Mi esposo y yo somos dos puntales de nuestra sociedad”. El 23 de octubre de 1997, en el segundo juicio por la violación seguida de muerte de María Soledad Morales, la madre de Guillermo Luque proclamó la “inocencia” de su hijo. La exdiputada provincial Edith Pretti de Luque planteó a los jueces que no podían condenar al hijo de una familia poderosa en una provincia donde los políticos eran señores feudales.
A pesar del manifiesto de su madre, a Guillermo Luque lo condenaron a 21 años de cárcel. Fue el único “hijo del poder” que cayó preso junto con Luis Tula, un don nadie, novio de la víctima y amigo de los que se sentían dueños de Catamarca. A Tula lo condenaron a 9 años de cárcel. Hoy, los dos viven en el centro de la capital catamarqueña, son abogados y nunca se muestran juntos.
Desde la aparición del cuerpo de María Soledad, todo señalaba como autores a los “hijos del poder”: Guillermo Luque, hijo del diputado nacional Luis Luque; Pablo y Diego Jalil, sobrinos del intendente José Jalil; Arnoldito Saadi, primo del gobernador Ramón Saadi, y Miguel Ángel Ferreyra, hijo del jefe de la policía provincial.
Ángel Luque, padre de Guillermo, había sido más brutal que su esposa cuando defendió a su hijo: “Si él hubiera sido el asesino, el cadáver no aparecía”. Por sus dichos perdió su banca en el Congreso Nacional.
La investigación del crimen de María Soledad tuvo irregularidades de todo tipo y la mayoría de los sospechosos del crimen o del encubrimiento quedaron impunes.
El primer juicio oral fue suspendido y sus jueces recusados. Para el segundo juicio hubo que traer un juez de Santiago del Estero, Santiago David Olmedo de Arzuaga, y un fiscal de Córdoba, Gustavo Taranto. La Justicia catamarqueña no era confiable.
Varios testigos dijeron haber sido objeto de apremios ilegales durante la instrucción policial. José Gallo Melo fue interrogado en la delegación de la Policía Federal en Catamarca en presencia de los agentes de la Secretaría de Inteligencia de Estado (ex SIDE) José Velazco y Nazareno Pepe.
Lucía del Valle Carreño fue maltratada por un policía “con acento porteño”. Era el comisario Carlos Alberto Seravalle. Cuatro años después, los soldados Cristian Suárez y Víctor Salazar, condenados por el asesinato en Zapala del conscripto Omar Carrasco, identificaron a Seravalle como el policía que los había golpeado e interrogado en forma ilegal en la comisaría de esa localidad neuquina. Seravalle encubrió casos de gravedad institucional.
Al testigo Vicente Aragón lo torturaron con métodos de la dictadura militar. Los responsables fueron el subcomisario de la Policía Bonaerense Luis Patti, enviado a Catamarca por el presidente Carlos Menem, y el jefe de la policía de Catamarca, Miguel Ángel Ferreyra, cuyo hijo, del mismo nombre, era uno de los sospechosos de haber participado en el crimen.
Todo fue denunciado por la monja Martha Pelloni, acusada a su vez por la familia Luque de “escudarse en un Cristo que lleva en el pecho” para “injuriar y calumniar” a los dueños del poder.
Los testigos que fundamentaron las condenas de Luque y Tula fueron perseguidos. Eso ocurrió con Ramón Medina, exempleado de los Luque, quien declaró haber lavado una camisa ensangrentada de Guillermo el día posterior al crimen.
La defensa de Luque trató de hacerle creer a los jueces que su representado estaba en Buenos Aires el día del crimen. La coartada se cayó con el testimonio de Rita Furlán, cajera del boliche Clivus, al que Tula y Luque, con otros tres o cuatro amigos, llevaron a María Soledad la madrugada en la que ocurrió el hecho. Después de estar en Clivus, los autores del crimen llevaron a la víctima al lugar donde ocurrió la violación y el homicidio.
Rita Furlán tenía tres hijos a su cargo, era madre soltera, y el único trabajo que pudo conservar fue como empleada de limpieza en la parroquia Nuestra Señora de la Merced, en Villa Dolores, donde vivía. Treinta y dos años después pudo cumplir su sueño: grabar como cantante un disco de música tropical.
LA IMPUNIDAD
Luque fue condenado a 21 años, pero solo estuvo preso 9, porque obtuvo la libertad condicional. Tula, de los 9 años que recibió, solo cumplió la mitad. Cuando salió de la prisión, Luque siguió negando su participación en el crimen: “Todo este tiempo, un inocente estuvo preso”, fue lo primero que dijo, luego de que la jueza Alejandra Cabanillas le concediera la condicional.
Ada Rizzardo, la mamá de María Soledad, no criticó la medida judicial “a pesar del inmenso dolor”. Solo cuestionó que Luque “no se haya arrepentido por lo que hizo”. Solo deseó “no encontrármelo nunca en la calle, porque eso sería como recibir una puñalada”.
Luis Tula solo estuvo 4 años y seis meses en prisión. Al igual que Luque, se recibió de abogado. Los dos viven en la zona céntrica de la capital catamarqueña, son miembros respetados de la sociedad, pero nunca se muestran juntos.
Tula llegó a decir, en una entrevista con el diario La Nación, que no eran amigos con Luque cuando ocurrió el crimen. “La amistad surgió cuando estuvimos en la cárcel”.
Tula, un hombre casado, novio de una joven de 17 años a la que entregó a las fieras que la asesinaron, se quejó por la pena recibida. “Me han metido nueve años como partícipe secundario, la figura más leve del derecho penal. Es un robo (…) a lo máximo me podían dar seis años”. Tula vive con su esposa de siempre, con la que tuvo dos hijos.
Una vez que se produjeron las salidas de prisión de Luque y Tula, Martha Pelloni insistió en recordar que “hubo otra gente involucrada que, con la ayuda del poder, logró zafar”.
La religiosa dijo que a María Soledad “la mató Guillermo Luque en una orgía con sus amigos, donde la emborracharon y la violaron, donde la chica falleció por un golpe y la quisieron reanimar, pero se les murió”.
El cuerpo de la víctima presentaba altas dosis de cocaína que no podrían haber sido inhaladas de manera voluntaria.
Uno de los amigos de Luque era Hugo “El Hueso” Ibáñez. Estuvo prófugo, lo detuvieron, pero nunca llegó la condena. Ibáñez estuvo bajo sospecha de estar relacionado con la trata de personas. Se dijo que “abastecía de mujeres jóvenes y bien dispuestas a los hombres del poder”.
Otro que zafó fue Luis “El Loco” Méndez, que también estuvo prófugo durante un tiempo. Las causas que se abrieron en busca de otros responsables de la violación seguida de muerte y del encubrimiento fueron archivadas.
Pelloni lamentó que “no se haya avanzado en el encubrimiento”, pero consideró positivo “que la gente haya salido a la calle para conseguir, al menos, la condena social”.
