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La poética del feminismo

Las mujeres anarquistas lucharon por la igualdad de derechos. Fueron obreras y muchas de ellas se dedicaron a escribir. Esas experiencias, junto con las registradas en el siglo XIX, inspiraron las luchas de las poetas del siglo XX y de nuestra contemporánea marea verde.

Por Paula Jiménez España. Fue en 1896 cuando salió a la luz el periódico anarcofeminista La voz de la mujer, integrado por un grupo de periodistas, narradoras y poetas, cuyos discursos eran tan radicalizados como los que hoy, más de un siglo después, producen buena parte de las escritoras activistas. Algunas de ellas, en el último año conformaron el libro Martes verde (poéticas reunidas en torno a la lucha por la Ley de Aborto), y sostuvieron sus micrófonos, pañuelo en mano, en la puerta del Congreso y en las convocatorias públicas previas al 8J y 8A. Nada tienen que envidiarles estas jóvenes a aquellas otras de La voz…, también enfervorizadas, que a finales del XIX, con un lenguaje explícito y directo, dieron combate al patriarcado y a la burguesía, que en esencia son, por supuesto, la misma cosa. Ya en el primer número del diario, el del 8 de enero, “Brindis”, el poema de Josefina M. R. Martínez, arengaba: “Serenas, sin temor, siempre avanzando/ siempre altivas marchamos por doquier, / los esbirros burgueses arrollando/ destrozando las leyes y el poder”. Era una época de hambrunas aquella y, por ende, de oro para las luchas sociales y políticas de las que el feminismo resultó ser una necesaria consecuencia. Pero en las letras nacionales el reclamo por los derechos de las mujeres había encontrado su voz pública por primera vez cuarenta años atrás con Juana Manso. Nacida en 1819, esta poeta y educadora fue fundadora del primer diario feminista argentino al que llamó Álbum de señoritas; tiempo después, publicó novelas, obras de teatro y varios poemas aparecidos en diferentes medios locales. Manso, que poco hizo honor a su apellido y fue considerada la primera feminista argentina, murió en 1875. Sus restos, a los que en un principio se les negó sepultura, fueron trasladados a la Chacarita recién en 1915, tras haber permanecido años en el cementerio de disidentes.

EL GESTO EN LA ESCRITURA

Rosa Guerra, también poeta y narradora –autora de la famosa novela Lucía Miranda, que relata la historia de una cautiva que se enamora del cacique que la secuestra– también fundó su propio diario en 1852. Se llamaba La camelia y su lema era “Libertad, no licencia. Igualdad entre ambos sexos”. En 1864, Rosa publicó Desahogos del corazón y, como sucede en muchos casos, sus poemas no resultan representativos de su afinidad feminista; lo mismo puede observarse en los versos trascendidos de Josefina Durbec, vicepresidenta de la Liga Nacional de Librepensamiento y autora de Canto a Francia. Para ella, como para tantas otras, su defensa de los derechos de las mujeres no se convirtió en un tópico de su escritura poética, pero podría decirse que el solo hecho de haberse animado a tomar la pluma fue por sí mismo un gesto feminista, una conquista. Como dice la francesa Hélène Cixous en su libro La llegada de la escritura (2006): “Escribir estaba reservado a los elegidos. Eso debía suceder en un espacio inaccesible a los pequeños, a los humildes, a las mujeres”. Esta prohibición tácita obligó a muchas un siglo atrás a recurrir a estrategias para visibilizar sus producciones. En la mítica nacional, no faltaron las que se ocultaron bajo un seudónimo, como la misma Rosa Guerra, colaboradora de diferentes diarios con el nombre de “Cecilia”, o como Juana María Gómez, también feminista, que firmaba sus poemas, publicados por primera vez a sus 14 años, como Juana María Beggino. En 1898 nació en La Plata una poeta, periodista y letrista de tango que a la manera de George Sand (Aurore Dupin, 1804-1876), se identificaba como “autor” de sus composiciones musicales y utilizó los seudónimos Mario Castro y Luis Mario para  la firma; se llamó María Luisa Carnelli. La cantante Lala García, en los años 90 montó el espectáculo Se va la vida en homenaje al dos por cuatro compuesto por Carnelli y a toda las poetas del tango que escondieron su identidad bajo una masculina. Para el ámbito de la poesía, en cambio, Carnelli no fue varón y firmó sus versos con un nombre andrógino, se llamó Quena. Su poema “Mujer” dice: “Mujer, abre la histeria sus pétalos/ en tu sexo/ y arraiga en lo más profundo/ de tu cuerpo (…) Pesa la fragilidad de tu vientre/ el castigo genésico/ toda ansia vital y toda fiebre”.

