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TERRITORIO EN DISPUTA

En una América latina que giró a la derecha, la llegada de López Obrador a la presidencia de México da un respiro y, acaso, enciende una luz de esperanza cuando el fascismo golpea fuerte desde Brasil. EE.UU. y China, en tanto, se juegan la hegemonía sobre la región.

Por Nicolás Trotta. El atentado del 11 de septiembre de 2001 trastocó el escenario internacional. Nada volvería a ser igual. La potencia hegemónica sufría el peor ataque de su historia, superior en cantidad de muertes al golpe acechado por el Imperio del Japón sobre Pearl Harbor en el Pacífico. Su impacto estremeció al gigante del Norte, que se mostró desconcertado frente a la embestida de Al Qaeda. A partir del derrumbe de las Torres Gemelas, en el corazón de la capital financiera global, la administración de George W. Bush centró su agenda en Medio Oriente. Eso se tradujo en el corrimiento del foco sobre el territorio que EE.UU. siempre consideró su patio trasero, nuestra América latina.

Mientras la tragedia se expandía sobre Medio Oriente, fagocitando inocentes y sepultando naciones, otra historia se comenzaba a escribir en el suelo americano. La venganza en marcha exigió la atención exclusiva de la Hidra de Lerna en esa sufriente porción del mundo. Dicen que no hay mal que por bien no venga. El imperio, con nuevas prioridades, miraba hacia otro lado y comenzaban a multiplicarse los gobiernos populares en la región, dejando atrás las imposiciones del Consende Washington. El pensamiento único se encontraba en retirada. América latina renacía.Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, Néstor Kirchner y Cristina Fernández en la Argentina, Tabaré Vázquez y Pepe Mujica en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en Paraguay y Michelle Bachelet en Chile inauguraron un nuevo tiempo en Sudamérica. El fraude del saliente presidente neoliberal Vicente Fox, en las elecciones de 2006, impidió que México, la segunda economía latinoamericana, se sumara al frente popular de la mano de Andrés Manuel López Obrador. El neoliberalismo agonizaba. La esperanza vencía al miedo. Por lo menos eso parecía.

Fueron años en que se comenzó a hacer posible lo imposible. La tapa de The Economist de septiembre de 2010, titulada “Nobody’s backyard” (Patio trasero de nadie), resumía el renacimiento económico y social. La edición se ilustró con una imagen del continente americano invertido, emulando la obra del uruguayo  Joaquín Torres García. En el cierre del artículo, premonitoriamente, se afirmaba: “Después de dos siglos de retraso, Centro y Sudamérica están finalmente cumpliendo su potencial. Para ayudar a consolidar ese éxito, su primos del Norte deben construir puentes, no muros”. Fueron tiempos de aprendizaje en los que emergieron las limitaciones al desarrollo y la incapacidad de profundizar concertaciones que consoliden los cambios. Tiempos en que los poderosos tomaron conciencia de que el poder dejaba de pasar por sus manos.

LA RESTAURACIÓN NEOLIBERAL

Errores propios y la incapacidad de acelerar la marcha de las transformaciones, como repetía Marco Aurélio Garcia, figura central de la política exterior del Partido de los Trabajadores, permitieron el resurgir neoliberal. Estados Unidos tomó nota de la rebelión de los sureños. La irrupción de Brasil en el contexto internacional bajo el liderazgo de Lula y la creciente presencia china en el hemisferio eran los puntos que más le preocupaban. Era tiempo de poner las cosas en orden y frenar los cambios. Los “gringos” volvían al vecindario.

Era inimaginable, en la oscura década de los 90, que, en 2005 en Mar del Plata, se les asestaría un certero golpe a las pretensiones de supremacía continental de los Estados Unidos, enterrando el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (Alca). De igual modo, ni el más pesimista podía concebir el retroceso que hoy transita nuestro continente. La restauración neoliberal vino acompañada de la emergencia del neofascimo en Brasil. El presente confirma las profundas falencias que tuvieron los gobiernos de cambio.

Quebrar la voluntad social ya no requería de las botas y los tanques en las calles. El poder represivo de las fuerzas armadas ya no era necesario para reinstaurar las políticas de ajuste y el proceso de expoliación de nuestra riqueza. Las elites implementaron nuevos mecanismos para apropiarse del poder. El mayor triunfo del neoliberalismo es la consagración de un individualismo competitivo excluyente del otro. Ese sentido común, que corta transversalmente todos los sectores sociales, quiebra los lazos de solidaridad y adormece a la ciudadanía mientras las elites depredan nuestras naciones profundizando la desigualdad. Nuevos tiempos, nuevas estrategias, mismas mañas.

A las propias complejidades internas debemos sumar que nuestro continente es un territorio en disputa de un conflicto que nos excede. Somos parte del tablero donde se pretende dirimir la hegemonía entre EE.UU. y China. Ese conflicto tiene influencia marcada en las definiciones de las cuestiones domésticas y sus procesos electorales.

