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Caras y Caretas

           

“No quería perder nunca a nada”

Ariel Ruiz fue entrenador y asistente personal de Guillermo Vilas durante los últimos años de su carrera. En esta entrevista, relata cómo convivió con la disciplina, obsesión y pasión del mejor tenista argentino de la historia.

Guillermo Vilas dejó la práctica activa del tenis profesional a los 36 años, después de perder en primera ronda de Roland Garros el 30 de mayo de 1989 ante el italiano Claudio Pistolesi, quince años menor que él, en sets corridos. Ese día dijo en conferencia de prensa: “Esta quizás haya sido mi última vez. Pudo haber sido mi último partido porque no puedo seguir poniendo excusas ni pidiendo wild cards (invitaciones) para entrar a los torneos”. Su última temporada completa en el circuito ATP había sido en 1982, seis años antes.

Por entonces, Ariel Ruiz era un joven veinteañero que también había dejado el tenis profesional de manera prematura y encontraba en el oficio de entrenador una forma de seguir ligado al deporte que siempre amó. En 1990 formaba parte de la academia que dirigía Modesto Vázquez en el Circuito KDT de Palermo. Allí se produjo el encuentro entre ambos, según relata desde México, donde vive actualmente.

–Un día llega Guillermo Vilas a la academia de Tito diciendo que tenía ganas de volver al circuito profesional y que necesitaba hacer una pretemporada completa. Entonces Tito lo manda a la cancha donde estaba yo y me pide que me encargue.

–¡Qué responsabilidad!

–(Se ríe) Quizás haya sido un castigo… Sí, siempre fue un tipo muy obsesivo, detallista, y hasta que los golpes no le salían no dejaba de intentarlo. Sabías cuándo empezaban los entrenamientos, pero no cuándo terminaban: podían durar muchas horas. Pero se trataba del mejor jugador argentino de la historia, así que me adaptaba; para mí era un honor. Uno de los primeros días me dice: “¿Te gusta el rock?”. Yo siempre fui muy rockero, le dije que sí. “¿Qué tenés que hacer esta noche?”, me pregunta. Me llevó a un bar donde tocaban bandas; de pronto apareció Pappo y se saludaron como íntimos amigos. Yo no lo podía creer.

–¿Cuánto duró esa pretemporada?

–Dos meses. Para mí ya eso solo había sido lo máximo. Después se fue a hacer una gira de torneos Challenger con base en Nueva York. Me llama: “¿Quién habla?”. Me dice: “Vilas, boludo”. Y me pregunta: “¿Cuánto me cobrás por ser mi entrenador?”. Me tiró la pelota a mí. Ponele que si yo cobraba diez, le dije doce, un poquito más. Creo que valoró que no me sarpé: otros le habrían dicho cincuenta, cien, cualquier cifra… era Vilas. Me dijo: “Me gusta cómo trabajás, vení para Estados Unidos”, y me dijo la mentira más grande: “Lo único que quiero es que me entrenes”. Porque terminé siendo durante tres años su asistente personal, su cocinero, su despertador, su chofer, su psicólogo, su amigo, su compañero de aventuras… y además su entrenador.

La vuelta del marplatense fue deportivamente fallida: un desafío que afrontó, pero que no pudo superar. En tres años participó en veintidós torneos del circuito Challenger –para tenistas emergentes que buscan puntos para escalar en el ranking principal– y en dos torneos ATP sobre arcilla en 1992, con 40 años de edad: el Verizon de Atlanta en abril, donde cayó en primera ronda ante el ruso Alex Volkov (25 años) por 7-5, 6-7 y 3-6; y el Abierto de Bordeaux en noviembre, donde también perdió en primera ronda frente al español Germán López Montoya (21 años) por 4-6, 6-3 y 0-6. El balance total fue pobre: ganó cuatro partidos y perdió veinticuatro, entre ellos uno ante el joven catalán Álex Corretja. Pero para Ariel Ruiz fueron largas temporadas de momentos únicos e inolvidables, porque Vilas no dejaba de ser una celebridad aun jugando en ese nivel, y se movía como una estrella.

–Llegamos a uno de los primeros Challengers en que se anotó, en Ribeirão Preto, Brasil. Desayunamos, nos instalamos y le avisan del fallecimiento de su padre, el Cholo. Estuvimos dos horas ahí…

–¿No llegó a jugar?