ACTIVISMO LÍRICO

Seis años antes que Carnelli en Buenos Aires, nacía Alfonsina en Capriasca, Suiza, y al poco tiempo su familia se trasladaría con ella a la Argentina, donde se convirtió en la mayor poeta referencial a la hora de hablar de feminismo. El grupo de activistas bolivianas Mujeres Creando reformuló uno de sus versos más populares y “viralizó” un graffiti por las paredes y el pavimento de las calles paceñas, que decía: “Tú me quieres virgen, tú me quieres blanca, tú me tienes harta”. Sin duda, le gustaría. Pobre, enojada, madre soltera, Alfonsina fue odiada por Victoria Ocampo y amada por Gabriela Mistral, quien, al contrario de ella, guardaba su pensamiento feminista bajo la alfombra, para aplicarlo secretamente a su propia vida de lesbiana (que afortunadamente nunca reprimió) y encriptarlo en versos como “Yo no quiero que a mi niña/ la vayan a hacer princesa/ con zapatitos de oro/ ¿cómo juega en la pradera?”. Gabriela, que también había nacido a fines del siglo XIX, murió en 1957. En 1939, tres años después que Alejandra Pizarnik, nacía en nuestra capital la poeta y fotógrafa Susana Thénon, cuyo libro más conocido fue Ova completa, título que, en su sistema significante, tradujo la expresión popular “huevos llenos”. Estos “huevos” que tomó prestados al patriarcado le sirvieron a Thénon para ironizar su hartazgo ante los lugares comunes del lenguaje, de los estereotipos culturales, políticos e incluso feministas. En el poema “La antología”, escribió: “lo que a mí me interesa/ es no sólo que escriban/ sino que sean feministas/ y si es posible alcohólicas/ y si es posible anoréxicas/ (…) es una antología democrática/ pero por favor no me traigas/ ni sanas ni independientes”. Pero no son estos versos sino los de su famoso “¿Por qué grita esa mujer?”, que alude a la violencia de género, los elegidos por las artistas feministas como expresión de lucha, el pasado 8M (las actrices filmaron videos recitándolo y las escritoras se juntaron para decirlo a coro en la puerta del Malba). Durante las últimas décadas, importantísimas voces líricas se han hecho eco del feminismo, entre ellas, la activista Hilda Rais, la santafesina Diana Bellessi (autora de la erótica Eroica y traductora de varias poetas, la mayoría estadounidenses), Alicia Genovese (que además es autora de La doble voz, un ensayo fundamental a la hora de leer la poesía argentina desde una perspectiva de género), y la militante lesbiana Macky Corbalán, nacida en Cutral-co en 1963 y fallecida en 2014. Macky, que no distinguió nunca el activismo de género del compromiso vital que mantuvo con la poesía, escribió la hermosa serie “Nô”, que comienza así: “Los hombres representan/ todos los papeles, aunque los textos/ cambien, y traten sobre guerreros,/ mujeres, locos o demonios. Y cambien/ los cortinados. Y las exigencias/ musicales./ Todos los papeles./ Y esta es apenas/ una anécdota sobre/ teatro japonés”.

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