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Caras y Caretas

           

“Hay un vínculo entre la formas narrativas del cine y del sueño”

Investigador, docente, coleccionista y divulgador de cine, Fernando Martín Peña acaba de publicar Sueños, donde presenta el registro de numerosas experiencias oníricas.

Fernando Martín Peña es conocido por su trabajo incansable con el cine, “en fílmico”, como un difusor de la historia del cine, basado en el disfrute de ver películas. En cambio no es tan pública su labor como conservador de un patrimonio cultural invaluable, y su solidez como académico, que también es cuando se lo propone.

Pero como el cine es un mundo onírico –si hablamos de cine en las salas y no de otros modos de ver audiovisuales–, y como nos contó Calderón de la Barca, los sueños sueños son, para su nuevo libro Peña acudió a ellos, a los que soñó durante mucho tiempo. Pasaron varios años de tener guardado el proyecto de hacer un libro, hasta que encontró en Elvio Gandolfo y Sergio Criscolo a quienes entendieron que había que liberar esos sueños y publicarlos.

“Fue totalmente accidental”, cuenta Peña cuando lo consultamos sobre el origen de Sueños. “Tenía una novia que hablaba mucho dormida, decía frases completas. Te aseguro que si en el medio de la noche la persona que está durmiendo al lado se pone a hablar, te pegás un susto bárbaro y te despertás. Cuando le contaba eso, me pedía que le dijera qué era lo que decía. Yo le contaba en términos generales, y ella me reclamaba exactitud. Así que para poder decirle exactamente lo que decía dormida, me puse una libretita al lado. Así fue que empecé a tomar nota, y de paso anotaba también mis sueños. Se los contaba a ella y le daban gracia. Los empecé a postear en Facebook, y la gente me decía que le daban gracia. Por eso se me ocurrió armarlos en forma de libro. Como uno asocia los sueños con lo visual, pensé en Diego Parés para hacerlo juntos, ya que es un dibujante extraordinario. Él se entusiasmó, pero era mucho trabajo y no pudo hacer todos los dibujos que imaginaba tenía que hacer. Doce años después, y queriendo sacarme eso que tenía pendiente, pensé que a lo mejor se podía sostener sin dibujos. Elvio Gandolfo, que además de ser un gran escritor es mi amigo, me dijo que el libro se bancaba sin los dibujos. Así que me animé. El libro es rigurosamente el relato de lo soñado. Incluso cuando me leen lo que escribí, no lo reconozco como propio. Porque los escribí consciente, pero respetando las imágenes que anoté medio dormido. Yo no tendría la imaginación para escribir esto en la vigilia.”

Sueños es un libro que no tiene sentidos ocultos o simbolismos. Es la recopilación, perfectamente curada, de aquello que Peña, laboriosamente, soñó y anotó durante muchas noches y madrugadas. Lo interesante de esta sucesión de “Anoche soñé” es que constituye un libro y no hojas sueltas. Se van hilando historias, construyendo personajes, recorriendo obsesiones. La figura del padre, cuya relación con la música puede intuirse –y desde ahí avizorar una herencia que persiste como el aroma de su perfume–. O el personaje de Fernando Peña como un perdedor, una suerte de Keaton en una película de Miyazaki, que tiene que arreglar un tren con una llave inglesa; o que nunca se queda con la chica; o que gana la lotería y la gasta en pavadas. El lector teje con hilos invisibles durante la lectura, trazando líneas aunque no haya nada prescrito, ni una estructura obvia. Hay continuidades que requieren algo de imaginación para hacerse evidentes.

Conexiones

“Hay algo muy lindo, que a mí me gusta de los sueños, que es que te permite conectar cosas que normalmente no conectarías”, explica Peña, y esa es una de las maneras de pensar este libro. “Esa parte es la que más reconozco en los textos. Hacés conexiones que la realidad no te deja, por lo menos a los que somos más o menos kantianos. En esos textos pude hacer esos vínculos que son frecuentes en el mundo onírico. Lo mismo pasa con ciertas frases. A veces me despierto y solamente tengo una frase. La frase no tiene el menor sentido, pero me despierto, la recuerdo y me da gracia. Por ejemplo, el título de una novela de Andrea del Boca, que se llama No me saquen las pilas. Esas cosas no sé de dónde vienen.”

