Forma parte del imaginario colectivo de nuestra historia reciente. Arribó al mercado automotor quebrando cánones, prometiendo un confort que fue, por lejos, un sueño realizado para decenas de miles de argentinos. Espacioso, en él entraban seis almas cómodamente sentadas. Andar sobre sus cuatro ruedas daba status, un toque de distinción difícil de disimular. En su micromundo brillaban, lujosos, todo tipo de accesorios de última generación. Su imagen se reprodujo por más de tres décadas, hasta que una mañana de 1991, la planta de montaje Autolatina instaló la pieza del último Ford Falcon producido en el país: la unidad 494.209, bautizada “El Inmortal”.
Claro que no todo es candor. Aquel lujo inalcanzable arrastraba también el espanto de una doble vida que, de manera obscena, ni siquiera se ocupó de ocultar. Todavía se lo recuerda a cualquier hora del día arrasando con cuerpos espantados que jamás volvieron a ser vistos. A la fuerza, en un Falcon se viajaba incómodo. El más deseado, lo más temido, la quimera rosada, la pesadilla verde.
El Ford Falcon nació en nuestro país el 15 del julio de 1963, cuatro años después de comenzar a recorrer las calles de las principales ciudades de los Estados Unidos. El parto tuvo lugar en la inmensa planta automotriz de Ford, en General Pacheco, en la zona norte del conurbano bonaerense. La presentación se realizó a toda pompa en 1963, en las instalaciones del cine porteño Gran Rex, con la asistencia de figuras del ámbito político y social de entonces.
El recién nacido contaba con todas las virtudes imaginables para satisfacer al usuario más exigente: era holgado, confortable en exceso, podía alcanzar gran velocidad y, si alguien viajaba solo en el asiento trasero, podía desparramarse y dormir. Del tablero principal brotaban círculos con indicaciones de todo tipo; la guantera parecía un cofre. Los Falcon taxi salieron a la venta en 1964 y eran los más elegidos por los pasajeros. Recién a inicios del nuevo siglo dejó de funcionar el último taxi “falconiano”, un modelo 1991 muy bien conservado; algo comprensible: se comenzaron a elegir unidades más pequeñas, fáciles de filtrarse entre atascos y tránsito pesado.
La imagen de los Falcon se esparcía en la cotidianidad. En 1963, el presidente Arturo Ilia utilizaría el único Ford Falcon convertible producido en el país durante su asunción. En 1967, el recordado campeón de las pistas Oscar Gálvez hizo gala de sus atributos al manejar un Ford Falcon Futura. El Aguilucho puso marcha atrás, hizo retroceder el vehículo a 110 kilómetros por hora sin que sufriera el menor desperfecto y la concurrencia quedó atónita.
Desde un comienzo, el marketing publicitario dirigió sus esfuerzos a instalar el Falcon casi como un miembro más de la familia. Una publicidad de aquellos inicios muestra a un grupo familiar tipo –padre, madre y dos hijos– sentenciando: “Tiene que ser un Ford Falcon”. Y se recuerda el éxito televisivo de inicios de los 60: La familia Falcon. Se trataba de la familia ideal, imagen nítida de la clase media de entonces.
Los Ford Falcon se repartieron por el mundo y marcaron un punto de inflexión en la industria automotriz de esos tiempos. Entrados los 70, los modelos fueron incorporando distintas modificaciones, sin que los nuevos maquillajes cambiasen su estampa cautivante para muchos. Además de introducir la pintura metalizada, agregaron el tablero delantero acolchado. Más adelante sería presentado en sociedad el Falcon Rural. Por si acaso, el spot publicitario avisaba: “Ford Falcon. Tranquilícese. No cambió”.
“Habrían transcurrido unos veinte o treinta minutos cuando nos hicieron salir de la casa y nos introdujeron a todos en un coche, creo que un Falcon, y nos llevaron a lo que según supe después era el D2, o sea, el Palacio Provincial de Mendoza. Nos metieron en un recinto vacío y se llevaron a mi hijo de dos meses. Sentí entonces que el mundo se partía” (Legajo N° 5.187 del informe de la Conadep).

