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DEL ESPLENDOR A LA INCERTIDUMBRE

El diario Crítica llegó a vender 350 mil ejemplares por día: 2,5 veces más que el actual promedio semanal de Clarín. La crisis de un modelo de negocios y el desafío de las nuevas formas informativas.

Tantas veces la mataron, tantas veces se murió y sin embargo sigue resucitando. La prensa escrita en el país tiene casi la misma historia de la Argentina. Desde La Gazeta de Buenos Ayres en 1810 hasta hoy, los vaivenes de nuestra nación pueden seguirse a través de sus diarios. Allí están los hechos y sus interpretaciones, sus mitos y discusiones. Incluso el anuncio de su defunción y la contrastación fáctica de su vigencia. El periodismo no está en crisis, sino el modelo de negocio tradicional. La prensa escrita no corre riesgo, sino el soporte que hasta ahora durante más tiempo la albergó. Aquí, un breve repaso de ese camino y algunas pistas de lo que viene. Porque, parafraseando a María Elena Walsh, a la prensa escrita alguien siempre la rescatará para seguir contando.

El primer número de La Gazeta de Buenos Ayres se publicó el 7 de junio de 1810. Y aunque no se trate del inicio de un nuevo oficio, desde 1938 se celebra el Día del Periodista en esa fecha. En los más de 200 años que transcurrieron desde entonces, el periodismo gráfico vivió su apogeo y su ocaso.

Siguiendo un relevamiento de Martín Becerra, doctor en Ciencias de la Información, en 1895 en la Argentina vivían cuatro millones de personas y se registraba la edición de 345 periódicos en diferentes idiomas. En 2008, con casi diez veces más habitantes, se editaba casi la mitad de periódicos: 182. En 1930, el diario Crítica, de Natalio Botana, llegó a vender un promedio de 350 mil ejemplares por día, una cifra que es 2,5 veces superior al promedio semanal actual de Clarín. Los datos son los últimos disponibles en el Instituto Verificador de Circulaciones (IVC). Pero si se consultara al CEO del “gran diario argentino”, seguro elegiría otra cifra para comparar.

En 2013, el IVC comenzó a incluir en su medición las “ediciones digitales”. En el caso de Clarín, eso representa unos 84 mil “diarios” más, el equivalente a subir un 37,5 por ciento en su circulación y el argumento ideal para cobrar más cara una publicidad. Claro que es difícil de saber si ese número son lectores reales de la edición digital, personas que pagan para acceder ocasionalmente a la web (que admite una cantidad limitada de visitas gratuitas) o consumidores de otro servicio que provee el Grupo en rubros no periodísticos que reciben como “beneficio” el acceso digital.

OPACIDAD EMPRESARIAL

En este punto es importante aclarar las dificultades que hay para analizar el comportamiento de los medios. Por un lado, por la opacidad con la que se mueven las empresas informativas; por otro, por la dificultad para medir el alcance por fuera de la órbita digital. El único ente que mide circulación de diarios es el IVC, que releva la venta de los ejemplares de sus asociados pero no permite conocer el mercado gráfico completo. Según el comportamiento de ventas semanales promedio de los principales diarios relevados por el IVC desde 1958 en los períodos en que estuvieron asociados, atravesamos el punto más bajo para la industria. A lo largo de la historia, algunos factores han sido determinantes: el aumento o la caída del PBI, la situación política, la inversión estatal y la penetración de internet.

El caso de Clarín refleja estas variables. Hasta entrado el siglo XXI, sus picos coinciden con los períodos expansivos y retracciones de consumo. Luego, su descenso de los últimos lustros puede explicarse por su abierta polarización política (resumida como “periodismo de guerra” por quien fuera su editor jefe, Julio Blanck) y por los cambios en los consumos informativos.

La Encuesta Nacional de Consumos Culturales publicada en 2019 por la entonces Secretaría de Cultura de la Nación muestra que entre 2013 y 2017 la población que decía leer diarios impresos bajó de 73 a 57 por ciento, y que una de cada tres personas no lee diarios en absoluto. El principal motivo: “Falta de interés”.

Ese dato coincide con otro más preocupante relevado por el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo. Esta organización asociada a la Universidad de Oxford incluyó a la Argentina en su Informe de noticias digitales de 2019 y midió a la gente que dice activamente evitar las noticias (“news avoidance”). Entre los dos mil entrevistados nacionales, un 45 por ciento dijo haberlo hecho. Ese es el quinto número más alto entre los 40 países analizados en seis continentes. Un análisis de los motivos por los cuales la prensa tradicional está en caída no puede obviar una mirada crítica sobre la producción informativa.

ESTRUCTURA CONCENTRADA

Esa producción, en su mayoría, parte de una estructura concentrada. Como relevó el Monitoreo de la Concentración de Medios realizado por Tiempo Argentino y Reporteros sin Fronteras, sólo entre cuatro conglomerados acaparan el 74 por ciento de los diarios impresos, alcanzan el 56,7 de la audiencia en TV abierta y el 53 en radio en todo el país. Además, sólo uno de ellos (Clarín) provee el 42 por ciento de la telefonía fija, el de la telefonía móvil, el 56 de las conexiones a internet por banda ancha fija y el 40 de las bocas de TV paga.

Distintos gobiernos habilitaron el marco jurídico que permitió esa concentración, pero también intervinieron inversión publicitaria que garantizó la rentabilidad de algunas empresas incidiendo sobre su línea editorial. En el análisis sobre los numerosos cierres de medios y los despidos de hasta 4.000 periodistas en los últimos cuatro años, es necesario incluir la reducción de hasta un 60 por ciento en pesos constantes de la pauta estatal nacional, como relevaron Agustín Espada y Santiago Marino para Letra P. Hacía rato que los diarios confiaban más en la publicidad que en las ventas, pero no previeron que cuando el Estado redujera su participación (o modificara a los beneficiarios) ya no encontrarían cómo suplantarla. Los medios estuvieron más preocupados por la rentabilidad que por la información y divorciaron su producción del interés de sus lectores.

El caso de Tiempo Argentino sirve como ejemplo. Cuando Sergio Szpolski y Matías Garfunkel supusieron que no podrían garantizar sus ingresos con pauta, procedieron a vaciar el medio. Pero sus trabajadores lo reabrieron como cooperativa y en su primera edición vendieron diez veces más que los 3.000 ejemplares de la última impresión privada. Hoy, Tiempo es un diario nuevo surgido en tierra arrasada con un modelo híbrido que combina ediciones digitales en la semana con una en papel los domingos (el día de mayor venta). El 60 por ciento de sus ingresos proviene de los lectores, que no sólo compran el diario sino que se hacen socios para ayudar a financiar una iniciativa transparente centrada en el interés público. Porque el periodismo gráfico puede entrar en una nueva etapa, pero siempre renacerá para seguir contando.

Escrito por
Javier Borelli
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