Decenas de relatos que tienen un humor repentino, fugaz, pero que, como los buenos vinos, tienen un sabor que permanece después de un rato. Y como en la relación física entre imagen y movimiento, producido por el fenómeno de la persistencia retiniana, el encadenamiento de los sueños va construyendo un universo. Así aparecen el arte del siglo XX (el cine, Berni, los Beatles, Los Rolling Stones, o el tango) como la política nacional, desde Evita a Dujovne, pasando por un Lanusse que pinta en la espalda de una amante, e internacional, con el padre soñando la unión de las dos Coreas.

Así se lee: “Anoche soñé que Antonio Berni había sido mi profesor en la infancia y me había hecho un dibujo rarísimo de una máquina que ahora valía mucha plata. Yo quería subastarlo para comprar películas, pero entonces venía Sergio Berni, diciendo que era el hijo de Antonio, y me lo quería quitar”. El formato del gag, la referencia a sujetos concretos de la historia, y cierta develación inconsciente de ideas sobre el Berni falsificador y el Peña perdedor, todo en unas pocas líneas. Ahora bien, ¿es posible que Peña escribiera esto sin llegar a estar despierto?

“Mi novia me decía ‘Esto no puede ser’. Era una pequeña discusión, porque yo le aseguraba que era así, y ella sostenía que no podía ser. Independientemente de si alguien quiere creer que los inventé, mi excusa es que no tengo ninguna relación con la literatura. Soy un ensayista, un historiador del cine, pero no soy escritor, así que a mí esas cosas no se me pueden ocurrir normalmente. Me encanta haber podido lograr la conexión con esa parte del inconsciente, que es más creativa que la que manejamos cotidianamente. Me resultaría imposible en la vigilia sostener esa forma de humor. Lo interesante es que algunos causan gracias aunque para mí fueron pesadillas. Cuando escribís no podés reproducir la sensación de la pesadilla, de lo que te produjo angustia. Escrito sin recrear nada, el relato se vuelve ridículo. En el libro hay uno con vampiros y el Papa, por ejemplo, que fue un sueño de los que te despertás sudando. Pero cuando lo leés es una estupidez, no hay manera de verlo como algo que te dé miedo”, señala Peña.

Dos libros ya clásicos de teoría del cine, El cine o el hombre imaginario (1956), de Edgar Morin, y Las raíces del miedo (1979), de Román Gubern, son fundamentales para entender la relación entre cine y sueños. No solo lo hacen analizando la relación de ambos universos con el inconsciente, como señala Peña, sino también por la condición de la sala oscura, las condiciones físicas del espectador e incluso el tiempo de la duración de la ensoñación. Esa relación está presente en este libro, como en toda la vida de su autor.

“Es evidente que como soy un tipo que ve muchas películas, el cine está presente en muchos de los textos. Incluso sueño haber visto películas que no existen. Por suerte no existen. Hay un vínculo, evidentemente, entre la forma narrativa del cine y la forma narrativa que se produce cuando uno está soñando. Hace muchos años, en una conversación en la casa del Negro Caloi, Quino me preguntó: ‘¿Te parece que soñamos como soñamos porque existe el cine? Y si eso es así, ¿cómo soñaríamos antes de que el cine existiera?’ Le contesté que no tenía idea, en ese momento sentía que me está hablando Miguelito.  Eso es porque él, como tipo genial que era, en la vigilia podía hacer esos vínculos entre cosas que aparentemente no tienen que ver entre sí, y unirlas con un sentido que te permite entender mejor el mundo. Esa clase de artistas lo hace. Siempre me quedé pensando en cuál sería la respuesta. No la tenemos porque nacimos en un mundo en donde el cine ya existía. Por suerte”, concluyó Peña. Y deja la sensación de que el cine es inescindible de nuestra experiencia cotidiana. Y que nunca sabremos cómo sería nuestra vida si no lo hubieran inventado.

Escrito por
Daniel Cholakian
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