Cuando un artista es ídolo de millones, superando barreras idiomáticas, geográficas, políticas y sociales, puede llegar a confundirse con ese personaje que se proyecta a su público. John Lennon, sin embargo, tuvo siempre un cable a tierra que le evitó encandilarse por la idolatría de la Beatlemanía. Las letras de sus canciones muestran bolsones de alienación, soledad e introspección ya desde el principio, cuando el mundo de la música pop se rendía sin reservas a los pies de los cuatro jóvenes de Liverpool.
En el álbum debut de los Beatles, Please Please Me, detrás del ritmo vibrante de “There’s a Place”, se escondía una letra introspectiva: “Hay un lugar adonde puedo ir / cuando me siento deprimido / cuando me siento triste / está en mi mente”. Un año después, en A Hard Day’s Night, John confesaba en “I’ll Cry Instead” su dificultad de comunicación y su angustia por la pérdida de un amor: “Tengo un complejo que es más grande que mis pies / no puedo ni conversar con la gente que me encuentro”.
Los personajes de Lennon son demasiado creíbles como para pensar en una excesiva distancia crítica entre obra y creador. En el álbum Beatles for Sale, de 1964, Lennon enfrentaba una realidad personal muy distinta a las mieles del estrellato masivo. En “I’m a Loser”, John canta: “A pesar de que río y actúo como un payaso / detrás de esta máscara tengo un rostro de tristeza // Soy un perdedor / he perdido a alguien que quería de verdad / Un perdedor… no soy lo que aparento ser”. En “I Don’t Want to Spoil the Party” escribía acerca de un muchacho a quien su chica lo deja plantado y, después de tomarse un par de copas, decide irse de la fiesta donde esperaba reunirse con ella, diciendo: “Odiaría que se note mi desilusión / no hay nada para mí aquí / así que voy a desaparecer”. Tal vez sea el mismo enamorado de “No Reply”, quien, con una mezcla de celos y despecho, ve a su amada entrar a su casa de la mano de otro tipo y, para colmo, cuando la llama por teléfono, la chica se hace negar por sus padres, de allí el título: “Sin respuesta”.
A través de los discos de los Beatles hay más pistas de este otro Lennon, vulnerable y sensible, el lado B del personaje irónico, burlón y mordaz, que asomaba en sus reportajes y apariciones públicas. En el tema que titula el álbum Help!, de 1965, hay un grito de socorro insoslayable: “Cuando era mucho más joven / nunca necesité la ayuda de nadie / pero esos días han pasado / ahora no tengo tanta seguridad en mí mismo / mi independencia parece desvanecerse en la neblina”. Estas dudas existenciales se verían potenciadas, meses después, en el álbum Rubber Soul, en “Nowhere Man” (Hombre de ningún lugar), cuyo protagonista, “no tiene puntos de vista, no sabe adónde va / ¿no es un poco como ustedes y como yo?”.
UNA (R)EVOLUCIÓN MUSICAL
Lennon fue decisivo en forjar la evolución musical de los Beatles en el álbum Revolver. En el single “Rain”, y en dos temas de ese larga duración, “Tomorrow Never Knows” y “I’m Only Sleeping”, captamos otra dimensión de John: el despertar de su conciencia mística, estimulado por drogas psicodélicas como el LSD, pero sobre todo por una insatisfacción con las limitaciones del estrellato. Esta línea de composición alcanzaría un pico de excelencia en “Strawberry Fields Forever”, nostálgica evocación de la infancia que desemboca en otra reflexión existencialista.
Los años 1967 y 1968 fueron turbulentos para John. En medio del Verano del Amor, mientras el mundo ensalzaba esa obra maestra que fue Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, Lennon se debatía en su crisis personal, que condujo al divorcio de su esposa Cynthia Powell y a su matrimonio con la artista japonesa Yoko Ono, en quien creyó descubrir su alma gemela. Romper con el pasado no fue sencillo, pero el viaje de los Beatles a la India, al centro de meditación del Maharishi Mahesh Yogi, le sirvió a Lennon como catalizador de deseos y frustraciones largamente contenidos. Fue el detonante de un período muy prolífico, el del Álbum Blanco, el disco doble que los Beatles editaron a fines de 1968 y donde Lennon aportó canciones reveladoras como “I’m So Tired” y “Yer Blues”, donde confiesa su soledad, su insomnio, su amor desesperado por Ono y sus ocasionales pulsiones tanáticas, mientras que “Julia” es, a la vez, homenaje sentido a su madre y expresión de sus sentimientos por Yoko.