–No. Contrató un avión privado y volamos directo a Mar del Plata para el velatorio. Después continuó el funeral unos días en Buenos Aires, en su casa de Schiaffino y Alvear, donde fue mucha gente a saludarlo, incluido el presidente patilludo de La Rioja.

–¿Y después de eso volvieron al circuito Challenger?

–Sí, a seguir entrenando. No paraba nunca. Le gustaba hacer todo en la cancha; por eso hay fotos en las que estamos almorzando o descansando al costado de la cancha charlando, porque ese era su lugar. Dejaba todo por el tenis: un día me dijo “yo empecé a coger de verdad a los 30 años”, porque antes estaba dedicado por completo al tenis.

–¿Fueron juntos a ver a Metallica?

–Yo era fanático de Metallica y vi que iban a tocar en el estadio de los Giants de Nueva Jersey. A Vilas le encantaba hacer estas cosas: “¿Te gusta Metallica?”. Levantó el teléfono, habló con alguien y me dijo: “Listo, tenemos credenciales con acceso a camarines”. Le pregunté con quién había hablado y me respondió que con Lars Ulrich, baterista de la formación original, a quien Vilas conocía desde chico por haber enfrentado al padre, el mítico tenista Torben Ulrich, el primero en usar vincha y pelo largo. Fuimos al recital, entramos al camarín… para mí fue como un sueño. Él estaba acostumbrado: era una celebridad.

–¿Se fue dando cuenta de que ya no iba a volver al nivel de otros tiempos?

–Un día me dijo: “Si lográs que vuelva a jugar bien, vas a tener laburo toda tu vida” (se ríe). Le faltaba ritmo de competencia, pero nunca lo asumió. Nunca lo manifestó abiertamente. Se fue dando. Creo que nunca va a dejar de ser tenista. Si vos no lo dejás, el mismo tenis te va dejando fuera a vos. Él se siguió tomando cada partido con la misma seriedad que el primero, incluso después, cuando empezó a participar en el circuito seniors. En ese momento me dijo que ya no hacía falta que viajara con él para entrenarlo, que prefería que me ocupara del proyecto del Vilas Racket, que no era suyo, él ponía el nombre. Así que también fue un orgullo participar de la creación de un club de tenis de primer nivel. Por ahí pasaron todos; hasta Diego Maradona estuvo un tiempo y venía una vez por semana.

–Aun retirado, no podía salir del personaje.

–No, claro. Tipos así siguen siendo competidores toda la vida. Yo lo veía a Maradona jugar fútbol cinco o al tenis en el Vilas Racket y se enojaba como en la final del 86: nunca jugaba en broma. Y Guillermo tampoco: nunca jugaba en broma al tenis, nunca entrenó en broma. Él se divertía haciéndolo en serio. Una vez estábamos entrenando para una exhibición, faltaba una semana, y por pasarle una pelota corta o más corta de lo que él quería, me miró y me dijo serio: “Me cagaste el torneo”. ¡Una bola de dos mil que le tiré en ese entrenamiento! El tipo no quería perder nunca a nada. Cuando jugaba al fútbol, si iba perdiendo y veía que ya no lo iba a poder dar vuelta, agarraba la pelota y se iba, una cosa de locos. En un partido de dobles entre amigos, yo jugaba con Tony Peña; era de esos días en que te sale todo bien, me entraban todas las pelotas que tiraba. Guillermo puteaba y puteaba, enojadísimo. Se me acerca Tony y me dice: “Empecemos a tirarla afuera, porque si se sigue enojando nos va a echar del club”.

–No podía parar…

–No… Una vez nos fuimos a Punta del Este a una exhibición en el Conrad con Batata, Guillermo, Mats Wilander, Björn Borg, Yannick Noah y Henri Leconte, unos locos tremendos. Todos salían de noche, iban a tocar a un pub que se llamaba Moby Dick, trasnochaban hasta las siete de la mañana y a las 11 ya estaban jugando. Guillermo no. Entrenaba tres o cuatro horas por día como si fuera a jugar Roland Garros. Yo me quería morir… (se ríe).

Escrito por
Alejandro López
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