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Poetas mapuches

La autora, docente de la Universidad Nacional del Comahue e investigadora del Conicet, analiza la conformación de la poesía en el pueblo originario de la Patagonia. Los vínculos entre su historia y su escritura.

Por Silvia Mellado. Las voces mapuches de las poetas desbaratan cualquier descripción que busque un ritmo estanco, una cesura monocromática, porque alcanzan el corpus amplio y heterogéneo entre la unicidad y la multiplicidad, entre el espacio comunal y la orfandad, entre los cantos de las abuelas y la voz individual. Escritos en español y/o mapuzungun, los poemas de Maribel Mora Curriao, Liliana Ancalao, Roxana Miranda Rupailaf, Ivonne Coñuecar, Viviana Ayilef, entre otras, abren y desplazan genealogías.

La introducción de Üi (2005), de Adriana Pinda, expone la doble vertiente de esta poesía, el doble bombeo que posibilita su circulación: “Escribo porque tal vez es cierto que tengo dos corazones (…) si cantara sólo tendría un piuke, me habitaría uno, un aliento, una sangre, entonces no me atormentaría la semántica, ni la cognición ni los enfoques interpretativos”; entonces el poema, así como el cuerpo, encarna “decires y destierros” y resulta caja de resonancia, “cuerpo kultrung donde deambulan todas las abuelas inscritas en su oráculo, todos los abuelos, las madres proscritas, lo visible y lo invisible” (Pinda, 2009). Henchidos con dos sangres, poema y cuerpo no estancan la condición dual pues la amplifican y direccionan hacia el futuro y lo colectivo. Del mismo modo en Perrimontun (2014), de Mora Curriao, los relatos propulsan la escritura que une pasado, presente y futuro: “Con la marca de los despreciados o los elegidos, que para el caso da igual, crecí bajo el designio de mi sangre.

Mi abuelo, Manuel Curriao me acogió en su casa (…) Yo evoco con ternura los relatos que de niños nos prodigaba a mí y a mis hermanos, mientras curtía y cortaba cuero para la confección de riendas que le encargaban de fundos vecinos (…) Triste el sueño de mi madre,/ oscura torcaz aleteando/ contra el viento./ Pero más triste aún/ el sueño de mis hijos,/ de los hijos de mis hijos/ en territorio de nadie/ por ahora nada somos,/ ni siquiera paja/ en el ojo de Dios/ que nos olvida”. A veces, en otro sector, igualmente transcultural como en Las tentaciones de Eva (2003), de Miranda Rupailaf, la historia sagrada de Occidente se cifra en el deseo erótico de la voz: “Háganse los peces, los animales, las aves./ Multiplíquense y habiten el reino de mis caderas./ Háganse las flores y los frutos/ para simular la fiesta. (…)/ Hágase la mujer a mi imagen/ con la divina dulzura del lenguaje”.

Resulta insoslayable en este corpus la presencia de la madre en su doble valencia: madre territorio –del cual el pueblo mapuche fue dolorosamente desplazado en la implantación de los estados nacionales argentino y chileno– y madre lengua –el mapuzungun como ‘lengua del nombre’ (Pollastri, 2007) que debiera ser la materna– a la que se le sobrepuso el español. En Pu zomo wekuntu mew (2009) de Ancalao, las madres, aquellas que no legaron el mapuzungun por lo cual la poeta lo aprende en su adultez, transfieren la memoria de los tránsitos entre campo y ciudad: “Las mamás/ todas/ han pasado frío/ mi mamá fue una niña que en cushamen/ andaba en alpargatas por la nieve/ campeando chivas/ yo nací con la memoria de sus pies entumecidos”.

ORFANDAD

Sin embargo, también aparece la orfandad en los poemas, cuando no hay lengua o comunidad donde guarecerse –condición kuñifal (huérfano) doble del wakcha andino–, irrumpen las letras de rock en otras lenguas para zurcir espacios como en Patriagonia (2014) de Coñuecar: “I am I am I said I’m not myself, but i’m not dead and I’m not for sale/ hold me closer, closer let me go, let me be, just let me be. Stone Temple Pilots no escuché el viento. ni sus gritos. ni sus golpes./ mi walkman cerró mis ojos. la banda sonora de mi pánico/ los árboles con sus llamaradas verdes nos lanzaron/ piedras”.

En este camino entre lo uno y lo múltiple, entre el todo de la poesía y lo particular del verso, resulta ineludible la impronta testimonial y política. No porque la escritura adose un documento, sino porque se configura colectiva, urgente y necesaria: “con pezón de nodriza/ prematura/ escribo sus nombres en el árbol de la vida/ Alex Lemun Matías Catrileo Mendoza Coillo/ y a sus madres las sueño, a menudo/ (…)/ buscándolos” (Parias zugun, Pinda 2014).

Y en este coro de voces, se oye Cautivos (2013) de Ayilef: “Vení, hijo mío/ tu casa es casa de mapuche: ruka/ aunque tu baño esté acá adentro/ aunque tu zapatilla diga topper/ aunque comamos en el shopping. / (…)/ trae tu máscara de Spiderman/ a veces las personas/ miden el peso de sus muertos/ arcaízan la raza,/ ignoran a los vivos/ condenan el presente/ y así se muere”.

La muerte interpela porque está aquí, en los jóvenes asesinados –Alex, Matías, Rafael Nahuel– o acecha potencial en aquellos sobre quienes se arrojan prejuicios que no conceden el derecho de la existencia, ahora. El poema, otra vez cuerpo, ampara a sus hijos porque como pezón de nodriza alimenta a todos, como si fueran suyos, y es por esto que el mundo, todavía, se nos promete distinto.

La autora es investigadora del Centro Patagónico de Estudios Latinoamericanos (FAHU – UNCO) Conicet

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