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“TERRITORIOS EN EBULLICIÓN”

Los intentos de Napoleón por dominar Europa favorecieron los sueños independentistas de las colonias españolas. En esos tiempos, se gestó y se defendió la Revolución de Mayo.

Entre 1800 y 1820 el contexto político internacional dio un giro decisivo. En los inicios del período, la expansión napoleónica estaba en pleno auge, provocando profundos cambios en el contexto europeo. Varias monarquías y principados cambiaron de manos, en beneficio de parientes o de actores que contaban con el favor de Napoleón. Europa se asemejaba a una coctelera, con Estados que sufrían redefiniciones territoriales, cambios en sus autoridades o que, directamente, eran borrados del mapa.

Las consecuencias de este arrebatador proceso excedieron largamente al continente europeo, ya que varias de sus naciones eran importantes imperios coloniales que extendían sus dominios a lo largo del planeta. La centralidad de la guerra europea obligó a la mayoría a descuidar esos dominios, permitiendo así dar rienda suelta a los sentimientos independentistas que afloraban en la mayoría de ellos. Cuando la deposición de los reyes y príncipes propiciada por el  Imperio  Napoleónico se concretaba, a menudo se ponían en cuestión los pactos coloniales respectivos, que asociaban la fidelidad de los pueblos a una dinastía determinada. “¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América? –se preguntaba Monteagudo en 1808–. Las Indias son un dominio personal del rey de España; el rey está impedido de reinar; luego las Indias deben gobernarse a sí mismas”.

LAS ANDANZAS DE NAPOLEÓN

Pese a su supremacía en la confrontación terrestre, el mundo ultramarino le quedó definitivamente negado a Napoleón en 1805, cuando el almirante Nelson hizo añicos a la flota franco-española. Como represalia, impuso un bloqueo económico al comercio inglés en el continente europeo, que tuvo un efecto inverso al buscado, ya que liberó los mares para los británicos y propició el contrabando. En los dos años siguientes, los ingleses intentaron sin éxito apoderarse del Río de la Plata. Los criollos tomaron conciencia allí de que los sentimientos independentistas no eran una utopía.

En 1807 Napoleón tomó Lisboa y la monarquía portuguesa huyó al Brasil. En 1808 depuso al rey Alfonso XII de España, para reemplazarlo por su hermano Luis Bonaparte. España era uno de los grandes centros de contrabando británico, que controlaba el puerto de Cádiz y el paso estratégico de Gibraltar. La rebelión antifrancesa estalló inmediatamente, organizada por Juntas de Gobierno que, además, mantuvieron los lazos políticos con el mundo colonial.

Los británicos, encantados con las políticas de Napoleón, explotaban el comercio internacional sin competencia y aceleraban su Revolución Industrial. Si bien lideraban la lucha contra Napoleón, les resultaba conveniente que Europa no pudiera resolver su propio laberinto. Por esto enviaban armas, dinero y tropas a los españoles, y hasta obtuvieron algunas victorias militares importantes en 1808 que obligaron a intervenir personalmente a Napoleón.

Mientras tanto, el frente oriental europeo le estallaba. Austríacos y rusos obligaron a que Napoleón abandonara España en 1809. Finalmente, tomó la decisión de invadir Rusia en 1812. Fue su peor decisión estratégica. Si bien conquistó Moscú, sólo se encontró con una ciudad abandonada, sin alimentos para abastecer a sus tropas, agobiadas por el frío y los ataques relámpago de guerrillas.

INDEPENDENCIA AMERICANA Y DESPUÉS

En el Río de la Plata, la deposición de los Borbones españoles había favorecido el incremento del contrabando entre porteños, portugueses e ingleses, ante la vista gorda que hacían los virreyes designados por las Juntas Españolas. Pero la caída de la última Junta que subsistía en España planteó un problema de legitimidad del lazo colonial. El Cabildo Abierto del 25 de mayo de 1810 dispuso la creación de un gobierno propio, aunque se evitó sancionar la independencia. Todo el mundo colonial español estalló por entonces, aunque con suerte diversa, ya que privilegios de las clases propietarias estaban asociados a la continuidad del vínculo colonial.

Los criollos americanos jugaban el juego de la independencia con un ojo puesto en Europa. La continuidad de la gesta napoleónica favorecía las emancipaciones americanas, pero las señales eran muy preocupantes. En Buenos Aires, la Asamblea del Año XIII terminó naufragando luego de un inicio auspicioso. Tras la derrota de Napoleón en Leipzig en 1813 las tropas francesas evacuaron España. El 11 de abril de 1814 Napoleón abdicó, amenazado por todos los flancos.

 

Sus vencedores se reunieron en el Congreso de Viena para recomponer las fronteras europeas, reponer a las monarquías desplazadas y resolver controversias sobre sus dominios. La ofensiva de potencias europeas para recuperar sus colonias era inminente. Algunos proponían convertir al Río de la Plata en protectorado británico, aunque se optó por enviar a Europa a Sarratea, Belgrano y Rivadavia, con instrucciones de garantizar la “independencia política de este continente, o a lo menos la libertad civil de estas Provincias”, negociando una monarquía constitucional con Fernando VII o con otro príncipe o princesa europeo o estadounidense, sin descartarse la opción republicana.

El 20 de marzo de 1815 Napoleón recuperó el control de Francia. Fue una ilusión de cien días que terminó en Waterloo.  Los tiempos apremiaban. El 29 de junio de 1815, las provincias del Litoral proclamaron la Independencia en el Congreso de los Pueblos Libres. Un año después, el Congreso de Tucumán, que incluyó al resto de las provincias del Río de la Plata, sancionó la Independencia de España y de toda dominación extranjera, tras escuchar atentamente el informe de la situación que aportó un Belgrano que retornó de Europa sobre la fecha de inicio.

Si bien las pretensiones españolas continuaron, las acciones lideradas por José de San Martín y por Simón Bolívar cerrarían el ciclo de las independencias unos años más tarde. Pero la América emancipada continuaría atravesada por las guerras civiles durante muchísimo tiempo. En el plano internacional, Inglaterra se llevó la parte del león de la derrota de Napoleón, con manos libres para profundizar su Revolución Industrial y explotar la supremacía que ejercía en el comercio internacional. Y así, mientras Europa continuaba con sus disputas tradicionales y su reordenamiento político, los Estados Unidos comenzaban a aparecer en el horizonte como el gigante en formación dispuesto a extender sus dominios sobre el resto del continente y más allá de sus mares. En 1823 la Doctrina Monroe –“América para los americanos”– dejó en claro estas pretensiones.

Escrito por
Alberto Lettieri
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