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LATINOAMÉRICA PROLÍFICA

El fenómeno de las series encuentra expresiones locales al calor de una industria que tiene en cuenta no sólo segmentos etarios e historial de consumos, sino también los gustos regionales. Desde y para América latina, hay una oferta variada y de calidad.

Por Marcelo Pavazza. Cuando hace quince años HBO comenzó a producir series en Latinoamérica, un mundo nuevo se abrió: el de las ficciones locales filmadas en escenarios reconocibles para los espectadores, habladas en su mismo idioma y realizadas con un alto nivel de producción. Hoy, cuando cualquier televidente suma entre sus preferidas alguna serie latinoamericana –incluidos aquellos que consumen mayormente ficciones anglosajonas o europeas, como La casa de papel o Peaky Blinders, favoritas de 2018–, parecería que sólo bastó un poco de audacia para llevar a cabo la iniciativa; pero en el comienzo, cuando no existían Netflix ni las empresas de video on demand (y acaso ni siquiera la idea de que fueran posibles), hacerlo fue toda una apuesta de la cadena de cable estadounidense, que comenzó sus operaciones regionales en 1993. En los quince años que lleva en Latinoamérica, HBO produjo más de 750 horas de contenidos. El puntapié inicial lo dio la argentina Epitafios, en 2004. Pero en realidad, con aquella ficción coproducida junto con Pol-ka y protagonizada por Julio Chávez y Antonio Birabent, HBO no sólo estaba abriéndose a nuevos mercados sino también dando el paso más allá que le exigía el haberse convertido, con el estreno de Los Soprano, en 1999, en la reina del drama para adultos. Un terreno en el que venía pisando fuerte hacía tiempo y que fue finalmente punto de partida para la hoy llamada “tercera era dorada de las series”. El consumo globalizado, institucionalizado desde principios de siglo, hizo el resto.

A lo largo de una década y media han sido innumerables sus producciones en esta parte del mundo: la chilena Prófugos y las brasileñas Preamar, Alice, Magnífica 70, Psi, El negocio, Mandrake e Hijos del Carnaval, así como las mexicanas Capadocia, Dios Inc. o Sr. Ávila. La Argentina sumó a Epitafios excelentes productos, como El hipnotizador y El jardín de bronce, cuya continuación está pautada para 2019. Y la lista de series –y países involucrados– sigue. En una entrevista reciente con el diario Perfil, el actual vicepresidente corporativo de producciones originales de HBO Latin America, Roberto Ríos, se refirió a los temas que la cadena elige: “Tratamos todos, muchas veces complicados con personajes complejos que permiten crear elementos narrativos contundentes. Así como Los Soprano fue un éxito en los Estados Unidos, buscamos esa originalidad. Desde el fútbol hasta el crimen, nuestra variedad de temas es infinita”.

AQUÍ ESTOY YO

En 2015 entró a disputarle el trono el gigante del streaming, Netflix, con la mexicana Club de Cuervos y la temporada inicial de Narcos. Tres años después, para 2018, las producciones de la plataforma VOD en la región ya se habían multiplicado por cinco. “Expandir nuestro contenido a distintos géneros nos permite diversificar la oferta y brindar más opciones a los miembros a través de nuestra plataforma, que traspasa fronteras y sigue evolucionando”, dijo en 2017 Reed Hastings, CEO de la empresa que hoy tiene cerca de 140 millones de suscriptores en todo el mundo y con su modalidad de emisión cambió la forma de ver series al ofrecer temporadas completas, propiciando una forma de consumo hasta el momento sólo supeditada a otros formatos o soportes: el maratón. Este año, el indiscutible hit de Netflix fue la biopic Luis Miguel, la serie, cuyos trece capítulos se emitieron semanalmente entre abril y julio. La mezcla de morbo por saber detalles de la celosa vida privada del cantante mexicano, el reguero de tópicos propios del culebrón que diseminó (esa disputa entre héroe y villano librada entre el protagonista y su padre, el pérfido Luisito Rey) y la irresistible banda de sonido fueron las claves del éxito. En ese mismo sentido, La casa de las flores, estrenada a principios de agosto, también apeló a códigos ficcionales conocidos –con la superestrella Verónica Castro como atractivo principal– para ponerlos al servicio de un novelón familiar bien condimentado (amores prohibidos, disputas de poder, infidelidad, traiciones) y abrillantado con toques decididamente camp y una mirada irónica sobre el propio género. He ahí dos ejemplos de la diversidad (análoga a la de HBO) que guió a Netflix al decidir sus contenidos originales en Latinoamérica, que si en su primera ficción argentina optó por el thriller con contenido social (la fallida Edha), tampoco escapó a un tema álgido como la política (Ingobernable, con Kate del Castillo en el papel de la esposa del presidente de México, o la brasileña El mecanismo, donde se ficcionalizó la trama oculta detrás de la Operación Lava Jato). Para 2019, Netflix prepara al menos seis nuevos títulos originales producidos en Colombia, después de haber estrenado en octubre pasado su primera producción cien por ciento colombiana, Distrito salvaje. Imparable.

CONEXIÓN COLOMBIA-ARGENTINA

Y a propósito del país cafetero, en enero se cumplirá un lustro de la llegada a la pantalla de Canal 9 de Escobar, el patrón del mal. Una emisora de aire argentina ponía en horario central y casi sin anunciarlo una de las producciones más costosas de la televisión colombiana de los últimos tiempos (se emitió en su país de origen entre 2009 y 2012) y la jugada le salía bien. Mérito de la atrapante historia de vida de Pablo Escobar Gaviria, el poderoso y temible narcotraficante, contada sin remilgos y con lujo de detalles, y de la memorable interpretación de Andrés Parra, a quien no le funcionó tan bien la sintonía cuando abordó a Hugo Chávez en El comandante (2017). En todo caso, El patrón… puso en el radar de los seriéfilos argentinos un país hasta ese momento desconocido como productor. Netflix subsana hoy aquella falta de información sosteniendo en la grilla muchísimas series colombianas, desde La reina del sur hasta Sin senos no hay paraíso, pasando por Nicky Jam, el ganador, El Chapo o Sobreviviendo a Escobar. Así como Colombia encontró en su pasado la fuente de muchas de sus ficciones (sobre todo el pasado violento, signado por el narcotráfico), una mirada hacia adentro también operó como búsqueda temática de muchas de las series argentinas de la última década. Son buenos ejemplos El marginal (dos temporadas, disponible en Netflix), cuyo duro retrato del mundo carcelario le debe mucho a la pionera Tumberos (2002), o Un gallo para Esculapio(primera y segunda temporadas disponibles en Cablevisión Flow), que con su realismo sucio parece desarrollarse en los mismos mundos creados en Okupas por Bruno Stagnaro, realizador de los dos programas. La productora de ambas, Underground, también buceó en el pasado argentino con la genial Historia de un clan (2015), versión en clave pop de los crímenes de la familia Puccio que se vio por Telefe, al igual que la biográfica y exitosa Sandro de América, que contó la vida del popular Gitano y abrió camino para tres biopics que se vienen, también dedicadas a personajes argentinos icónicos: Susana Giménez, Carlos Monzón y Gilda. Pero eso será en 2019. Porque la historia siempre continúa.

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