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«Perdí todo el miedo a Dios cuando murió mi padre»

Foto: Alejandra López

La escritora Claudia Piñeiro publicó la novela Catedrales, un thriller que retrata la historia de una adolescente católica que aparece quemada y descuartizada en un baldío de Adrogué. La trama de hipocresías sociales que inducen al trágico final.

A mediados de marzo, cuando se veía venir la cuarentena y la gente atiborraba los supermercados, Claudia Piñeiro andaba en pleno lanzamiento de su nuevo libro, Catedrales. Un novelón inquietante que aborda la muerte brutal de una adolescente sucedida treinta años atrás, que también supone un intento literario extremo por desocultar la hipocresía agazapada en las religiones y en cada ser humano.

Y tal vez debido al singular contexto en que se han dado sus primeras lecturas, con el encierro y las angustias que nos abrazan, su trama de por sí poderosase amplificó tocando fibras internas inesperadas de lxs lectorxs.

–Qué momento tan especial para sacar una novela, ¿cómo lo estás atravesando? ¿Qué devolución tenés del público?

–Yo estoy bien, de a ratos más sensible o irritable. La incertidumbre es difícil de sobrellevar, pero hay que aceparla. Les exigimos a otros respuestas que no existen. El intercambio con los lectores es más rico y afectuoso que con libros anteriores, me sorprende. Creo que han tenido más tiempo para leer, pero también para dejarse atravesar por la lectura y escribirme. Lo mismo me pasa a mí. Sus comentarios son muy personales y tengo tiempo de contestarlos. Lo siento un regalo.

–Catedrales trata sobre un aparente femicidio, pero no es un policial típico. Porque más allá de la búsqueda del asesino, domina la trama la crítica a la Iglesia Católica, a los discursos sociales y al concepto de verdad…¿Podríamos inaugurar la categoría de policial filosófico argentino?

–Seguramente existe acá y en otras partes… Algunos dicen que una novela mía de 2007, Elena sabe, es policial, aunque yo creo que es más de este estilo; novelas donde hay elementos del género que sacan la trama adelante, pero el lector sabe más que el propio cronista. En este libro hay una carrera de postas: seis, siete voces que se suceden para dar testimonio y que lleguemos a la conclusión de lo que pasó treinta años atrás para que esta chica apareciera quemada y descuartizada.Pero cuando nos adentramos en la historia surge la pregunta: ¿Fue un femicidio? Sin ánimo de espoilear, quizá lo que este policial ataque son esas responsabilidades que se comparten socialmente, ese “hablar” o “influir” sobre la vida de los otros que, a veces, puede empujar a una muerte, aunque no haya asesinos formales.

–Ana, la adolescente muerta, pertenece a una familia de clase media que pareciera bastante más católica que el promedio argentino, de gente que nunca pisa una iglesia. Pero también hay férreos ateos en tu historia. ¿Por qué te interesaba plantear estos extremos ideológicos?

–Una siempre piensa que el promedio es una, pero… Recibí cantidad de mensajes de lectores diciendo “Estos personajes son mi familia” o “¿vos te inspiraste en mi hermana?”. Debe haber más familias conservadoras y católicas militantes de las que imaginamos. De todas formas, la novela hace un arco entre todas las posiciones de la religión, desde el activismo fanático de Carmen, la hermana mayor de la adolescente muerta; hasta el ateísmo de Lía, la otra hermana, que dice en su primera línea “no creo en dios”. También hay personajes intermedios −Alfredo, el padre de Ana; Elmer, el investigador−. Yo creo que el promedio argentino anda por ahí, es decir, gente que recibe esta tradición de su familia, pero no tiene fe verdadera.

–Una gran pregunta que sobrevuela el relato es si vale la pena saber la verdad a toda costa. ¿Qué opinás de esto en general? ¿En un sistema familiar no hay verdades que sólo están destinadas a provocar daño?

–Por mi personalidad, te diría que prefiero toda la verdad, pero no es igual para todos y hay que respetarlo. Por eso la novela trabaja sobre dos frases que juegan entre sí: una que está en la solapa, “La verdad que se nos niega, duele hasta el último día”; y otra que es dicha por el padre de Ana hacia el final: “A veces llegamos a la verdad que podemos soportar”. Con la pandemia hablamos a menudo del sistema inmunológico…  Bueno, hay gente que lo tiene más preparado para recibir verdades familiares y otra que no.

Por eso Alfredo, cuando cree estar cerca de la verdad, no sale a contársela de primeras a su nieto Mateo y a su hija Lía, que vive lejos, en Santiago de Compostela. Él cree que ellos, que no se conocen, merecen saberla y entablar el único vínculo sano de esa familia enferma. Pero no sabe si tolerarán esa verdad, entonces busca maneras de que vayan hacia ella.

–Carmen, la hermana ultracatólica de Ana, repite a cada rato “Es la voluntad de Dios”. En ella suena a muletilla para desentenderse decualquier responsabilidad en la vida, pero también subyace el temor reverencialal castigo divino. ¿Vos sentiste alguna vez ese miedo? ¿Creés en dios?

