Un especial de Caras y Caretas dedicado a Estela de Carlotto no estaría completo sin contar con la voz de la propia protagonista.
Referente insoslayable de los derechos humanos y presidenta y figura paradigmática de las luchas de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, se tomó un tiempo de una incansable tarea que aún continúa, a sus noventa y cinco años, para desgranar recuerdos de una vida ejemplar.
–¿Qué recuerdos tiene de su vida docente?
–Era la vida típica de una mujer de clase media. Mi marido era químico y tenía una pequeña fábrica. Yo primero fui maestra y después culminé mi carrera siendo directora de una escuela primaria cerca de La Plata, adonde vine a vivir: la Escuela Nacional de Brandsen. Soy porteña, pero a los diez años mi familia se mudó a La Plata y desde entonces me siento orgullosamente platense.
–¿Cómo era su relación con las niñeces de la escuela?
–Los niños a los que daba clases eran del barrio: sencillos, provenientes de sectores populares. Algunos eran atendidos por instituciones y organizaciones del Estado. Eso me daba mucha tristeza porque no conocían un hogar ni un lugar de familia. Trataba de ayudarlos en lo que podía: en sus penas, en sus carencias, en sobrellevar lo mejor posible las situaciones de pobreza y abandono. Tenía una relación tan maravillosa con ellos que muchos aún se siguen conectando conmigo. Ahí también conocí la solidaridad y la bondad de los sectores populares. Finalmente, me jubilé porque vino la etapa más trágica de mi vida: la desaparición de mis seres queridos.
–Primero el secuestro de su marido y después el de su hija Laura. ¿Cuáles fueron sus primeras acciones después del terrorismo de Estado ejercido sobre su familia?
–Me jubilé y me dediqué, junto a otras mujeres que habían sufrido las desapariciones de sus hijas e hijos, primero en La Plata y después en Buenos Aires, a reunirnos en nuestras casas. No pensábamos en fundar una organización formal, sino en armar un grupo de búsqueda frente a la dictadura cívico-militar.
–¿Cómo fueron las primeras reuniones?
–Con las amigas de La Plata nos reuníamos en las casas de algunas de nosotras. Después empezamos a vernos en Buenos Aires con las otras madres y con las abuelas, que tenían una doble búsqueda: la de sus hijos e hijas desaparecidos y la de los nietos que presumíamos habían nacido en cautiverio. Como la mayoría vivía en Buenos Aires, viajábamos permanentemente y hacíamos reuniones. No teníamos sede: nos encontrábamos en confiterías, fingiendo un té de amigas. Por teléfono nos decíamos “nos reunimos a comprar flores”. Ya en la confitería, generalmente en una llamada La Florida, cuando el mozo se iba, sacábamos los papeles para hablar con jueces y buscar estrategias lo menos peligrosas posible. Así, con compañeras que tenían el mismo dolor, fuimos formando de a poco esta asociación que hoy es reconocida mundialmente. De aquellas abuelas, solamente tres quedamos con vida.
–¿Qué rol cumplieron los maridos y los varones de la familia?
–Siempre digo que son los héroes anónimos. La mayoría de las mujeres teníamos el apoyo de nuestros maridos, pero no dejábamos que fueran a los actos porque corrían más riesgo. A los hombres los veían peligrosos. A las mujeres nos percibían como tontas. Supimos que el discurso de los militares era: “Déjenlas caminar y marchar, son mujeres, no valen nada, se van a cansar, van a tener miedo”. Entonces decidimos pedirles a los hombres que no vinieran a las actividades visibles: ni a la Plaza de Mayo ni a la Casa de Gobierno a reclamar por nuestros hijos. Y así nos dejaron. Pasaron casi cincuenta años y seguimos marchando. La profecía de los militares no se cumplió: no nos cansamos, seguimos reclamando justicia. Pasó medio siglo y seguimos reclamando justicia.
