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ESTÁ PROHIBIDO VENIR CON ZAPATOS DE BAILE

Severino Di Giovanni fue el exponente más emblemático del anarquismo expropiador. Y el periodista Roberto Arlt escribió la más acertada crónica sobre su fusilamiento.

El presidente Hipólito Yrigoyen fue derrocado el 6 de septiembre de 1930 por el general José Evaristo Uriburu.

Fue el primer golpe de Estado del siglo XX. “Von Pepe” –así le decían al nuevo mandatario por su simpatía hacia Hitler– apuntaló su gestión en un implacable aparato represivo.

Los principales referentes del radicalismo fueron llevados al presidio de Ushuaia, mientras los esbirros del flamante régimen –encabezados desde la Sección de Orden Político de la Policía de la Capital por Leopoldo “Polo” Lugones, el retoño del escritor– no ocultaban su saña hacia anarquistas y comunistas. Los arrestos masivos, junto con la deportación y el fusilamiento tras inenarrables torturas, eran para ellos el pan cotidiano.

Cabe resaltar el entusiasmo casi delirante del ciudadano medio ante el advenimiento de los militares al poder. Una oleada que también arrastró a no pocos intelectuales y artistas. Hasta Alfonsina Storni creyó necesario expresar su beneplácito al respecto, al igual que Carlos Gardel, quien entonces grabó el tango “¡Viva la patria!”, en homenaje a los golpistas.

LANZALLAMAS

Pero Roberto Arlt no fue parte de semejante carnaval. En aquellos días alternaba la escritura de su tercera novela, Los lanzallamas (en realidad, una continuación de Los siete locos), con las Aguafuertes porteñas, que publicaba en el diario El Mundo. Allí además integraba la sección de policiales.

En tal marco mereció su curiosidad –e incluso su admiración– un hecho que le tocó cubrir: el atraco a los pagadores de Obras Sanitarias en los viveros de Palermo. El botín: 286 mil pesos (una fortuna, por entonces). Y no fue un dato menor que todo haya hubiera ocurrido a sólo cincuenta metros de donde una compañía de la policía montada efectuaba un ejercicio de tiro. Ni que la prolijidad del plan se sacudiera a raíz de un alocado tiroteo que culminó con un empleado y dos policías abatidos, además del chofer de los atacantes. Este resultó ser Paco González, un conspicuo ladero de Severino Di Giovanni.

Arlt no tuvo ninguna duda de que este, el exponente más emblemático del anarquismo expropiador, comandó aquella acción. La policía tampoco, pese a que la gavilla se hizo humo.

La crónica del atraco obtuvo la portada de El Mundo en su edición del 3 de octubre de 1930, con la firma del escritor.

Durante la mañana del 2 de diciembre, desafiando la pena de muerte aplicada en forma sumarísima, los anarquistas asaltaron la fábrica de calzados Bauzá, Braceras y Cía. Esta vez el botín fue más modesto: 23 mil pesos. Los investigadores atribuían el asunto a Di Giovanni, aunque Arlt, en su cobertura, publicada al día siguiente del hecho, desestimaba dicha hipótesis. Estaba en lo cierto: el atraco había sido obra del anarquista chileno Tamayo Galván.

No obstante, el grupo de Di Giovanni volvió a desafiar a las autoridades el 20 de enero de 1931, cuando durante la madrugada estallaron dos poderosas bombas en las terminales ferroviarias de Plaza Once y Constitución, además de otra en la estación Maldonado.

La trascendencia pública de esos episodios puso en crisis a la institución policial, al punto de provocar las renuncias del jefe de la policía, el contraalmirante Ricardo Hermelo, y del subjefe, el teniente coronel Alsogaray, dada la falta de resultados en su misión de mantener el orden. A su vez, el sinuoso comisario inspector Polo Lugones conservó el cargo.

LIBROS QUE MATAN

En tanto, Di Giovanni, junto a su amada América Scarfó y el hermano de esta, Paulino –otro cuadro anarcoexpropiador–, se encontraban recluidos en una quinta de Burzaco alquilada con nombres falsos. Allí habían montado una imprenta. Y matizaban la planificación de “acciones directas” contra la dictadura con tareas editoriales. De ahí salían periódicos, volantes y folletos que circulaban en barrios y fábricas de manera clandestina.

Pero Di Giovanni también se había empecinado en editar libros. Y a tal fin tuvo que recurrir a una imprenta céntrica. De modo que durante la tarde del 29 de enero fue allí a corregir las pruebas del tercer tomo de Escritos sociales, de Élisée Reclus. Sería su perdición, ya que la policía mantenía bajo vigilancia todos los establecimientos del ramo.

Exactamente a las 16.15, Arlt atendió una llamada telefónica desde su escritorio del diario. Desde el otro lado de la línea alguien lo puso al tanto del virulento tiroteo ocurrido en la zona del Congreso.

No tardó en llegar allí a bordo de un taxi. El sitio estaba acordonado por la policía. Los uniformados pugnaban por mantener a raya a los curiosos.

En aquel instante vio por primera vez a Di Giovanni, cuando lo subían a una ambulancia. De su pecho manaba sangre.

Luego supo que él mismo se había disparado al verse sin escapatoria. Y también supo que tal escena era el epílogo de una desaforada persecución que se inició al salir de la imprenta situada sobre la avenida Callao, a 20 metros de la esquina con Sarmiento. La huida de Di Giovanni se prolongó por esa calle, luego giró hacia Cangallo hasta llegar casi a la esquina de Ayacucho, donde se metió en un hotel. Allí alcanzó la azotea antes de saltar al tejado de una casa para volver a Sarmiento. Y quedó acorralado. Entonces intentó suicidarse.

En el trayecto quedaron dos víctimas mortales: una niña de cuatro años (malograda por una bala policial) y un agente que trató de interponerse en el trayecto del hombre que huía.

Arlt vio partir la ambulancia en medio de un concierto de sirenas.

El resto de la historia es conocido: tras ser juzgado por una corte militar, Di Giovanni fue condenado a muerte en forma expeditiva.

Scarfó, quien había sido capturado en la quinta de Burzaco el mismo día que su amigo, corrió idéntica suerte.

La ejecución se efectuó el 1 de febrero en un patio de la Penitenciaría Nacional, situada sobre la avenida Las Heras.

Esa madrugada, el asunto congregó a una multitud frente al edificio del penal. Arlt fue uno de los cronistas acreditados para cubrir el fusilamiento.

Y bajo el título “He visto morir”, concibió lo que quizá sea el texto más trágico y bello del periodismo argentino. Un texto que, al describir lo que se podría llamar un “sacrificio estatal”, en realidad nos habla del morbo humano ante la muerte programada por la legislación. Un texto sobre lo que mucho después se conceptualizaría como la “sociedad del espectáculo”.

“Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo”, dice y, refiriéndose al público –entre quienes estaban los que venían de algún cabaret–, remata: “Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: ‘Está prohibido reírse’. ‘Está prohibido venir con zapatos de baile’”.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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