La vigésima edición del Festival de Teatro de Rafaela (FTR), entre el 8 y el 13 de julio, fue un largo festejo por estas dos décadas ininterrumpidas. Desde el comienzo, con baile popular, cotillón y trencito entre animadores en zancos y malabaristas, hasta el cierre a pura risa con el nuevo espectáculo de Sutottos, los rafaelinos –y muchos visitantes– acompañaron colmando un total de sesenta funciones.
Esta fue la primera edición en la que estuvo ausente el Instituto Nacional del Teatro (INT), que de a poco comienza a desentenderse del quehacer escénico nacional. Concentrado el poder en manos del secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, un productor de teatro comercial que considera que la cultura es un gasto y que su gestión “tiene que salir hecha” en términos económicos, la promoción del federalismo es una entelequia. En mayo, a través del decreto 345/2025, el gobierno nacional eliminó la autonomía y desarmó el Consejo Federal cuyas decisiones tenían carácter vinculante. El reclamo por la derogación del decreto estuvo presente en la palabra de salutación de cada uno de los elencos.
Ante la inédita suspensión de la Fiesta Nacional del Teatro desde 2024, nunca anunciada formalmente, el FTR se convierte en uno de los eventos con mayor presencia de teatro creado fuera del AMBA. La amenaza sobre la escena federal, y la imposibilidad que la mayoría del público tiene de acercarse a estos trabajos, habilita que esta reseña se enfoque en sus particularidades y riquezas.
Los laboratorios, el encuentro entre lo local y lo externo
Cada año, en los meses previos al FTR, se organizan distintos laboratorios escénicos en los que creadores invitados generan un trabajo con artistas rafaelinos, cuyo resultado se presenta durante el festival. Dos de los cuatro laboratorios, uno encabezado por Toto Castiñeiras y otro por Fernando Rubio, pusieron en juego la capacidad de adaptación de las y los artistas seleccionados a propuestas de trabajo estructuradas previamente, con formatos y modelos precisos y probados.
Castiñeiras encontró en los primeros encuentros el eje de un relato en los “negruchos”, pájaros que habitan los árboles de la ciudad, cuya voz suena en las noches como un sonido fantasmal y amenazante. Con esta premisa elaboró un texto y llevó a sus actores a construir personajes, con identidad y desarrollo dramático preciso, a partir de una poética sostenida por el teatro físico y el movimiento coordinado. A esto aportó cada uno las condiciones personales y los saberes de las disciplinas en que se formaron. El encuentro entre artistas surgidos en la teatralidad tradicional con artistas circenses, gente experta y nóveles, con un dispositivo marcado por el movimiento, la geometría y la velocidad ha dado un resultado maravilloso: Caza de pájaros es un espectáculo que recupera la identidad local y arriesga estéticamente.
Fernando Rubio, por su parte, llevó un trabajo que en los últimos diez años presentó en diferentes lugares del mundo, Todo lo que está a mi lado. Se trata de una intervención urbana: siete camas en el espacio público y en ellas siete actrices se encuentran durante diez minutos con un espectador, a quien le relatan una historia. Ese único público es también personaje. Lo que pasa en las calles es parte del espectáculo, y quienes las transitan son público por fuera del espectador; las actrices que se deben entregar a un trabajo de cercanía muy intenso, que supone una coordinación de ritmos y silencios entre las siete, con un público de reacción impredecible acostado a pocos centímetros de ellas. La experiencia, que para este cronista trajo la idea de todo lo que la teatralidad puede ser, tuvo en Rafaela un grupo de actrices que encontraron un modo sensible para asumir esta propuesta.
Los otros dos laboratorios tuvieron una génesis potentemente local: el laboratorio de teatro joven, a cargo de Max Suen y el de dramaturgia, encabezado por Consuelo Iturraspe. El primero de los trabajos devino una puesta eficaz sobre los temores, los silencios y lo cotidiano, por parte de artistas muy jóvenes que asumieron el riesgo de la experimentación desde la primera persona. Aquí que las amenazas y las distancias generacionales reaparecen como parodia o como fantasmas, pero lo es que las voces individuales se multiplican, se solapan y construyen, contra cualquier vocación solipsista, una voz coral.
El resultado del taller de dramaturgia devino una puesta performática, donde la premisa fue escribir una carta de respuesta a una epístola imaginaria, que suponga una historia posible. Algunos textos, interpretados por sus propios autores, contenían el germen para avanzar en trabajos posteriores, tanto en la construcción de personajes, de un habla personal y una trama con potencial dramático. Visto como totalidad se encuentran aromas, imágenes, geografías o ritmos que conectan con lo propio de las vidas posibles en Rafaela.

Las seleccionadas rafaelinas
Creados en la propia ciudad se presentaron dos trabajos: Una canción para siempre, de Gustavo Mondino, que escribió y dirigió este trabajo con un grupo de actores de sus talleres en el Teatro La Máscara, y Rentera o la primera cena, una obra de Nicolás Monutti, que debuta con un texto que interpela verdades y abre a la desobediencia, con una dramaturgia muy afinada, jugada sobre el humor de perdedores.
La propuesta de Mondino trae una mirada sobre la relación entre varones cercanos a los 40 años, atravesados por la música y la vida compartida. Si bien las masculinidades contadas son similares a otras, más allá del territorio, la obra adquiere hondura a partir de lo micro, cuando trae la vida en común, los espacios e historias recorridas.