Mucho se ha escrito sobre la disolución de los Beatles, pero, si bien el final pudo ser menos traumático, en última instancia fue la decisión de cuatro muchachos que, tras crecer juntos en público, en el umbral de la madurez querían dejar de ser “patrimonio público” y seguir con sus propias vidas.
DESPUÉS DE LOS BEATLES
Tras esa ruptura, de abril de 1970, Lennon realizaría su catarsis pública con su primer álbum post-Beatles: Plastic Ono Band. John y Yoko realizaron una terapia con Arthur Janov, profesional estadounidense que publicó El grito primal, libro donde afirmaba que todas las neurosis provenían de falta de amor paterno. Su terapia alentaba al paciente a “gritarles” a sus padres ausentes, para exorcizar sus demonios. La experiencia con Janov sería uno de los grandes disparadores del nuevo álbum de John Lennon.
Plastic Ono Band no es un disco sencillo de escuchar, pero es precisamente la cruda intensidad que transmiten las confesiones de Lennon lo que atrapa al oyente y no lo suelta hasta el último surco del disco. Esa mezcla de sensaciones, en la que conviven la angustia y el alivio de dejar de ser Beatle, el quiebre de la fantasía idealista de los 60, sus fantasmas del pasado –la ausencia de su padre y la muerte prematura de su madre–, todo ese bagaje emocional que John arrastraba fue volcado en este álbum, para el cual Lennon eligió una instrumentación austera: él mismo en guitarra, el bajo de Klaus Voormann y la batería de Ringo, y algún piano ocasional rodeando su voz.
En “Mother”, Lennon hace frente a sus traumas de la infancia; en “Isolation” relata la sensación de vivir aislado del mundo junto a Yoko, mientras que “I Found Out” es una diatriba contra los oportunistas que lo rodeaban por ser famoso. El contraste lo brinda “Love”, una simple y emotiva declaración de amor.
“Working Class Hero” es una ácida crítica a las hipocresías del sistema de clases inglés, pero tiene resonancias universales: “En cuanto nacés te hacen sentir chiquito / te quitan el tiempo en vez de dártelo todo / hasta que la pena es tan grande que ya no sentís más nada. / Te lastiman en casa y te pegan en la escuela / te odian si sos inteligente y desprecian a los tontos / hasta que estás tan jodidamente loco / que no podés seguir sus reglas. / Te mantienen dopado con religión, sexo y TV / y vos te creés tan listo, por encima de las clases sociales, y tan libre / pero sos un jodido ignorante / en lo que a mí respecta”.
El corolario final era “God”, donde Lennon se despojaba de los mitos acumulados a través de los años –políticos, religiosos, musicales– a la vez que acuñaba su famosa frase: “El sueño terminó”. Un sueño terminaba, es verdad. Pero a la vez continuaba la realidad de un artista consustanciado con su lugar y su tiempo.
John se mudó con Yoko a Nueva York y los primeros años 70 lo vieron acuñar discos notables como Imagine, Some Time in New York City y Mind Games, a la vez que se involucraba en causas sociales y políticas que lo pusieron en la mira del FBI de la administración Nixon. Lennon salió airoso del asedio y consiguió su tarjeta verde de residente. Después dedicó la última parte de la década a criar junto a Yoko a su nuevo hijo varón, Sean.
Un acto criminal absurdo puso fin a la vida de John Lennon en 1980, justo cuando regresaba a la música con el álbum Double Fantasy. Su obra, no obstante, suena tan relevante y fresca hoy como hace cinco décadas. Esa voz, esa pasión, esa contagiosa pulsión por la vida que resuena en sus canciones, no se encuentra todos los días… Y se extraña.
