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Una profesión honorable e inofensiva

La poesía escrita por mujeres registra un momento de auge cuyo origen puede situarse en la década de 1980. Hasta entonces, la escena estaba dominada por las voces masculinas que tenían, y en buena medida siguen teniendo, predominio en jurados, premios y otros espacios institucionales.

Por María Malusardi. Cuando la ternura intercepta a la ironía el resultado es más que meritorio. Una profesión honorable e inofensiva, dijo Virginia Woolf al hablar acerca de las mujeres que han decidido dedicarse a escribir. “La paz familiar no se vería perturbada por el susurro de la pluma.” Es cierto lo que dice Woolf. Sin embargo, luego de vencer ese primer escollo –el de la privacidad, el del hogar, el de los que nos rodean en casa– hay que vencer los escollos del mundo. Salir al mundo ya no con el susurro de la pluma sino con la violenta travesía del punzón sobre la piedra, más atávico el asunto. A taladrar, digamos, para que se grabe con sutil intensidad el derrame de las voces femeninas. Y son muchas, hoy, en la Argentina. Acaso como nunca hasta ahora. “No sé cuál será la causa principal de este fenómeno, supongo que hay más de un motivo por el cual está sucediendo. Desarmar el sujeto de un lenguaje que nos llega lastrado de hábitos sentimentales y filosófico-patriarcales genera algo potente, inyecta un nuevo vigor a lo que se escribe. Un decir que modula delicada o salvajemente la irreverencia, el desacato a lo recibido, no hace sino despabilarnos, y eso es algo vital. Hasta los 80 predominaron las voces masculinas, los maestros, los que daban la nota, los que escribían los manifiestos, eran casi todos hombres. Las escritoras admiraban en primer lugar lo que habían escrito y escribían los hombres, o sea, las mujeres leían más a los hombres que a las mujeres. Pero a partir de los 80 empieza a suceder algo distinto que irá in crescendo hasta nuestros días.” Lo dice la poeta y editora Dolores Etchecopar. Y empalma Paulina Vinderman: “Edité mi primer libro a fines de los 70 y pude presenciar y formar parte de esa verdadera irrupción de poesía escrita por mujeres en nuestro país. Si la poesía es una irrupción de lenguaje, esta era una doble ‘invasión’. A partir de entonces, a esos nombres se sumaron más y más; voces potentes, rigurosas; un pluralismo del cual la poesía argentina puede sentirse orgullosa. Hoy las poetas mujeres ocupan más de la mitad de las antologías, editan, enseñan, organizan encuentros, mientras escriben lo suyo”.

UNA CUESTIÓN DE DERECHOS

Según Jorge Aulicino –poeta, traductor, director de la colección “El pez náufrago”, de Ediciones del Dock, periodista y autor del blog Otra Iglesia es Imposible–, las voces masculinas o libros de poesía escritos por varones “dejaron de predominar en las décadas del 50 y el 60, cuando aparecieron poetas como Juana Bignozzi, Luisa Futoransky, Susana Thénon, Alejandra Pizarnik, Amelia Biagioni, Elizabeth Azcona Cranwell, por nombrar a las más notables. Y en este momento hay aún más voces femeninas. Por qué, no lo sé, pero podría sospecharse que tiene que ver con la desaparición de algunas proscripciones y autoproscripciones. Quiero decir que las mujeres se dieron el derecho de escribir y publicar, entre otros muchos derechos que se dieron o consiguieron”.

Valeria Cervero –poeta y coeditora junto a José Villa, de Op. cit., revista-blog de poesía argentina, hispanoamericana y traducida, responsable además del blog de poesía publicado recientemente en la Argentina De lo que no aparece en las encuestas– no se anima a “afirmar rotundamente” que la cantidad de voces de mujeres que se imponen sea mayor que la de los varones (y aclara que deberíamos considerar también a quienes no ingresan en lo binario) pero sí parece ser mayor la cantidad de mujeres que han publicado en los últimos años. “Aunque es difícil conocer lo que pasa en todas las regiones del país, si me baso en el material que vengo recibiendo desde hace varios años para difundir en mi blog o actualmente en la revista, parece ser eso lo que caracteriza este último tiempo. Para dar un ejemplo concreto: de treinta libros que tengo en este momento en mi escritorio para difundir, 23 son de mujeres. De todas maneras, creo que esta situación no escapa a algo más general sobre el protagonismo de las mujeres en una cantidad de espacios culturales, políticos, sociales.”