Vamos de paseo
Las concesionarias Ford se multiplicaron a ritmo acelerado. Por aquellos años se le incorporaron al auto balizas y se empotraron las orgullosas cajas de cuarta nacionales (antes se utilizaban las importadas). Además, los asientos delanteros se volvieron reclinables. Vieron la luz los Falcon Spirit y la Ranchera, y el aire acondicionado y la antena eléctrica.
“Ford Falcon. Algo menos de que preocuparse”, decía una publicidad insistente; otra era más sugestiva: “Ford Falcon. Hoy más que nunca un amigo de fierro”. Para 1978, el Falcon se realiza un nuevo lifting: por primera vez desde su nacimiento, el logo ovalado de Ford se inserta en su carrocería. Era el “Clásico Argentino”.
El Falcon fue el automóvil más vendido en el país en los dos últimos años de la década del 70: 109.785 unidades. Con el inicio de la nueva década, recuperada la democracia, la seducción publicitaria comenzó a contrastar con el olor nauseabundo de miles de historias truculentas. La doble vida caníbal de aquel Falcon navegaba entre nosotros.
“Un domingo, observó el ingreso de diez a quince automóviles, entre ellos dos Ford Falcon de color blanco, en uno de los cuales identificó como ocupante al Comandante del III Cuerpo del Ejército (…). En ese mismo instante comenzaron a escuchar nutridos disparos de armas de fuego. Cuando vieron los autos junto a la fosa, apreció un numeroso grupo de personas con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados” (Legajo N° 4.213).
Anteojos negros
Entre muchas cosas, los Falcon se distinguieron por la variedad de sus colores: negro ébano, blanco Túnez, azul cobalto, rojo borgoña o amarillo Sahara, azul Bermuda o cobalto, gris albatros. El verde fue jade, cristal, álamo, Irlanda, esmeralda, hiedra. Algo es claro: tanto como los blancos y azules, los verdes se destacaban sobre el resto. Eran parte crucial de la flotilla vehicular de ministerios, departamentos oficiales y custodia de autoridades varias, políticas o no. Se apostaban cotidianamente en las puertas de las comisarías, salían raudos de los sitios más impensados, deambulaban por las calles a cualquier hora del día, sobre todo por las noches, ocupados por extraños personajes, muchos vestidos de sport.
En aquellos días asfixiantes, la presencia de un Falcon quieto en una esquina rara vez pasaba inadvertida. Quienes lo ocupaban tenían gestos de ostentación, desmesurados, impunes. Vagaban dueños de la vida, agazapados, siempre con apetito de atrapar nuevas presas. Se recuerdan aún aquellas miradas inquisidoras al punto de obligar a bajar la mirada de ocasionales peatones. Era común ver los ojos de estos sujetos detrás de sus aparatosos anteojos negros, que usaban bajo el sol o en la oscuridad. Al llegar al sitio prefijado, frenaban bruscamente las ruedas de sus autos y cerraban de manera violenta las puertas al bajarse.
El diario La Nación, en su edición del 18 de julio de 1976, describe un trémulo suceso: “Un hecho registrado ayer a la tarde en un cine del barrio de Caballito causó alarma a los numerosos espectadores que se encontraban en su interior, sorprendiendo a los transeúntes de la zona. A las 19.30 horas se detuvieron ante el cine Moreno, ubicado en Rivadavia al 5050, una furgoneta Ford de color blanco, chapa D-171622, y un automóvil Ford Falcon metalizado, de los que descendieron varios hombres que se dirigieron al boletero de la sala. Luego de identificarse como policías, le indicaron que hiciese encender las luces del local, donde en ese momento se proyectaba la película”. La historia concluyó con el corte intempestivo del largometraje, las luces encendidas de manera violenta y el secuestro del periodista Enrique Walker, secretario de redacción de la revista Gente y colaborador de numerosas publicaciones. Nunca se volvió a saber de él.
Te vi pasar
En un Falcon color verde secuestraron a Azucena Villaflor, fundadora de la asociación Madres de Plaza de Mayo, el 10 de diciembre de 1977. Secuestrada en la vía pública cuando iba a comprar el diario, fue arrastrada de los pelos varias cuadras hasta que sus captores lograron introducirla en el auto.
