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Las primeras adelantadas

Hasta hace poco, la historia oficial ignoraba el aporte de muchas mujeres a la literatura argentina. A continuación, una galería de algunas pioneras y su mirada del mundo y sus circunstancias.

Por Gabriela Franco. Reponer los nombres que faltan, unir y juntar sutilmente los fragmentos dejados a un lado, reparar la ausencia. Acaso mirar hacia atrás y recuperar las primeras voces de las poetas de esta parte del mundo no sea otra cosa que restaurar hilos de un tejido que se ha roto por la fuerza –la violencia– de la desatención y el menosprecio.

“Deja que zurza las medias/ Musa mía”, pide Silvia Fernández, poeta argentina nacida en 1857, debatiéndose entre la imposición de las obligaciones de las mujeres de esa época (y no sólo) y el deseo de rebelarse. ¿Cuándo empieza la poesía escrita por mujeres? Podríamos decir que las mujeres escriben, al igual que los hombres, desde que saben escribir. Y desde antes. Desde que se canta en el aire con la palabra. Pero no se ha preservado la palabra de las mujeres con igual cuidado, tampoco se la ha dejado cantar con igual libertad. Un dato: en los diez tomos que integran la Antología de la poesía argentina, que compiló Juan de la C. Puig para el primer centenario, no hay ninguna mujer. Pero había.Ya estaban Rosa Guerra, Juana Manso y Josefina Pelliza, por nombrar sólo a algunas de las escritoras de mayor renombre que lograron hacerse un espacio. Pero no estaban solas, había muchas más.

Hagamos historia. El primer registro de poesía escrita por mujeres en la Argentina es –al momento– una serie de manuscritos anónimos, atribuidos a las hermanas carmelitas del Monasterio San José de Córdoba. Son treinta y cuatro poemas escritos en 1804 con motivo de la muerte del religioso español fray José Antonio de San Alberto, fundador de la congregación Santa Teresa de Jesús en Córdoba. Si bien el hallazgo de este material ocurrió hace algunas décadas (en 1972), recién en los años noventa fue revalorizado por su trascendencia literaria gracias al estudio de las investigadoras salteñas Íride María Rossi de Fiori, Rosanna Caramella de Gamarra, Soledad Martínez de Lecuona y Helena Fiori Rossi. Antes de ese trabajo, el material fue expuesto por su valor decorativo: los originales fueron escritos con tintas ferrosas sobre papel calado y ornamentados con filigranas que enmarcan cada poema. Todos los textos de este conjunto tienen un tema único y el estilo que predomina es el neoclásico. Pero cada uno muestra su particularidad. Para empezar, por sus tipos composicionales: soneto, décima espinela y octava real (que son muestra del conocimiento que tenían las monjas de las tendencias literarias del momento). Pero, además, cada uno tiene sus rasgos particulares: no sólo por la variada y preciosa caligrafía, sino por el modo de abordar el tema. Algunos se limitan al protocolo más esperable: “¡Oh, Padre Nuestro, Arzobispo amado!/ ¡oh digno San Alberto tan querido! /¿tus respetos también han sufrido/ de la muerte cruel el fatal hado?”. Pero la rabia contra la agonía de la luz se expresa con mayor énfasis y hondura en otros: “Qué estrago Muerte habéis hecho/ qué ruinas ocasionado/ qué impía habéis despojado/ de sus júbilos al pecho?”. O aparece con renovado signo: “No fue la parca ingrata, no alevosa/ ninguno le censure de homicida”. O asoman motivos de otra índole: “Con cuánto miedo, y horror,/ con cuánto pulso, y acierto/ no manejó san Alberto/ el dinero encantador,/ quién distribuyó mejor/ las rentas del obispado?”.

CONTRA LOS MANDATOS

Ese mismo año, 1804, en Buenos Aires, María Sánchez de Velazco, más conocida como Mariquita Sánchez de Thompson, elevaba un reclamo al virrey para impedir que la casaran contra su voluntad. Además de la consabida relevancia que tuvo su casa como espacio político y cultural, María Sánchez de Velazco se rebeló contra los mandatos de su época también a través de la composición de poemas, que no fueron publicados (otra vez, manuscritos), sino que se encuentran dispersos en su correspondencia. Por ejemplo, la carta en verso a su amiga Candelaria Somellera de Espinosa, en la que se ríe de algunas conductas masculinas: “Los hombres, muy ocupados,/ No quieren ya conversar;/ En vano buscar asuntos,/ A nada responderán./ Un sí, un no, un por supuesto,/ Es cuanto puedes sacar;/ Y bien pronto te apercibes/ De que no quieren hablar./ Y ¿qué hcen estos mudos?/ Ahora preguntarás./ ¡Oh! ¿Qué hacen? Aburrirse,/ fastidiarse y bostezar”.

La historia de la poesía escrita por mujeres continúa con Rosa Guerra (1834-1864), quien según algunas fuentes fue fundadora de La Camelia, el segundo periódico de la Argentina escrito por mujeres (el primero fue La Aljaba), cuyo lema era “Libertad y no licencia. Igualdad entre ambos sexos”. Entre otras publicaciones, fue autora de la primera obra teatral escrita por una mujer: Clemencia. En su libro de poemas puede leerse: “¿No es mejor morir, y en la fosa/ Cubierto en polvo el miserable resto/ de un ser tan infeliz, dormir tranquila,/ En el seno apacible de los muertos?”.

Nacida diez años después, Edelina Soto y Calvo publicó tres libros de poemas. En uno de ellos se pregunta: “¿De qué podrían estar llenos/ los versos de una mujer?”.Desde Entre Ríos, nos han llegado también los poemas de Josefina Pelliza (1848-1888), que fue una de las primeras poetas que logró colarse en las antologías del siglo XIX, como Parnaso argentino (1873), y que trae al poema el paisaje y el vocabulario de Concordia: “¡Qué importa! Si coronas yo hacía de las flores/ tejiendo pasionarias con ramas de yatay,/ ¡qué importa!, si triunfante el sol y sus ardores/ juntaba bellas piedras al pie del Uruguay”.

Otra figura fundamental del siglo XIX es Juana Manso. Además de su reconocimiento como educadora y periodista, fue poeta y militante feminista. En “La mujer poeta”, denuncia: “¡Mujer…! La desprecian, el mundo se ríe/ Y al mártir rodea la fría irrisión”.

La lista sigue. Silvia Fernández, Matilde Vera, Agustina Andrade, Josefina Durbec, Delfina Molina y Vedia, por mencionar sólo a aquellas nacidas antes de 1880.

No es casual que la poesía de las mujeres argentinas empiece de forma anónima y se continúe con nombres apenas conocidos u ocultos tras seudónimos. En los últimos años, gracias al trabajo de muchas investigadoras (todas mujeres), se está revirtiendo ese destino. Un destino que parece estar ya prefigurado en los versos de Amanda Zucchi, poeta celebrada por Alfonsina Storni, de la que no se sabe prácticamente nada, sólo que a los diecisiete años publicó el libro El ritmo humilde, donde se puede leer: “Nadie sabrá mi origen:/ ¿Quién ha penetrado mi secreto?/ ¿Quién ha sondado el alma blanca,/ Que vive hace mil años en mi cuerpo?”.

La autora compiló, junto con Eduardo Mileo y Javier Cófreces, la antología Primeras poetas argentinas(Ediciones en Danza, 2009), cuya segunda edición ampliada se encuentra en preparación.

 

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