–Usted llegó a saber que su hija Laura en cautiverio dijo: “Mi mamá no le va a perdonar a los milicos lo que me están haciendo. Y los va a perseguir mientras tenga vida”.
–Sí. Evidentemente Laura me conocía más de lo que yo me conocía a mí misma. Nunca pensé que mi vida iba a tomar este derrotero y este compromiso político.
–¿En qué momentos de la larga y ardua lucha sintió que se cansaba, que iba a claudicar?
–Claudicar nunca fue una opción. Alguna vez le dije a mi marido que no daba más. Él, lejos de aceptar esa afirmación, me persuadió de lo contrario. Y eso que yo dejaba a marido e hijos para viajar, para buscar apoyo en el exterior. Su respuesta fue clara: “Las otras madres te necesitan”. Esa frase me sostuvo.
–¿Qué sentimientos experimentó en las primeras marchas?
–Tenía mucho miedo. En la primera marcha temblaba como una hoja, rodeada de policías a caballo. También temía por el resto de mi familia. Tuve cuatro hijos: dos mujeres y dos varones. Todos militaban y participaban en política. El más chico también fue perseguido: lo seguían en autos en las calles de La Plata y le advertían: “Carlotto, cuidate”.
–Entre los hitos de la historia de las Abuelas, ¿cómo nace el Banco Nacional de Datos Genéticos?
–La mayoría de nosotras éramos docentes, empleadas o amas de casa. Tuvimos que aprender a realizar la búsqueda. Al principio actuamos de manera un poco ingenua. Esperábamos y mirábamos a los chicos que salían de las escuelas, buscando parecidos físicos. Si alguien nos decía que había un nene al que lo retiraban de manera sospechosa, una se escondía detrás de un árbol para sacar una foto y otra disimulaba como si esperara a un nieto. Era absurdo, pero era lo único que podíamos hacer. Con el tiempo, una noticia en La Plata mostró que se había demostrado la relación de parentesco entre un padre y un hijo mediante un análisis clínico. Ahí nos dimos cuenta de que la clave de la búsqueda estaba en la sangre. Apareció entonces la figura de la genetista Mary-Claire King, una amiga profesional que nos ayudó muchísimo y a quien honramos de todo corazón.
–¿Cómo sigue la lucha de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo?
–Como las Abuelas que quedamos vivas somos casi centenarias, pasamos la posta a la organización conformada por nietos y nietas recuperados y por hermanos de los desaparecidos. Seguimos trabajando para que esto no vuelva a pasar y para seguir encontrando. Hace poco anunciamos la recuperación del hermano de una querida compañera. Vivía cerca de la casa de su hermana. Muchas veces la intuición familiar, esos dictados del corazón, ayudó en la recuperación.
–¿Qué estrategias políticas persisten en tiempos en que las políticas de memoria aparecen cuestionadas desde el discurso nacional?
–Es una lucha social. Tenemos democracia, que es lo más importante, pero pareciera que quieren reducirla al simple acto de votar. Después hay que ver qué pasa con el elegido: si gobierna para todos o solo para unos pocos. Pareciera que el presidente y su equipo gobiernan para los que más tienen. Estamos en un gobierno que fue elegido democráticamente, pero que va perdiendo legitimidad por sus acciones negativas. Este gobierno no nos quiere ni nos ayuda. Tampoco ayuda ni cuida a la mayoría del pueblo ni a los sectores vulnerables. Es lamentable. Fue elegido democráticamente, pero está llevando al país a una situación tremenda.
–¿Qué mensaje les daría a las juventudes?
–Los jóvenes son fundamentales para la lucha, pero es necesario que sea sin violencia. Las diferencias políticas no tienen que convertirnos en enemigos. Hay que buscar caminos de pacificación para llegar a la paz social. Una condición básica es el respeto a los ancianos. Todos los miércoles, una ancianidad que necesita cuidado del Estado marcha y es agredida por fuerzas de seguridad. Eso no debería existir nunca, y mucho menos en democracia. Hoy estamos en una democracia que muchas veces no parece serlo.