Igual a lo sucedido en otras fábricas, y en muchos casos con la colaboración de sus autoridades, la cacería represiva llegó a la Ford de General Pacheco, donde el cuerpo de delegados fue el que sufrió los mayores embates. Hubo secuestros temporales y varios trabajadores continúan hoy desaparecidos. Sectores de la propia planta fueron utilizados como sitios de tortura y detención.
“Por la noche se presentaron en la casa dos coches cargados de hombres fuertemente armados, golpeando hasta romper la puerta y, amenazándolo con armas largas, le preguntaron si era delegado de Ford. Uno de ellos tenía una tarjeta Kardex con una foto suya. Al verla reconoció el documento como la ficha de ingreso en la fábrica” (Legajo N° 1.638).
En su momento, el periodista Miguel Bonasso recordó que estando él en el hotel Habana Libre, en 1975, un colega le dijo: “No te asustes, chico, porque esta noche te vamos a llevar al Tropicana en un Falcon verde”. Aludía a los Falcon que la Ford Motor de nuestro país le había vendido al gobierno de la isla, luego de que el expresidente Juan Perón y su ministro José Ber Gelbard decidieran no hacer caso al bloqueo económico auspiciado por la Casa Blanca. La exportación del modelo a Cuba se inició en 1974 y perduró hasta el fin de esa década.

Preparados listos ya
Como hienas desquiciadas, los tripulantes de aquellos Falcon introducían a sus víctimas en el piso de la parte trasera o bien en el amplio baúl, donde se desataba el infierno: la antesala de la muerte, el primer contacto del detenido inerme con un espanto que, para su pesar, recién comenzaba. Era el traslado por rectas y curvas, de manera demencial, veloz como el rayo, muchas veces en caravana. Ni amarillas ni rojas, ninguna señal podía detener aquella lava verde, a la que a veces se le añadía una sirena en el techo para acelerar el tránsito pesado. Era el horror a cielo abierto.
En El Estado terrorista argentino, el exjuez y secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, ilustra la trama del dolor: “Un ciudadano camina por la calle o se encuentra sentado en un café, y de golpe, siente caer sobre sí un grupo armado que lo golpea, lo arrastra y lo introduce en el baúl de un automóvil. Allí comienza el drama del detenido-desaparecido. El primer impacto traumático está en plena ejecución, los golpes propinados, el dolor de las ataduras, la incomodidad del maletero del coche y la angustia creciente. La sensación de absoluta indefensión y el temor a lo desconocido que invaden al secuestrado a partir del momento en que ha advertido que no se trata de una detención legal. En el caso de los militantes políticos, esa angustia tiene otra vertiente: el temor de cuál va a ser su comportamiento frente a la brutalidad de los interrogatorios”.
Buena parte de las chapas identificatorias de estos vehículos estaban semiocultas, otras lucían sin más. Muchas comenzaban con C1-113 al 119. Ya en los últimos años de la dictadura en el poder, el andar despiadado de esos Falcon era una semblanza conocida por buena parte de la sociedad. Por vivirlo en carne propia, por chocarse inesperadamente con ellos o enterarse a través de comentarios en voz baja, la espantosa doble vida de aquel Falcon solo era un secreto para quien no quisiese ver ni escuchar.
Ciertos largometrajes de la época mostraban, algunos de manera casi impúdica, el perfume marcial de la tragedia: los Ford Falcon fueron primeros actores en la publicidad cinematográfica, en comedias de enredos, en las historias de jóvenes enamorados durante el servicio militar y en las peripecias de los cuasi parapoliciales Tiburón, Delfín y Mojarrita, super agentes del cine local. A propósito: desde el inicio mismo del actual gobierno ultraderechista en el país, proliferan en redes sociales, televisión y medios gráficos, imágenes de los Falcon, junto a discursos que añoran aquellos tiempos lúgubres, algo comprensible, teniendo en cuenta el discurso oficial que, palabras más, palabras menos, reivindica los crímenes de la dictadura cívico-militar.
Es claro: no es la maquinaria responsable de aquella cacería humana, construida con el sudor y la sabiduría de operarios y técnicos. Culpables fueron aquellos ocasionales ocupantes en un período determinado de nuestra historia. Y aun así, su imagen, el apetito voraz de sus baúles, el porte de su trompa verde surgiendo en las esquinas, la carga emotiva que produce todavía verlo, no se olvidan.
