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OTRO MODO DE HABITAR EL MUNDO

Uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos, el escritor y psicoanalista reflexiona sobre las formas en que la pandemia afecta a la humanidad. La posible emergencia de una nueva subjetividad, la reconfiguración de los miedos y el orden social en cuestión.

La pandemia de coronavirus hizo estallar por los aires el orden de cosas, en la vida cotidiana de las personas, en nuestra vida en sociedad y también globalmente, en el cierre de fronteras y otras medidas concretas que parecen plantear un límite a la globalización. Las medidas de distanciamiento social adoptadas, con mayor o menor rigor, por los gobiernos llevan a reflexionar sobre lo que cada vez más se impone como un hecho: cuando todo esto pase, porque también esto pasará, ya nada será como antes. Habrán cambiado acaso el trabajo y las relaciones laborales, la educación y la pedagogía, el comercio, las relaciones internacionales, los conflictos entre países. Si hasta ahora la división analógicodigital era aplicable al mundo, le cabrá entonces, más ajustadamente, la de prepandémico-pospandémico. En este contexto, los vínculos, la subjetividad y nuestra manera de ser y de estar en el mundo también se habrán modificado.

Al respecto, el escritor y psicoanalista Jorge Alemán se prestó a este breve pero enriquecedor diálogo con Caras y Caretas.

–¿Cómo impactan estos cambios en la subjetividad? Entre las cosas que la pandemia habrá cambiado para siempre, ¿podemos pensar en la emergencia de un nuevo sujeto?

–Es evidente que ha surgido un límite a la globalización neoliberal. El neoliberalismo, con su régimen de competencia entre naciones, regiones, etcétera, no está en condiciones para asumir hasta las últimas consecuencias una planificación para combatir la pandemia sin que la lógica del mercado se entrometa. El desafío es justamente ese: estamos en un tiempo histórico donde de nuevo se debe reconquistar la soberanía popular y a la vez llegar a grandes acuerdos internacionales. Por un lado, Estados de gran autoridad simbólica y, por otro, grandes acuerdos internacionales sobre otro modo de habitar el mundo. Nada garantiza que esto suceda, y nos podemos encontrar con muchas sorpresas al respecto. En cuanto a cómo impacta todo esto en la subjetividad, es demasiado pronto para saberlo. Sin duda, el confinamiento ha supuesto una extrañeza, una perplejidad, un arrancarnos de nuestra cotidianeidad y un enfrentamiento con quiénes somos, con nuestras elecciones y nuestro deseo. Pero todavía tendremos que ver qué nos ocurre con todo eso.

–Algunos autores plantean con entusiasmo que esta situación está mostrando los límites del capitalismo, y que puede ser aprovechada para priorizar otro tipo de Estado, interventor, keynesiano. Sería, dicen los más optimistas, el principio del fin del neoliberalismo. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

–No, sinceramente siempre pienso en la capacidad del capitalismo para rehacerse como un alien. Eso dependerá de la construcción política y la interpretación que se haga de la pandemia, su lectura política. Pero aunque la economía colapse y se destruya todo el aparato productivo, de ello no surge necesariamente un nuevo sujeto político. El engendramiento de un sujeto es una contingencia histórica que surge de cómo se producen y saldan los antagonismos históricos. El capitalismo es una estructura que se reproduce, no se reduce a ser sólo una economía.

–¿Esta experiencia le dará más fuerza a la creencia en el poder de acción de las personas y de las sociedades? ¿O puede llevar a la frustración, la depresión o el nihilismo?

–Una vez más, el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad, como decía Gramsci. Siempre, haya virus o no, hay que apostar por la causa de la emancipación e insistir en que el capitalismo no es el crimen perfecto. No desear esto es como no desear.

–Volviendo al terreno del sujeto, ¿cómo será el proceso de reconstrucción de los vínculos cuando finalice la cuarentena?

–No lo sabemos, muchos piensan que volveremos mejores, ojalá sea así. Hace tiempo que los vínculos sociales vienen erosionándose, y siempre se espera de una experiencia límite y peligrosa algo salvífico. Eso tiene toda una tradición.

–¿Se convertirá el otro en una amenaza? ¿Cómo influye esto en nuestro repertorio de miedos?

–Tarde o temprano, en el “todos” de la pandemia se introducirá la fractura mundial de la desigualdad. Una vez más, en Occidente en particular, el espejismo del Uno se dividirá en Dos y millones de seres humanos que no dispondrán de inscripción alguna pueden ser eventualmente los actores de un nuevo antagonismo social.

–¿De qué modo se trastoca el terrero de las creencias frente al espectáculo cotidiano y global de la muerte masiva? ¿Nos aferramos o nos rebelamos?

–Esto tendrá tiempos distintos, pero no descarto que después de pasado un tiempo de miedo y desconcierto comiencen algunas rebeliones que no sé si tendrán un sujeto político que las oriente. Muchas veces, después de sentir la falta de fundamento que provoca la angustia, comienzan proyectos transformadores.

–Por último, la mayoría de la humanidad sobrevivirá. Pero ¿cuál cree que habrá sido el costo?

–Estoy en Madrid y el costo es muy alto. Ya nada volverá a ser lo mismo en nuestras vidas.

Escrito por
Cecilia Fumagalli
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