y los dálmatas de bien atornillados riñones; y los siriolibaneses, que no rehúyen las trifulcas de Teología; y los nipones tintóreos. Estaban, en fin, todos los que llegaron desde las cuatro lejanías, para que se cumpliese el alto destino de la tierra”.

En su representación espacial, la novela explicita la síntesis entre lo nacional y lo universal, lo propio y lo extranjero, el habla de la calle y la retórica clásica, como metáfora de la cultura argentina. David Viñas señala, precisamente, que este esfuerzo de síntesis es “el resultado de una propuesta mística de unión amorosa, donde sin violencia la cultura y las masas, América latina y París, las novedades y lo tradicional, el lunfardo y lo clásico, nación y mundo, líder y pueblo, se fundan” (“Cotidianidad, clasicismo y tercera posición: Marechal”, Literatura argentina y realidad política, Buenos Aires, Siglo Veinte, 1971).

Además de Villa Crespo, el imaginario urbano de la novela incorpora a Saavedra, ámbito del pasado, de la tradición y de las fuerzas telúricas, y puerta de ingreso a Cacodelphia, la ciudad oscura. Si Villa Crespo es el resultado de la mezcla inmigratoria, Saavedra, “una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla”, es el ámbito de la cultura popular criolla en sus diferentes configuraciones: desde el “espíritu de la tierra” enunciado por Raúl Scalabrini Ortiz hasta el neocriollo de Xul Solar, pasando por la gauchesca, el criollismo y las letras de tango. En cambio, la estructura espacial de Cacodelphia, esa “contrafigura de la Buenos Aires visible”, diseña un mapa vanguardista de los nueve barrios del infierno.

En la búsqueda de una síntesis, Adán Buenosayres introduce, tanto en términos ideológicos como en su imaginación espacial, el cuestionamiento de las antinomias a partir de las cuales la cultura argentina había ido diseñando los variados contornos del ser nacional. La misma síntesis con la que Leopoldo Marechal, católico, vanguardista y peronista, pensaba su lugar en la literatura argentina.

Escrito por
Sylvia Saítta
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