Hace unos pocos meses, Paula Eva Logares recibió de manos de Estela Carlotto y otras Abuelas su Archivo Biográfico Familiar. Aún siente, y seguirá sintiendo, que la reconstrucción de su origen continúa de manera permanente, porque “es difícil configurar del todo la imagen de alguien que está desaparecido”, según confiesa. El material comprende testimonios, fotografías y documentos en torno a la identidad recuperada: un rompecabezas donde siempre faltan piezas y existen casilleros vacíos.
En el fragmentado universo de los nietos encontrados y restituidos a sus familias, que comprende tantas singularidades como hallazgos, el caso de Paula es paradigmático del accionar efectivo de la Justicia. Fue la primera vez que se empleó como prueba de filiación el análisis genético, que demostró que era hija de Mónica Sofía Grinspon y Ernesto Claudio Logares, secuestrados en Uruguay en mayo de 1978, cuando ella contaba con menos de dos años. Su madre estaba embarazada. Un subcomisario de la Policía Bonaerense la inscribió como hija propia. Ubicada y restituida en 1984, fue criada por su abuela materna. Sus padres y su hermano, posiblemente nacido en cautiverio, continúan desaparecidos.
–¿Cómo fue la relación con tus compañeros y docentes de primaria y secundaria, en tiempos donde todavía el tema era incipiente?
–No había un trato diferencial; en general, los docentes respetaban y acompañaban. En un acto escolar del que yo iba a participar, por ejemplo, una maestra me hizo el disfraz. El inconveniente principal era que yo figuraba en el registro con otro apellido, el de la familia apropiadora. Mi abuela era custodia, pero aún no tenía la tenencia. La tutela estaba a cargo del juez, en un juicio que duró años. Eso acarreaba también confusiones en mis compañeros, que no sabían cómo llamarme. En el medio, tuvieron que cambiarme de escuela.
–¿Cómo fue tu relación con Abuelas en general y con Estela en particular?
–Cuando recuperé mi identidad, me llevaron a conocerlas. En la primera reunión había un clima muy familiar: te recibían con sándwiches y gaseosas, como una bienvenida. Después seguí yendo cuando acompañaba a mi abuela, y a veces nos encontrábamos con chicas de la misma edad y jugábamos entre nosotras en una oficina, mientras los grandes hablaban en otra. Estela es un personaje muy fuerte, con un carisma especial. Se expresa bien, le tocó exponerse, pero no es la única. Ella representa a un grupo de mujeres muy valiosas, todas tocadas por algo personal. Hoy muchas pasaron los 90. Mi abuela mantiene la misma lucha hasta hoy. Algunas, como Rosita Roisinblit, fallecieron hace poco, con 106 años. Tuvieron y siguen teniendo un enorme amor de familia, y lo supieron transmitir. Nunca llamaron a la violencia ni reclamaron venganza, sino que sostuvieron una búsqueda que sigue hasta el presente. Quisieron saber de sus hijos y de sus nietos, un derecho que no se les puede negar. Estela viajaba todos los días desde La Plata, pero tantas otras también. Los hijos de desaparecidos de pocos años, sus nietos, figuraban en los archivos de Inteligencia como “terroristas” por la filiación.
–¿Cómo evaluás, en perspectiva, la militancia de tus padres, teniendo en cuenta que arriesgaban sus vidas por una causa pero también exponían, en cierta manera, la seguridad de sus hijos?
–Desde mi subjetividad, el compromiso era absoluto. Estaban seguros y convencidos de lo que hacían. Pero no nos expusieron: nos cuidaron. Tener un hijo no implica necesariamente quedarse en casa. En mi caso, ellos se corrieron de esa historia y se fueron a Uruguay. Incluso tenían trabajos con sus nombres verdaderos, hasta un crédito para la vivienda. No se les ocurrió que pudiera haber un peligro para ellos ni para mí.
–Se suele generalizar que la juventud de hoy en día está lejos de aquellos ideales y adhiere al individualismo. ¿Qué mirada te merece y cómo es tu diálogo con la juventud en general?
–No existe “la juventud” como tal. No todos piensan igual: hay distintas maneras y son momentos diferentes. Si los comparamos con la juventud de nuestros padres, hoy los estándares son otros. En el medio pasaron un montón de cosas. Recientemente, la pandemia, por ejemplo, marcó profundamente a toda una generación. Yo tengo en mi familia chicos nacidos en pandemia, que no podían ser conocidos por las restricciones que había. Hoy en día, tener casa y trabajo es todo un logro; no parece haber tiempo para otra cosa. A veces me pregunto cómo hacían, porque trabajaban o estudiaban, pero también militaban. Iban a escolarizar a las villas, por ejemplo.
–El gobierno alienta un mensaje negacionista, cuando no directamente reivindicativo de la dictadura.
–Ese cartelito de “Nunca Más” con el que hicieron campaña es tan ridículo. Pero es la sociedad la que tiene que poner los límites, además de los estamentos institucionales.
EN EL NOMBRE DEL PADRE
Hacia 2008, el Banco de la Nación Argentina llevó adelante un programa de reconocimiento justo e interesante. A partir de la apertura del registro de empleados que fueron secuestrados o perseguidos durante los años de la dictadura, se instauró un cupo de resarcimiento.
“Figuraban con causas como ‘abandono del puesto de trabajo’ o cosas por el estilo, cuando estaban desaparecidos”, precisa Paula, que hoy se desempeña en la emblemática sucursal de Plaza de Mayo y es delegada gremial, una militancia que se asocia indirectamente con los ideales de aquellos que hoy no están.
–No se puede trazar un paralelismo, pero hay una continuidad.
–No es fácil, después de la violencia por la que pasamos. Es positivo reconocernos y que siga sucediendo. Y no lo digo desde un lugar de superada, sino como un valor de inserción social. Porque la sociedad fue disciplinada mediante el miedo. Eso dejó su marca en la solidaridad: desconfiar del otro, del que está a tu lado.
–¿El Archivo Familiar representó algún tipo de redescubrimiento?
–Lo tengo en casa, todavía no lo revisé por completo. La reconstrucción siempre está abierta. Es difícil reconfigurar la imagen de alguien que está desaparecido. Un 24 de marzo fui a un acto en la Facultad de Agronomía, donde ambos estudiaron, y conocí a quienes fueron sus compañeros.
–¿Qué te pasa por la cabeza y por el corazón cuando se anuncia la restitución de un nuevo nieto?
–Me parece maravilloso, porque se pone el foco en la familia, en el origen, en la historia. Cada persona cuenta. En un principio se cuestionaba el hecho de restituir identidad, porque ya tenían una familia, pero se trata de un regreso a la familia propia, un rescate para saber la verdad.