–Me criaron en una familia católica y lo fui hasta los 26 años, precisamente porque sentía un temor reverencial a dios, pero nunca sentí fe. Mi bisabuela iba a misa todos los días, y mi abuela y mi madre todos los fines de semana. El asunto estaba compensado un poco por mi padre, que sólo se decía católico. Yo perdí todo miedo a dios cuando murió mi padre siendo aún joven. Dios no hizo nada ante lo más terrible que podía pasarme.

–Llama la atención que la búsqueda de la verdad está concentrada en el papá de Ana, pese a que todos los personajes masculinos, incluido él, se ven bastante débiles.

–Cuando imaginaba la novela pensé mucho en otro Alfredo, el papá de Paulina Lebbos, la estudiante asesinada hace catorce años en Tucumán, esta provincia tan de poderosos hipócritas donde hasta hace días se resistían a aplicar la Ley Micaela. Me sigue conmoviendo muchísimo verlo yendo a los canales con el expediente bajo el brazo. Se me pone la piel de gallina ante esa búsqueda amorosa de un padre que no se resigna.Debe haber muchos hombres buscando lo mismo.

–Tu literatura está atravesada por el tema del aborto y la violencia sobre las mujeres. ¿Pero te habías metido con las religiones?

–Era un tema vedado que me saltó a la cara en 2018, cuando se debatió en el Congreso el derecho al aborto. Me afectó profundamente la hipocresía de tantos, desde los senadores que se comprometían y luego votaban en contra porque los cuestionó algún obispo o porque temían perder el voto evangelista; hasta familias católicas que se escandalizaban, sabiendo yo que han pasado por abortos. En todos esos discursos la religión no es más que hipocresía. Por supuesto que hay gente que cree de verdad y tiene fe… El tema son estos otros que nos quieren imponer esa fe porque les conviene políticamente.

–Estos temas están cada vez más presentes en la ficción argentina actual. Pienso en Dolores Reyes, Mariana Enríquez, Sergio Olguín, Pedro Mairal… ¿Notás un compromiso mayor de lxs autores locales con estas problemáticas?

–Los leo a todos y están dando una literatura extraordinaria en cuanto a estos temas y otros. Además, la Argentina tiene una tradición social fuerte. Es muy interesante lo que pasa en particular con Cometierra, la novela de Dolores Reyes, porque ella aborda los femicidios casi en una clave fantástica a lo Rulfo. Tranquilamente pueden leerla así en otros países, porque la chica que descubre asesinatos es una vidente que come tierra. Pero nosotros, que la leemos desde acá, lo que vemos es el Conurbano profundo que conocemos de manera muy realista. Es un libro de gran potencia porque da voz a estas personas invisibilizadas. Lo mismo con Guillermo Martínez, Sergio Olguín, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez… Cada cual traduce nuestras realidades sociales a su manera.

–Al 25 de mayo, el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora que sí nos ven” llevaba contabilizados 56 femicidios en el país a partir del inicio de la cuarentena. Esta situación horrorosa recrudeció con el encierro.

–Es muy complicado. Ahora mientras hablamos hay miles de mujeres y niños que están encerrados con sus victimarios. El Estado debe atender esto especialmente, tanto como a los pacientes de coronavirus, generar más campañas y recursos de denuncia, y también flexibilizar ciertas cuestiones. Al principio de la cuarentena, una mujer que estaba siendo amenazada por su ex fue a denunciarlo a la comisaría, acompañada de su cuñado… ¡Y el cuñado terminó denunciado por violar el aislamiento! Hay mucho por hacer. Necesitamos cambiar la cabeza.

–Con la marea feminista también viene gestándose un cambio de paradigma interesante en muchos hombres.

–Sí, y hay gestos que valen. Estos días vi un tuit del Ministro de Desarrollo, Daniel Arroyo, que me pareció potente porque decía que las tareas del hogar nos corresponden a todos y se mostraba a hombres lavando los platos, cambiando los pañales, barriendo. Es muy valioso que hombres con poder, y desde un gobierno, envíen estos mensajes a una sociedad como la nuestra, donde las mujeres seguimos teniendo asignadas tareas gratuitas de asistencia a los demás. Deberían multiplicarse.

–Poco antes del aislamiento social obligatorio había comenzando a rodarse El reino, la serie para Netflix que escribiste junto a Marcelo Piñeyro. ¿Habrá un giro en la trama por la pandemia? ¿Hay que recalcular?

–Con la primera temporada no hay problemas porque ya está cerrada y además transcurre en el año anterior a la pandemia.

Pero con Marcelo ya estamos fantaseando con una segunda temporada, a estrenarse en 2022, que sí debería aludir a todo esto. ¿Cómo van a volver los personajes después del Covid? ¿Se usará todavía barbijo? Es dificilísimo de imaginar con la pregunta anterior sin responder… No sabemos cómo será el día de mañana, muchos menos la continuidad de este mundo que recién estamos conociendo.

Foto: Alejandra López

Escrito por
Ximena Pascutti
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