UNA PUERTA A LA ESPERANZA

En 2018 se celebraron elecciones en las dos principales economías latinoamericanas, Brasil y México. En ambos casos se impusieron cambios radicales. La tierra azteca pudo cerrar tres décadas de brutales políticas neoliberales implementadas por el PRI y el PAN. Luego de las victorias obstruidas por mecanismos fraudulentos (Cuauhtémoc Cárdenas, en 1998, y Andrés Manuel López Obrador, en 2006), la izquierda se impuso de forma abrumadora. La victoria de López Obrador y su fuerza, Morena, abrió una ventana de oportunidad para un país que se ha situado de espaldas a la América hispana. La sociedad mexicana se rebeló frente a la creciente desigualdad, la violencia y un Estado corroído por el narcotráfico y el crimen organizado. Con su discurso xenófobo, Donald Trump se transformó en el jefe de campaña del incansable AMLO, que en su tercer intento presidencial en doce años logró sintetizar un mensaje de esperanza que interpeló a la mayoría de su pueblo.

Reconstruir el Estado, liberarlo de una “minoría rapaz” que lo tiene secuestrado, una nueva estratégica contra el narcotráfico, la violencia y la corrupción que jaquean al país y un nuevo modelo económico de desarrollo con equidad que libere al país de las políticas neoliberales han sido los ejes centrales de su propuesta de gobierno.

El impacto de la victoria del ex jefe de Gobierno de la Ciudad de México inaugura una nueva era. La expectativa es enorme y los desafíos titánicos en el país, quizá, más complejo de gobernar de América latina. AMLO deberá analizar en detalle los procesos de cambio sudamericanos para no cometer similares equivocaciones y lograr una auténtica democratización del poder en sus diferentes dimensiones. Los primeros días han sido fundamentales para imprimir las pautas centrales del sexenio de gobierno. Recorte de salarios y privilegios de funcionarios públicos, muestras de profunda austeridad del propio presidente, gabinete paritario, aumento del salario mínimo y la convicción de enterrar las políticas económicas neoliberales. Los enormes desafíos que se le presenten hacen difícil imaginar que López Obrador pueda asumir un liderazgo regional como supieron tener Chávez o Lula. Su mayor aporte para el progresismo latinoamericano será consolidar las transformaciones en México y reafirmar que otras realidades son posibles.

EL FASCISMO AL PODER

El gigante sudamericano vivió la crónica de un fraude anunciado. El golpe parlamentario a Dilma Rousseff de 2016 y la proscripción de Lula da Silva le abrió la puerta al neofascismo. Jair Bolsonaro, un caricaturesco ex capitán del ejército, se vio favorecido por el despiadado ataque al Partido de los Trabajadores y a su líder por parte de las elites brasileñas, que se sirvieron del órgano judiciario y de los medios de comunicación, con fuerte injerencia externa, para debilitar la democracia. Una democracia débil fortalece a los poderes fácticos, que imponen sus condiciones y deterioran el poder regulador del Estado. El costo que pagará la sociedad brasileña para satisfacer las ansias de las minorías angurrientas será altísimo.

Persiste el estado de excepción en Brasil. La asunción de Sérgio Moro como ministro de Justicia y Seguridad Pública es un escándalo y confirma el latrocinio. Moro fue el actor más influyente de la elección mediante la condena a Lula, beneficiándose a sí mismo con el cargo gubernamental. Nada fue casual. La manipulación de la Justicia fue lo que permitió el fraudulento triunfo de Bolsonaro. La sociedad demandaba un cambio y confió en el peor de los caminos.

El gabinete cívico-militar de Bolsonaro confirma la enorme injerencia de las Fuerzas Armadas, que por primera vez accedieron al poder a través del voto popular. El presidente, su vice y siete de los 22 ministros son ex militares. Sólo dos son mujeres y el resto son economistas ultraliberales o referentes ultraconservadores vinculados a las iglesias protestantes. Las primeras medidas reafirman el retorno más salvaje al neoliberalismo. Programa privatizador, disminución del salario mínimo proyectado, ataque a los pueblos originarios y eliminación de la agenda del colectivo LGBTI. Nada bueno se espera, sólo injusticia, violencia estatal y desmembramiento de políticas sociales, educativas y de desarrollo. Una de cal y otra de arena. AMLO y Bolsonaro. Equilibrio cósmico. La disputa continúa en un año electoral clave para nuestro continente. La Argentina, Bolivia y Uruguay pueden interrumpir el avance conservador. Pese al desastre económico y social, la candidatura de Mauricio Macri en la Argentina sigue siendo altamente competitiva. La oposición se debate el desafío de tejer una amplia y diversa unidad. Allí está la clave para triunfar y superar la crisis generada por Cambiemos. En Uruguay, luego de una década y media en el gobierno, el Frente Amplio intentará revalidar su liderazgo, ya sin la participación de sus figuras más relevantes (Mujica, Vázquez y Astori). En Bolivia, Evo Morales y Álvaro García Linera serán los candidatos del Movimiento al Socialismo para enfrentar a una derecha que no ha logrado unificar sus candidaturas. El desafío es obtener una victoria en la primera vuelta.

Como enseña el Pepe Mujica, “no hay derrota definitiva, porque tampoco hay triunfo definitivo. La lucha es ir sumando escalones a favor de la civilización humana. Nuestra lucha es por mejorar el contenido de esa herencia que se llama civilización”. La historia nos confirma que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

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