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UN CRIMEN AL PIE DE LA LETRA

Jorge Burgos mató a su amante, que había trabajado como empleada doméstica en la casa de sus padres. El caso fue archiconocido por sus ribetes macabros. Lo que no era tan sabido es que el asesino se inspiró en una novela policial para ejecutar su brutal plan.

Antes de convertirse en estrella del firmamento policíaco como jefe de Robos y Hurtos de la Federal, Evaristo Meneses –siendo aún subcomisario– hizo una breve escala en la Sección Capturas. Reportaba allí durante la madrugada del 17 de marzo de 1955, cuando por orden del titular de Homicidios, comisario Evaristo Urricelqui, quedó de consigna en un departamento de la calle Montes de Oca 280, de Barracas, donde se topó con aquella biblioteca.

Horas antes, uno de sus moradores la había revisado hasta elegir un libro de tapa dura: era la edición inglesa de Murder by Treason, escrita por Amelia Reynolds Long. Y lo guardó en una valija de cuero.

Él pensaba amenizar con dicha novela sus vacaciones en Mar del Plata. Después se despidió de la madre. Ella aún lo llamaba Jorgito, a pesar de que aquel hombre mofletudo y retacón ya tenía 36 años. Luego partió en taxi hacia Constitución para abordar el Marplatense.

La formación salió con puntualidad. Y él, sin poder concentrarse en la lectura. Tal vez entonces haya pensado en la mujer de sus sueños. Pero a sabiendas de que el vínculo con ella se había roto para siempre.

Era el otoño de 1944 cuando Alcira, recién llegada de Salta, le había alquilado una pieza a su madre. Lo cierto es que la flamante inquilina, de 17 años, no demoró en deslumbrarlo; tanto es así que Jorgito empezó a arrastrarle el ala, aun a pesar de que los separaba un océano social. Alcira apenas tenía estudios primarios y trabajaba de empleada doméstica. Su pretendiente, en cambio, poseía un excelente nivel cultural: era perito comercial, dominaba varios idiomas y era corredor en la papelería mayorista del papá. Pero la magia del amor allanó tal disparidad. Al tiempo, la muchacha se mudó, aunque sin dejar de frecuentar a su galán, quien con el correr de los años comenzó a sentir una verdadera obsesión por ella. Era un sentimiento difícil de sobrellevar, al no ser nunca correspondido. Así, en medio de idas y venidas, transcurrió más de una década. Hasta llegar a febrero de 1955. Él se había quedado solo en la ciudad, sus padres estaban de vacaciones en Necochea. Es posible que en ese momento recordara los paseos en el parque Lezama con Alcira. Las tórridas visitas de ella a su dormitorio. Y la discusión de aquella noche; el motivo: una carta de otro hombre que él había descubierto en su cartera. Fue el principio del fin.

Minutos antes de las cuatro, el tren se detuvo en la estación de Dolores. Burgos, con la mirada perdida, sostenía ese libro entre sus manos. Traducido al español, su título era Asesinato por traición.

En ese preciso instante dos autos negros atravesaban a toda velocidad la ruta 2. Iban cargados de policías vestidos de civil. Los encabezaba Urricelqui. Ambos vehículos clavaron los frenos junto a la estación de Dolores, y de las cabinas saltaron sus ocupantes al unísono para correr hacia el andén. Pero sólo vieron alejarse el farol rojo del último vagón.

EL REY DEL CORTE

Para el padre Wenceslao, cura de una parroquia de Hurlingham, ese hallazgo fue como un milagro, pero a la inversa. Ello le ocurrió en una estrecha calle de Loma Hermosa al tropezar con un envoltorio. En su interior había un torso de mujer. Era la mañana del 19 de febrero.

A la semana, en un baldío de la avenida Cruz, en Nueva Pompeya, una nube de moscas bailoteaba sobre un paquete similar. Allí había una pierna.

Horas después, un marinero se topó en el Riachuelo con un canasto que flotaba con un envoltorio idéntico; contenía los brazos y la cabeza. Aquella cabeza no se veía favorecida por la muerte. El labio inferior le colgaba, dejando a la vista los dientes y las encías. La piel estaba carcomida. Los ojos, propulsados hacia fuera. Y ni siquiera se distinguía el color del pelo. Pero en su mueca atroz había una historia que merecía ser descifrada.

Fue lo que pensó Meneses al observar ese acertijo de carne mustia. Para entonces aún se ignoraba su identidad.

La clave sería una cicatriz en el hombro. Provenía de una cirugía poco común llamada osteosíntesis. Sólo había dos médicos que la efectuaban. Uno de ellos iluminó ese aspecto del enigma: la mujer se llamaba Alcira Methyger, era empleada doméstica y tenía 27 años.

Meneses ubicó a una hermana en un hotel de la calle Chacabuco. Ella, en estado de shock, reveló que Alcira coqueteaba con varios hombres. Y que uno de ellos era Jorge Burgos. Su perfil inquietó al policía.

Con ese dato, regresó al Departamento Central.

Meneses sugirió la hipótesis de Burgos.

Urricelqui accedió.

Su patota llegó al departamento de la avenida Montes de Oca minutos antes de la medianoche del 16 de marzo.

Urricelqui se lanzó hacia la pieza de Burgos; pensaba que dormía. Ya se sabe que acababa de partir a Mar del Plata. El comisario resolvió atraparlo en el trayecto. Y puso a Meneses de consigna en ese sitio.

Las horas fueron pasando. Meneses no perdió el tiempo.

Primero revisó la biblioteca del presunto homicida. Allí encontró varios manuales sobre criminología y una colección de novelas de misterio en inglés. Pese a no dominar esa lengua, las hojeó con fruición. Pero nada despertó más su interés que un ejemplar de la revista estadounidense Black Mask en la mesita de luz, cuyo relato principal, “The Flesh” (“La carne”), de Dick Balsrik, giraba en torno a un descuartizamiento.

En tanto, el Marplatense fue interceptado por los hombres de Urricelqui en la estación de Maipú.

Al ser interrogado, Burgos evocó detalladamente la noche del crimen: el descubrimiento de esa carta. La furia de él. Los dientes de ella hincándole un dedo. Y el golpe fatal. El resto de la faena transcurrió en la bañera. Al respecto, supo reconocer que se inspiró en el texto de Balsrik.

El descuartizador de Barracas fue condenado a 21 años de prisión.

Burgos salió de la cárcel en 1966. Volvió al departamento de la avenida Montes de Oca. Así fue cómo vivió hasta su muerte, entre las paredes donde había descuartizado a su amada. Y entre los mismos libros.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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