El 9 de octubre de 1940, cuando creo que los Beatles todavía nos atacaban a gritos liderados por Madalf Heatlump (que solo tenía uno), estaba aburrido.
En fin, no me atraparon. Asistí a varias escuelas en Liddypol y seguía sin destacar mucho en los suministros de mi tía. Como miembro de los Beatles más famosos, mis discos (los de P, G y R) quizá les parezcan más graciosos a algunos que este libro, pero, a mi parecer, esta corrección de un escrito breve es la risa más maravillosamente grotesca que jamás haya leído. Que Dios los ayude y los bendiga a todos”.
Las palabras pertenecen a John Lennon, fueron escritas hace más de 60 años y publicadas en su libro In His Own Write (1964), al que meses después le sumó A Spaniard in Works. En plena Beatlemanía, el líder de la banda se atrevió a publicar relatos cortos y poemas, mezcla de Joyce, Allen Ginsberg y Lewis Carroll (sus grandes referentes), del humor ácido y el absurdo a la sátira y la ironía frente al conservadurismo de la sociedad inglesa. Estos elementos los eternizó en toda su carrera artística y, dentro del grupo más famoso de la historia, sirvieron como complemento ideal de la corrección y el virtuosismo de Paul.
Tom Maschler, director literario de la editorial Jonathan Cape, afirmó: “John era rápido, ocurrente y cáustico. De una agudeza y sensibilidad extremas: si todo marchaba bien, resultaba una delicia. En cambio, si no lo captabas, te hacía sentir peor. Yo lo encontraba fascinante.”
Sus propios libros son la primera estación ineludible para abordar la bibliografía lennoniana. Después aparecen más de 40 realizaciones literarias de otros autores en las que John es justamente el protagonista. Como todo con los Fab Four de Liverpool, no existe una verdad, y en cambio surgen capas y capas de eventos, significados, mitos, personajes y revelaciones (para muestra, valen los Anthology, que siguen dando de comer al mundo musical).
Sería imposible enumerar todos los libros sobre John (los hay novelados y con ucronías, por ejemplo qué hubiese pasado si moría Paul; los hay sensacionalistas y controvertidos; están los que abordan sus últimos días, los que se centran en él y Yoko; los hay fotográficos como John Lennon: los años en Nueva York, de Bob Gruen). Se podría destacar, de mínima, los que coinciden en una particularidad que les da un plus: aquellos escritos por algún protagonista que rodeó a los Beatles.
Así, por ejemplo, está un clásico: The Beatles, de Peter Brown y Steven Gaines, al que recientemente le sumaron All You Need Is Love, con todas las entrevistas que hicieron para el primer libro. ¿Quién fue Peter Brown? El asistente del manager, Brian Epstein. Tras la muerte de Brian por sobredosis de pastillas, Peter siguió con ellos siendo secretario y formó parte de Apple Corps. Los conocía de sobra, al punto de ser mencionado en “The Ballad of John and Yoko”, cuando autorizó la boda en Gibraltar.
LO QUE VIENE
Sin escapar de cierto tinte sensacionalista, merece estar en cualquier biblioteca, brinda detalles y apunta a un concepto: La Próxima Cosa Grande. Resumido: John, dice Peter Brown, en su fragilidad, siempre vivió buscando La Próxima Cosa Grande, esa relación que motivara sus deseos. Y que casi siempre terminó mal, frustrándose, chocando contra la pared.
Lo fue su madre Julia, que se alejó varios años, volvió compinche de John y murió embestida por un auto cuando él era adolescente; lo fue Paul, su amigo y socio musical; lo fue el Maharishi; lo fue el LSD; lo fue Alex el Mágico; lo fue la Paz o el activismo político en su llegada a New York (terminó perseguido por la administración Nixon). Todos le fallaron.
Quizás solo Yoko resultó La Próxima Cosa Grande más sincera y duradera. Si bien se separaron 18 meses en 1973, con ese período llamado “The Lost Weekend”, signado por un John borracho y drogado en los bares de Los Ángeles junto a personajes como Ringo, Harry Nilsson y Keith Moon, hasta reencontrarse con Yoko en un recital junto a Elton John.
En la escena final, Yoko llama a tres personas ni bien John muere asesinado: a Paul, para contarle que se había ido el compañero que nunca más iba a poder tener; a Julian, que se había ido el padre que nunca tuvo; y a Mimi, que se había ido el hijo que nunca fue.
Hay algo en lo que coinciden todas las biografías (Philip Norman lidera el canon de ellas con John Lennon): John podía ser tan frágil como inseguro, tan genio como hiriente; tan ídolo como humano, con todos los claroscuros posibles; tan sarcástico como vanguardista. Era increíblemente intuitivo, sagaz y directo.
GENIO CREATIVO
Fue suya la idea de grabar “Tomorrow Never Knows” “como si sonara dentro de una naranja”, lo que motivó innovaciones en el estudio a través de loops, cortes de cintas, la voz pasando por un Leslie y doblándola con el sistema ADT (su idea original era colgarse de un ventilador junto a Mick Jagger, poner el micrófono en el piso e ir girando encima).
Las grabaciones al revés, la búsqueda sonora con “Strawberry Fields Forever”, que terminó fusionando dos grabaciones en distintos tonos y velocidades (la primera como banda, y la segunda con orquesta); la magnificencia orquestal de “A Day in the Life”, obra cumbre lennoniana con letra surgida de una lectura de un periódico; o John pidiéndole a Yoko que esperara afuera del estudio para la grabación de la última canción juntos de la banda, en la que George, Paul y él (en ese orden) iban a hacer cada uno un solo de guitarra de despedida en “The End”. Todo esto se puede encontrar en El sonido de los Beatles, de Geoff Emerick, ingeniero de sonido en discos claves del grupo en los locos sesenta.
Otra forma de leer a (y sobre) Lennon son sus propias declaraciones. Es el caso de Las cartas de John Lennon, del periodista Hunter Davies, o la entrevista que le dio en diciembre de 1970 al fundador y editor de la revista Rolling Stone, Jann Wenner, ocho meses después de la separación de la banda, en la que relató: “Realmente, nunca me gustó escribir canciones en tercera persona sobre gente que vive en torres de concreto. Me gusta la música en primera persona”.
En otro tramo, reveló cuándo se dio cuenta de que era un genio: “Cuando tenía 12 años. Entonces me decía: ‘Debo ser un genio, pero nadie se ha dado cuenta’. O soy un genio o estoy loco. Si nadie me ha encerrado, entonces debo ser un genio. Ser genio es una forma de locura. La creación es un resultado del dolor. Hay que ponerlo en algún lugar, y yo escribo canciones”.
