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¡MÚSICA, MAESTRO!

El teatro musical en la Argentina es mucho más que un puñado de obras de Broadway, adaptadas al mundo local. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX y su consagración a la década de 1930.

Por Pablo Gorlero. Todos los años se habla del “boom del musical”. Un cliché del periodismo y los medios cuando la escena porteña tiene en cartel un importante puñado de musicales tanto de origen nacional como extranjero. La manía de negar a este género que alguna vez supo ser bien criollo y nada yanqui tiene larga data. Pero recordemos, como muestra, que en la década del 30 se estrenaban entre veinte y cuarenta musicales importantes por año. En pleno 2019, con una crisis que arrasa con los bolsillos de la gente y anula en muchos la posibilidad de ir al teatro, la escena comercial, oficial y semiindependiente tendrá en cartel una triada de clásicos, como Cabaret, Hair y A Chorus Line; una interesante muestra del nuevo musical de Broadway, como Una vez en la vida (Once) y Camarera (Waitress); títulos de la escena local, como La dama de las rosas (el estreno anual de Pepe Cibrián), Viva la vida y La desgracia, y una curiosidad de origen español, como La llamada.
El origen del género en la Argentina se remonta a fines del siglo XIX, cuando las zarzuelas criollas que parodiaban la actualidad social y política del momento causaban furor en el público. Luego el sainete lírico introdujo los primeros textos que se nutrían de canciones (en su mayoría tangos). Pero en 1926 los diarios de la época anunciaban el estreno de “la primera comedia musical”. Era Judía, de Ivo Pelay, en el teatro Porteño, con Iris Marga y Carmen Lamas al frente del numeroso elenco.
Hasta ese entonces el término nunca se había acuñado en la Argentina, por eso, podría afirmarse que fue el comienzo de la comedia musical como género establecido que unía argumento a canciones y bailes.

EL ESPLENDOR

La época de oro de la comedia musical argentina podría enmarcarse entre 1932 y 1960 porque es el período en que el género forja una identidad propia con espectáculos de temática o interés local en el marco de producciones importantes.
Las grandes comedias musicales de la época eran las de Francisco Canaro e Ivo Pelay. Además de los textos de corte popular, con componentes cómicos, románticos y emotivos, y de la excelente partitura de Canaro, contaban con espectaculares escenografías corpóreas, orquestas de no menos de treinta integrantes, elencos numerosos y vestuario. Todo comenzó con La muchachada del Centro (1932), que marcó un hito en su tiempo: novecientas representaciones consecutivas en cartel, en El Nacional, durante dos años. Pero se mantuvo una temporada más en el teatro Sarmiento. A partir de entonces, la dupla estrenó diez obras en el período más álgido del género en Buenos Aires (entre las décadas del 30 y del 50): La canción de los barrios (1934), Rascacielos (1935), Mal de amores (1937), El muchacho de la orquesta (1939), La historia del tango (1941), Sentimiento gaucho (1942), Buenos Aires de ayer y de hoy (1943), Dos corazones (1944), El tango en París (1945) y la exitosísima Tangolandia (1957). En esas obras se estrenaron tangos hoy famosos, como “La muchachada del Centro”, “Los amores con las crisis”, “Se dice de mí” o “Adiós, Pampa mía”, entre tantos otros.
A su vez, Enrique Santos Discépolo fue una figura vital en el desarrollo del género. A partir de Caramelos surtidos (1931), donde estrenó el tango “¿Qué sapa, señor?”, en sociedad con su hermano Armando, relocalizaron en Buenos Aires famosas operetas europeas, produjeron y dirigieron un drama histórico rimbombante como La Perichona (1933) y un drama existencialista ambientado en un cabaret como Wunder Bar (1933 y 1947).
Otra dupla trascendente de la época fue la integrada por Sixto Pondal Ríos y Carlos A. Olivari, reconocidos periodistas del diario Noticias Gráficas, en el que escribían dos columnas muy populares. Conocían muy bien el desarrollo que vivía el género en el hemisferio norte y readaptaron aquel estilo a la escena nacional. Sus principales títulos fueron Si Eva se hubiese vestido (1944), Luna de miel para tres (1947), El otro yo de Marcela (1948), Así se ama en Sudamérica (1950) y Cuando las mujeres dicen sí (1953).
Mucho más adelante llegaría esa joya que concibieron Horacio Ferrer y Ástor Piazzolla y que dio la vuelta al mundo: María de Buenos Aires (1968), que fue vista más veces en otros países que en la Argentina.
La primera comedia musical de Broadway que arribó a la Argentina fue Simple y maravilloso (1957) y fue el punto de partida para el furor por títulos como Mi bella dama, Hello, Dolly!, El hombre de La Mancha, El novio, Los fantásticos, Can Can, Kiss Me Kate o El violinista en el tejado. A partir de 1961, hasta comienzos de la década siguiente, se estrenaron en Buenos Aires 33 comedias musicales extranjeras.
Alejandro Romay fue uno de los productores más prolíficos y sufridos. Con Hair (1971) sufrió que diariamente integrantes de su elenco fueran presos por tener el pelo largo, y con Jesucristo Superstar (1973) perdió un teatro. El día previo al estreno un comando de siete hombres armados irrumpió inesperadamente en el Teatro Argentino y, desde el pullman, arrojaron 25 bombas molotov que no dejaron nada en pie.

 

LOS FUNDAMENTALES

Por su parte, Pepe Cibrián Campoy dejó una huella huella en el género con el estreno de Aquí no podemos hacerlo (1978), que hablaba de las vicisitudes de un grupo de artistas para llevar a cabo un espectáculo. Fue un trabajo que reunía a nombres importantes, como Ana Itelman, Luis María Serra, Ricky Pashkus, Sandra Mihanovich y Ana María Cores, entre muchos más. Sus socios musicales fueron alternadamente Luis María Serra, Martín Bianchedi y Ángel Mahler. Con Calígula (1983) realizó su mejor alegoría sobre la dictadura militar, y con Drácula (1991) hizo comenzar una nueva era del género. Fue el inicio de un boom que generó miles de fanáticos y de escuelas de teatro musical que hoy ya dan sus frutos.
Otros nombres con impronta sellada a fuego fueron Hugo Midón y Carlos Gianni, con sus obras para chicos y grandes; la dupla Manuel González Gil-Martín Bianchedi (El loco de Asís, Los mosqueteros) o ese trabajo impecable que realizaron Nacha Guevara, Alberto Favero y Pedro Orgambide con Eva, el gran musical argentino (1986-2007) con bandera de lucha contra la apócrifa y vergonzante Evita de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice.
Pero lo mejor que está pasando es que los creativos son cada vez más y tienen su semillero en el off porteño. El fenómeno La parka (de Diego Corán Oria y Jorge Soldera) no tiene precedentes y basta recordar la temporada 2014, en la que las únicas obras comerciales de la calle Corrientes de autor nacional eran musicales: Manzi, la vida en orsai, Camila, nuestra historia de amor, Tango feroz y El jorobado de París. Se podría sumar también a esa maravilla dramatúrgica que fue Los monstruos (Emiliano Dionisi y Martín Rodríguez).
Un consejo para los detractores del género: encontrar un buen título, dejar la incredulidad en la calle y proponerse una convención que puede ser el comienzo de una nueva pasión: entender que cuando el nivel emocional del personaje es tan alto no le alcanzan las palabras y necesita expresarse a través de la música. Como en la cancha, como en la marcha política.

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