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OBRAS PARA TODOS

Con propuestas de calidad, los teatros del Estado tienen el desafío de orientar sus políticas hacia la democratización y el acceso a públicos que de otro modo no podrían o no se interesarían por entrar en una sala.

Por Leni Gonzalez. Buenos Aires, ciudad teatral: no es un eslogan de funcionarios de Cultura sino una realidad basada en el potente circuito alternativo, más nutrido que el off Broadway. En ese contexto de actividad, donde el teatro convoca y mantiene a sus amantes fieles pero no consigue (o sólo de vez en cuando) romper los límites endogámicos y seducir más públicos, ¿cuál es el rol del teatro estatal?

En CABA, el circuito oficial está integrado por el Teatro Nacional Argentino-Teatro Cervantes (TNA-TC), dependiente de la Secretaría de Cultura de la Nación, nuestro único teatro nacional. Y, también, por los pertenecientes al Gobierno de la Ciudad: el Complejo Teatral de Buenos Aires (CTBA), formado por el Teatro San Martín, el Regio, el Sarmiento, De la Ribera y el Alvear, cerrado desde mayo de 2014 y a la espera de prometidas refacciones para este año.

Con casi cien años, el Teatro Cervantes se inauguró en septiembre de 1921 gracias al impulso de una popular pareja española, la actriz María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. Artistas y no empresarios, las deudas los taparon por lo que, antes del crac, fue estatizado durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear. Creado el Teatro Nacional de la Comedia, su primer director, desde 1935 hasta 1941, fue Antonio Cunill Cabanellas, quien marcó características fundacionales: excelencia artística con la creación de talleres propios y apoyo a jóvenes autores argentinos. Las giras por todo el país, la mirada federal, visitas de compañías internacionales y el montaje de clásicos de la dramaturgia universal amalgamaron un estilo. Vaivenes políticos de por medio, a fines de los 90 el teatro fue declarado autárquico, es decir, con una mayor independencia para administrar sus recursos. Si bien el Teatro Municipal se inauguró en 1944, fue 16 años más tarde que se trasladó a su actual edificio y con el nombre Teatro Municipal General San Martín. En el corazón de la calle Corrientes, tiene tres salas (Martín Coronado, Casacuberta y Cunill Cabanellas) y varios salones de exposición, el cine Leopoldo Lugones, talleres y depósitos para la producción artística. En tres períodos distintos, entre 1971 y 2010, el director fue Kive Staiff, responsable del peso cultural emblemático que alcanzó este teatro para los porteños. “El” San Martín fue refugio, renovación, modernidad, brillo actoral, prestigio internacional y popularidad de puertas abiertas. A fines de 2000, durante la jefatura de Gobierno de Aníbal Ibarra, los cinco teatros de la ciudad fueron reunidos en el CTBA. Cada uno de ellos tiene un perfil estético propio, diferencias y potencialidades que Jorge Telerman, director del Complejo, intenta explorar junto con las directoras artísticas de los cuatro (por ahora, tres) teatros que lo integran: Eva Halac, del Regio; Vivi Tellas, del Sarmiento, y Diana Theocharidis, del De la Ribera.

DÓNDE SE PARA EL CERVANTES

Cada nueva gestión cultural se pregunta por el rumbo del teatro nacional. Para Alejandro Tantanian, desde 2016 el director general y artístico del TNA-TC, el eje principal debe estar en la toma de riesgos, lejos de la tranquilidad de los museos. “Pensar los clásicos del futuro anclados en la contemporaneidad”, dijo el funcionario y dramaturgo, que abrió las puertas a autores y directores jóvenes o no tanto, pero que no habían montado nunca una obra en Córdoba y Libertad, como Copi, Rafael Spregelburd o Susana Torres Molina. Importantes puestas a precios mucho menores que los del teatro comercial y con una gran producción impensable en el off.

Teatro público, entonces, lugar donde pueden realizarse obras que en salas privadas sería imposible, donde la rentabilidad empresarial no se descarta pero no es obligatoria, donde la entrada es potable al bolsillo medio. Sin embargo, ¿quiénes ocupan las butacas? ¿Hay una efectiva ampliación de los públicos? “Reflexionar sobre el teatro público implica pensar en el sentido dado a la cultura pública desde la constitución de la nación y la modernidad occidental, es decir, aquello que es abierto, accesible, visible, democratizable y para todos”, dice Mónica Lacarrieu, directora de la flamante maestría en Cultura Pública de la Universidad Nacional de las Artes. Sin embargo, la especialista considera que esa visión naturalizada de lo público no deja de ser restrictiva: “En general, los teatros públicos se enfocaron en contenidos asociados a valores de trascendencia de la cultura (obras de mayor capital intelectual), realizables por actores considerados de ‘mayor prestigio’, por ende, con producciones dirigidas a un sector social específico y acotado. Esta visión ha tendido a separar la cultura de excelencia de la cultura ‘comercial’ o de entretenimiento, quedando para el Estado el primer concepto. Es una perspectiva aún presente en el campo aspiracional de quienes dirigen los teatros públicos, de los artistas que asumen un compromiso con el teatro público y hasta de quienes se deciden como espectadores por una obra de teatro público”.

No obstante, hay señales que van en el sentido que marca Lacarrieu. La accesibilidad cultural y la preocupación por la diversidad forman parte de la pionera área de Gestión de Públicos del TNATC, a cargo de Sonia Jaroslavsky, también promotora del programa Formación de Espectadores para el Ministerio de Educación de la ciudad. El teatro brinda funciones con recursos accesibles para personas ciegas y sordas (audiodescripción introductoria, visita táctil, aro magnético, perros guía bienvenidos, lengua de señas con intérpretes en escena, programa de mano con QR Braille). También hay descuentos importantes para grupos (colectivos de mujeres, sindicatos, comunidad LGBTIQ, comedores y otras instituciones), y el área Educación desarrolla actividades para acercar a niños y jóvenes a las artes escénicas. Y para estudiantes terciarios y universitarios, el programa anual Jóvenes periodistas. Estas iniciativas intentan romper ese límite invisible que separa a muchas personas del teatro. Aunque la entrada sea barata o gratis, no cruzan la puerta porque no saben que pueden. Un teatro público también crea públicos, un capital que no se pierde nunca.

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