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Caras y Caretas

           

Las sombras y las dudas

El derrotero que llevó a Sabato de apoyar la dictadura a denunciar sus atrocidades y presidir la Conadep le granjeó el reconocimiento de buena parte de la sociedad aunque no pudo borrar las huellas de ese camino.

Todas las miradas retienen el instante en que el escritor Ernesto Sabato premia al director técnico César Luis Menotti, que extiende su mano derecha para el saludo protocolar, en la celebración organizada por el diario Clarín en el Hotel Sheraton porteño, a un año de la conquista del Mundial 78. En un segundo plano, el presidente de la AFA, Julio Grondona, observa a los protagonistas de la noche. Más atrás, los jugadores del plantel campeón.

La escena quedó registrada en la tapa del “gran diario argentino” del lunes 25 de junio de 1979. El título, “Celebra el país la conquista del Campeonato del Mundo”. “Fue el final de una fiesta que excedió el marco de lo deportivo. Escritores, músicos, actores y periodistas testimoniaron su agradecimiento a la Selección Nacional, que hoy enfrenta al Resto del Mundo”, grafica el epígrafe. El despliegue ocupa dos tercios de la portada. En medio de la oscuridad de la dictadura cívico-militar, hay quienes creían en “fiestas”: un mes antes, el 24 de mayo, se había estrenado La fiesta de todos, el film propagandístico de Sergio Renán sobre el campeonato internacional de fútbol. Uno de sus guionistas fue Adrián Quiroga, seudónimo de Mario Sabato, hijo del autor de Sobre héroes y tumbas.

Al día siguiente de la edición con Sabato y Menotti, en un espacio similar, la tapa de Clarín muestra el “clamoroso festejo a 1 año del Mundial”. Hay dos imágenes: una grande, con el estadio de River Plate repleto para la ocasión –“el entusiasmo popular no tuvo límites en el afán de aclamar a la Selección argentina”–, y otra más pequeña, pero elocuente, con el dictador Jorge Rafael Videla entregando la copa de la victoria al holandés Ruud Krol, capitán de Resto del Mundo, secundado por Grondona y la directora del matutino, Ernestina Herrera de Noble. El poder político, el poder futbolístico y el poder mediático, juntos para la posteridad.

“Yo fui uno de los argentinos que gozó, sufrió y se alegró con los partidos del Mundial. El fútbol no es un mero pasatiempo físico. Invoca grandes cualidades del hombre”, decía Sabato para justificar que su pasión deportiva trascendía el horror de la política doméstica y reflexionaba: “Boicotear el Mundial no solo hubiera sido boicotear al gobierno, sino también al pueblo de la Argentina, que, de veras, no se lo merece”.

¿Por qué uno de los escritores más reconocidos del país, que le gustaba ubicarse dentro de la “izquierda democrática” y, por consiguiente, opositor a cualquier clase de autoritarismo, se prestó a la campaña de distracción montada por la dictadura? Ya habían pasado tres años de gobierno del régimen cívico-militar y alguien como Sabato conocía perfectamente qué pasaba en el país. Hay críticas al totalitarismo en su ensayo “Nuestro tiempo de desprecio”, de finales de 1976, y en “Censura, libertad y disentimiento”, un texto basado en las respuestas de una entrevista en La Nación de 1978. Ambos fueron incluidos en Apologías y rechazos, publicado en Barcelona en 1979, año en que prestó testimonio ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA que visitó la Argentina para relevar las denuncias contra la dictadura. Y luego, al año siguiente, denunció que su novela Abaddón el exterminador era restringida en los colegios por el Ministerio de Cultura y Educación.

Ya en tiempos democráticos, él mismo reveló que se convenció de aceptar la invitación a un almuerzo con el general Videla junto con Jorge Luis Borges, Leonardo Castellani y Horacio Esteban Ratti, pocas semanas después del golpe de 1976, porque muchas personas fueron a su casa de Santos Lugares para que intercediera por algún familiar detenido o secuestrado y porque quería pedir por la libertad del escritor Antonio Di Benedetto. Sin embargo, sus palabras al finalizar el encuentro aún duelen: “El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del Presidente”. Con el tiempo, admitió que había creído el discurso instalado por algunos medios de comunicación en la opinión pública para mostrar al militar como “una paloma”, “un moderado”. Sabato cayó en la misma trampa que muchos sectores medios de la sociedad, que luego de creer en esa categorización se desilusionaron y empezaron a cambiar de postura sobre el régimen.

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IMAGEN

Ahondar en los acercamientos y las distancias que Sabato mantuvo con la dictadura que usurpó el poder en 1976 obliga a revisitar viejas polémicas, sopesar los alineamientos ideológicos de fieles y adversarios del escritor (y los de él mismo) y procurar que el foco del análisis no se desvíe de la trayectoria pública de un intelectual que siempre se esforzó por intervenir en las discusiones de su tiempo.

Osvaldo Bayer, uno de sus detractores más belicosos, consideró que ese afán de posicionamiento lo llevó a forjar una imagen de “héroe de la clase media”, el “representante intelectual legítimo” de un sector social que “se ve reflejada en él plenamente: sus fantasmas, sus miedos, sus exitismos, sus necesidades de verse premiada, su falta de contrición, su incapacidad de remordimiento”. David Viñas, otro de sus contrincantes, lo calificó de “gran malentendido”: “Creo que el proyecto fundamental de Sabato fue ese: convertirse en un emergente como el Obelisco o el Aconcagua. O, quizá, en una estatua de perfil. Y ha tenido éxito. Indiscutible. Porque apuntando a ese ‘destino de bronce’, Sabato fue construyendo oportuna y prolijamente su imagen oficial”.

Al quedar santificado como “la moral de los argentinos” –en palabras de María Pia López y Guillermo Korn–, se intentó convertir a Sabato en un pensador inmaculado, un humanista “maestro de la juventud” a quien se le perdona y justifica cualquier actitud, desde su cuestionamiento al concepto de “genocidio cultural” denunciado por Julio Cortázar en el exilio, hasta la amplia acogida acrítica recibida de los medios de comunicación –desde Gente a La Nación– y el apoyo a la recuperación de las Malvinas por parte de las Fuerzas Armadas, por citar solo algunos temas controversiales.

El derrumbe de la dictadura convirtió a Sabato en un referente de la restauración democrática. El reclamo constante de una salida constitucional, la firma de solicitadas en favor de la aparición con vida de los presos políticos y la restitución de los bebés robados y contra el terrorismo de Estado, y su colaboración con organismos de derechos humanos confluyeron en la adhesión a la candidatura a diputado nacional por la Capital Federal de Augusto Conte, padre de un hijo desaparecido, en las elecciones de 1983. La culminación de su trayectoria pública fue la presidencia de la Conadep y la concreción del Nunca Más, una revelación minuciosa del terrorismo de Estado, precedido por un prólogo que sustenta la “teoría de los dos demonios”, ese controvertido legado teórico que aún despierta debates en una Argentina atravesada por los discursos negacionistas.

Escrito por
Germán Ferrari
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