La obra de Monutti fue una de las sorpresas del festival. El autor y actor es un hijo directo del festival: se enamoró del teatro el día que de casualidad tuvo que pisar un escenario para hacer una suplencia fugaz. Tres perdedores: un tímido obrero sin calificación que roba algo menor de la obra para venderlo y pagar unas deudas; un supuesto discapacitado que filosofa sobre la explotación capitalista desde la cama, y un pobre payaso callejero que evita limpiarse la cara para no gastar la poca pintura con la que se maquilla. Tres hambrientos en un mundo de creciente acumulación capitalista. ¿Cuál es la libertad del explotado? ¿Cuál es el régimen moral que se le impone al sometido? Con una dramaturgia que se sostiene desde el humor, sorprendente para lo que se devela hacia el final, Monutti se atreve a subvertir por completo un conjunto de ideas de este tiempo.
Rosario siempre estuvo cerca
En colaboración con el Festival Internacional de Artes Escénicas de Rosario (FAER), dos trabajos particulares llegaron al FTR. Por un lado, una instalación para la primera infancia, La guarida de los sentidos, donde espacios, sonidos, texturas y colores, invitan a ir encontrando placeres y lugares seguros, recreando una mirada poética sobre la ribera. Para público adulto llevaron Dois, un trabajo experimental, de búsqueda de personajes y relaciones, abierto a que el público busque sentidos o abandone definitivamente toda noción narrativa. Allí una pareja que habla en portugués sin otra traducción que lo situacional transcurre una noche hacia una fuga, un viaje, una separación. Una construcción que se sostiene con cierto humor –si uno puede comprender ciertos chistes sin traducción– y en las actuaciones que permiten intuir personajes que aún parecen buscando.
En un formato clásico infantil, el Grupo Teatro Tambor recupera la historia nacional con una mirada poco academicista con Belgrano hace bandera y le sale de primera, a partir de un texto de Adela Basch. Si bien podría requerir alguna actualización, el trabajo se sostiene por el encuentro articulado de personajes, roles históricos, construcción visual y talentos actorales. Y sobre esto un trabajo musical destacable de Homero Chiavarino, que trae para la obra su gran conocimiento de las músicas litoraleñas, las migraciones y los encuentros de sonidos.
Dos grandes obras con títeres como protagonistas
Lo grande puede ser pequeño, como lo demuestra El niño fantasma, de Pablo Aguilar, por la compañía Alquimia Títeres, oriunda de Capitán Bermúdez. El trabajo está basado en el teatro Lambe Lambe, formato nacido en Brasil a partir de la adaptación de una antigua caja fotográfica, donde se presentan trabajos con pequeñas marionetas para un solo espectador. Más allá de la demostración de talento que implica la construcción de pequeños personajes articulados, más la capacidad de manejar dos o tres simultáneamente por parte de un titiritero, lo notable de este trabajo es la potencia poética, el sentido del presente y la comprensión de la infancia y su capacidad de percibir el mundo. En solo cinco minutos cuenta un encuentro mágico de niños en una plaza, allí donde los adultos ya no encontramos nada, ni a nadie.
Con títeres de otra dimensión, una dimensión de lo humano y de la tragedia, del dolor íntimo y a gran escala, Flota, rapsodia santafesina recrea la inundación de la ciudad de Santa Fe de 2003. El trabajo, de lo más destacado del festival, parte de testimonios, textos y objetos surgidos de una investigación y creación colectiva llevada adelante por la compañía de títeres Hasta las Manos. No es posible separar la potencia del relato de la minuciosa elección de este equipo para representar cada escena, de las dimensiones de los objetos, los materiales, la iluminación y los sonidos. Es un relato sobre la devastación, el dolor de las víctimas, y de cómo la impunidad, como el agua, sigue circulando por los intersticios de la historia. Como si tuvieran una maquinaria teatral sorprendente, los actores giran el escenario –que no gira– e incluyen a los espectadores en la escena para comprender algo de la realidad de quienes perdieron todo. Un brillante trabajo, ganador de la Fiesta Provincial de Teatro de Santa Fe en 2024.
Más allá de las fronteras santafesinas
Córdoba estuvo presente con una versión sorprendente del clásico Las tres hermanas, de Anton Chéjov. La puesta de David Piccotto propone un recorrido de la historia de esas mujeres atravesado, formalmente, por la historia del cine. La obra sucede atrás de una pantalla donde formatos y géneros cinematográficos ocurren, tanto como proyección y como desarrollo en la escena teatral que ocurre por detrás. Aquello que Chéjov construye en su obra, la familia, el poder, las relaciones, el tiempo que parece no pasar y la espera interminable, está presente sin duda en la adaptación, aunque por momentos el dispositivo escénico termina primando sobre esa dramaturgia. El resultado es indudablemente fascinante, inteligente y profundamente lúdico, algo que en el teatro, y especialmente en un clásico, se agradece.
Desde la Patagonia, desde un pequeño lugar la Comarca Andina, llegó Ante, la puesta de la Compañía Teatro Casero sobre la obra del dramaturgo croata Ivor Martinic. La historia ocurre la tarde en que Ante cumple 12 años y gira en torno a la relación compleja entre el niño y su padre, la ausencia de la madre fallecida, el amor romántico, la posibilidad de crecer y de rehacer la vida. La clave de la puesta está en la forma de la representación. Cinco actores asumen los roles, los nombres y sus voces, jugando entre la distancia actoral y la convicción de traer la voz y el dolor intenso e interno de los personajes. Alrededor de una mesa de cumpleaños, giran y construyen un espacio ficcional que va mucho más allá, imaginando espacios pasados y presentes, la vecindad, la escuela, y el temor de Ante de salir a un mundo que lo hizo víctima de una guerra y las ausencias.