Si bien el camino ya venía allanado desde Alfonsina Storni a comienzos del siglo XX, y continuado por Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Amelia Biagioni y Susana Thénon (por nombrar a cuatro canónicas), se considera la década del 80 como un momento de clivaje. “Los libros de poesía con firmas de mujer dejan de ser una rareza, el tropiezo de una excepción, unos pocos nombres en medio de una larga lista de escritores varones, como venía sucediendo desde varias décadas atrás, por lo menos desde la llamada generación literaria del 40”, escribe Alicia Genovese en La doble voz.Mónica Sifrim, poeta y editora de Cien Volando, recuerda un evento organizado por Página/12 hacia fines de los 90, en el que se conmemoraba el aniversario del suplemento Las12, y que alertaba esta tendencia. “Fue un megarrecital en el teatro Margarita Xirgu organizado por Fernando Noy y en el que participaron María Moreno, Mirta Rosenberg, Diana Bellessi, Alicia Genovese, Susana Villalba, Paulina Vinderman, Irene Gruss, Liliana del Carril y yo. Esto trajo como consecuencia, que se escribieran también textos teóricos en el país y afuera, especialmente en Estados Unidos.”

UN ESTALLIDO DE VOCES

Coinciden las poetas y editoras de La Mariposa y la Iguana, Dafne Pidemunt y Leticia Hernando, que no sólo ha habido un crecimiento cualitativo sino y, sobre todo, “en potencia e intensidad”. Ambas apuntan que “ha sido un camino larguísimo y trabajoso donde cada una de las voces que fue logrando hacerse un lugar abría un camino, al mismo tiempo, para las que seguían, hasta llegar al estallido de voces que estamos viviendo hoy”. No obstante, debemos echar una luz de alerta, como bien señala la poeta, traductora y editora del blog De Sibilas y Pitias, Silvia Camerotto: “No todas son sólidas o contundentes, ni con respecto a las voces masculinas predominantes antes de los 80, ni con respecto a las voces femeninas en igual circunstancia. Me refiero a la solidez o contundencia con respeto a la poesía en sí. ¿Por qué? Porque o no estoy entendiendo lo que ahora se escribe, o hay cierta liviandad en la escritura, en el procedimiento. Leo oportunidad, efectismo, inmediatez. Quizá de eso se trata, un muestreo según el mundo que hoy vivimos. Más no es siempre más”.

Eugenia Straccali –poeta, profesora de Teoría Literaria en la Universidad de La Plata, organizadora del encuentro de Poetas mujeres en un marco universitario en 2018 y coautora de Atlas I y II, antologías de poesía argentina, y coordinadora de la Antología Federal de Provincia de Buenos Aires– considera que este estallido permite esbozar un “mapa posible” de la poesía actual escrita por mujeres: “Esta cartografía de poetas contemporáneas tiene carácter inconcluso, abierto y móvil e incluye a las voces poéticas que se hacen escuchar en el ámbito de la literatura argentina. La figura que arman estas constelaciones poéticas en el espacio del campo y sus tensiones deriva particularmente de las fuerzas ideológicas y políticas que instaló el feminismo desde la década del 90, expandiendo sus proclamas a partir de 2000, y que ahora se amalgaman y se expanden radicales y decisivas en el contexto social del presente. Podemos bocetar una cartografía con mapas superpuestos pero que presentan itinerarios de circulación diferentes. Uno diseñado a partir de las posiciones de les poetas que esgrimen que ‘lo personal es político’, consigna de Gabby de Cicco (quien impugna el binarismo genérico), y que dan cuenta de una coyuntura en la cual las mujeres son portavoces de revoluciones poéticas colectivas que incluyen cuestiones de género e identidad sexual, y que supone el potencial del Ni Una Menos y las políticas de protección a las mujeres. Y el otro mapa al que llamo ideológico, aunque no necesariamente se inscriben en la coyuntura, son voces potentes que escapan de lo que denomino ‘poesía candorosa o femenina’: una poesía feminista pero no militante como es el caso de Gabriela Franco, María Casiraghi, Silvia Mellado, Ana Arzoumanian. Estas voces no se inscriben corporativamente pero sí arman figuras y se acoplan a un dispositivo de enunciación múltiple”.

Desde su lugar de poeta, librero y periodista cultural, Sandro Barrella confirma todo lo expuesto anteriormente y observa el fenómeno, con buen tino, en un contexto cultural abarcador: “Dentro de la heterogeneidad del espacio al que podemos llamar ‘poesía argentina contemporánea’, con sus tensiones, líneas estéticas, confluencias y divergencias, se produjo el mismo desplazamiento que se observa en el resto del campo cultural. Ya no es la voz (o el vozarrón) de los varones, lo que se escucha en las primeras filas del ‘auditorio’. Insisto en las condiciones de la época, y para ello quiero referirme al caso del cine, para poder establecer un punto de comparación con el tema que nos ocupa. Es imposible pensar el cine argentino de hoy sin los nombres, por ejemplo, de Lucrecia Martel, Lucía Puenzo, o Albertina Carri. Lo mismo puede decirse en la poesía, de poetas como Estela Figueroa, Alicia Genovese, Mirta Rosenberg, Diana Bellessi, Irene Gruss, y más recientemente Claudia Masin, Paula Jiménez España, Elena Anníbali. En todos los casos, y más allá de las poetas no nombradas aquí, que son muchas y muy buenas, se trata de una presencia que no necesita de la confrontación con el mundo masculino, son voces que toman la delantera en virtud de sus propias virtudes, podría decirse, aunque no lo sea, de modo natural, y eso finalmente es lo que marca un cambio de paradigma”.

PRESENCIA, DIFUSIÓN, CIRCULACIÓN

Si bien resulta imposible esbozar estadísticas, números o porcentajes, las tendencias quedan determinadas por los testimonios y la evidencia de una hidrografía que permanece y una orografía que fluye. La presencia de editoriales independientes que editan poesía no es privativa de las mujeres. Es un rasgo de época que va in crescendo y que arriesga cada vez más. Sí es notable la abundancia de mujeres, como autoras y como editoras. “Advierto que en nuestro catálogo –expresa Etchecopar, a cargo de Hilos Editora junto con María Mascheroni y María del Carmen Colombo– prevalecen las poetas mujeres, sin que nos lo hayamos propuesto. No hubo una intencionalidad inicial de nuestra parte. Comprendo que esta tendencia no debe haber sido inocua teniendo en cuenta nuestra pertenencia generacional. Dar lugar a voces que a pesar de su calidad no cuentan con un aval institucional resulta estimulante. Porque si bien cada vez hay más mujeres que escriben con gran potencia, en la mayor parte de los casos, las antologías, los jurados y los premios siguen dando un lugar predominante a los hombres.” Una de las últimas perlas de Hilos es La bestia ser de Susana Villalba.

Carlos Aldazábal, poeta y responsable de la editorial el suri porfiado, propone un catálogo federal que ofrece diversidad, “con una perspectiva hispanoamericana” y con una destacada presencia de mujeres. “De las mujeres de nuestro catálogo, que son muchas, quiero destacar la reciente antología de Leonor García Hernando, una voz fundamental, y el libro de Liliana Ancalao que ocupa un lugar especial por pertenecer al pueblo mapuche. Lo que en otras épocas era marca de subalternidad hoy abre un espacio de visibilidad. Por supuesto que si la calidad poética no acompañara, esto no funcionaría.”

En el catálogo de La mariposa y la Iguana la mayoría de los títulos pertenecen a autoras y “personas disidentes”, aunque sus editoras aclaran que no es exclusivo. Existe un considerable número de editoriales que están mayormente a cargo de mujeres, como la recién fundada por Griselda García, las ya nombradas Hilos y Cien Volando, Club Hem –dirigida por Celeste Diéguez– y otras codirigidas por mujeres, como Llantén (Natalia Litvinova), Gog y Magog, Audisea, entre otras. Y aun editoriales clásicas, presididas por varones, como Ediciones en Danza, Alción y Del Dock destacan numerosas voces femeninas en sus catálogos. “Puedo testimoniar desde el lugar de librero en Norte, históricamente especializada en poesía, que es cada vez mayor el espacio dedicado a la exhibición de poetas mujeres. Y en cuanto a mi condición de colaborador en suplementos culturales, doy fe de la cantidad de reseñas escritas por mí en los últimos años, de libros de poesía escritos por mujeres, de lo cual podría hacer un mapa de estos últimos veinte años”, confirma Barrella.

CANALES ALTERNATIVOS

Pero no sólo las editoriales han ayudado a visibilizar a las mujeres, también los ciclos de lectura en vivo, las redes sociales y los medios digitales, principalmente blogs, han permitido una penetrabilidad y circulación masiva, con todos los riesgos que implica cualquier fenómeno de masas. “Me parece importante señalar –dice Aldazábal– el lugar pionero y democrático que tuvo el blog de la poeta Selva Dipasquale, La infancia del procedimiento, un espacio inclusivo que abrió puertas y conectó subjetividades con gran generosidad.” Por su parte, Aulicino asegura que “los mejores blogs de poesía, en la Argentina están hechos por mujeres: Irene Gruss (El mundo incompleto), María del Carmen Colombo (Blog del amasijo), Emma Gunst, Sandra Toro (El placard), Silvia Camerotto (De Sibilas y Pitias), Griselda García, entre otras. Al menos son las que más trabajan.”

El proyecto impulsado desde el Estado de “Poesía en la escuela”, según las editoras de La Mariposa y la Iguana, “es un trabajo enorme y maravilloso coordinado mayoritariamente por mujeres: Alejandra Correa, Marisa Negri y Julia Magistratti. Han hecho y siguen haciendo un trabajo único de difusión y lectura en escuelas rurales muy alejadas de los epicentros a las cuales no llega básicamente nada”.

No pueden pasarse por alto el trabajo de María Negroni, como directora de la Maestría de Escritura Creativa en la Universidad Tres de Febrero y docente en Poesía, ni el de Alicia Genovese, titular del Taller de poesía en la carrera de Artes de la Escritura (Universidad Nacional de las Artes). A esto se suman talleristas de larga data (Susana Szwarc, Paulina Vinderman, Diana Bellessi, María del Carmen Colombo, Mónica Sifrim). Y el tan necesario trabajo de las traductoras poetas de prestigio como Mirta Rosenberg, Teresa Arijón, Laura Wittner, Natalia Litvinova, María Julia de Ruschi, Bárbara Belloc, Sandra Toro, María Negroni, Paulina Vinderman, Delfina Muschietti, Silvia Camerotto, Ana Arzoumanian.

Como una conclusión nunca prueba nada y, sobre todo, “no lo olvidemos, ¡jamás es la única!” (dixit Marguerite Duras), dejaremos espacio para que continúen colmándose los resquicios y brotándose las ramas. La lista de mujeres poetas que crean, gestan, transforman no es infinita, pero sí muy extensa y, como es habitual, siempre quedan nombres valiosos por el camino. Sin embargo, lo que cuenta no son las individualidades sino la trama, la potencia de una trama que en la medida en que trabaja con calidad y “prepotencia”, constituirá un espacio de combate, un combate a muerte con la muerte, como dijo la gran Olga Orozco. Hemos ganado. Hemos perdido.

María Malusardi es poeta, periodista y docente. Sus libros más recientes son el sastre, el desvío y el daño y el descenso de jacqueline du pré y otros poemas. Dicta las materias Estilo y La entrevista en la escuela de periodismo TEA.

 

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