Hombre eminentemente mental y de experiencias vigorosamente imaginativas, al decir de Borges, el estadounidense Nathaniel Hawthorne nació en Salem en 1804 y murió sesenta años más tarde en New Hampshire. En 1850 publicó La letra escarlata, en la que denuncia la hipocresía de una comunidad puritana que estigmatiza a una mujer por haber concebido un hijo sin haber celebrado casamiento. Llevará por ello, como signo de su maldición, la letra A –justamente, la de adulterio– en el pecho. Unos quince años antes, sin embargo, apareció en la revista New-England su relato más singular, “Wakefield”, que, en una nueva traducción rioplatense, la editorial Serapis pone a circular junto a otros seis relatos alegóricos.
El singularísimo Wakefield, sin que medie razón alguna (ni psicológica, ni sentimental, ni económica), decide, un día como cualquier otro, sin más, abandonar la seguridad de su hogar. Parte de esta curiosidad inexpugnable radica también en un escándalo carente de todo bullicio: sigiloso, el hombre alquila un departamento a una cuadra de distancia de su residencia original, donde su mujer, la atribulada esposa, deberá aguardar, sin conocimiento o noticia alguna del paradero del hombre, por su retorno. Wakefield se tomará unos cuantiosos veinte años en volver; decisión cuya causa –cuyo sentido o explicación– permanecerá en vilo.
El narrador del relato, que se jacta de tener un conocimiento pormenorizado sobre su protagonista, que se enfoca en él, que lo sigue en la calle a pesar de la intrascendencia de semejante caracter (Wakefield es, en efecto, uno más entre tantos otros), afirma: “¿Quién podría haber anticipado que nuestro amigo se permitiría un lugar principal entre los hacedores de hechos excéntricos? Si se les hubiera preguntado a sus amigos quién era el hombre en Londres que con más posibilidades de hacer algo hoy que ameritara ser recordado al siguiente día, nunca hubieran pensado en Wakefield”.
Tensiones en juego

Con selección y prólogo a cargo de Ezequiel Vottero, Wakefield y otras alegorías recoge relatos que cargan con el peso de lo simbólico: parábolas o alegorías que expresan tensiones entre nuevos y viejos sistemas; entre la interpretación libre o puritana de la Biblia; entre el orden civil y el religioso; entre el deseo y el intelecto. La impronta romántica se impone en algunos (“Las campanas nupciales”, “El velo negro del pasto”), y lo bucólico-folklórico atravesado por preocupaciones calvinistas en otros (“El árbol de mayo de Merry Mount”).
De qué tradiciones, prácticas, signos, objetos, debe deshacerse una comunidad para fundar una verdadera nación protestante, parece preguntarse Hawthorne. ¿Cómo distinguir los fuegos fatuos, el oropel y el ropaje ostentoso, de los atributos y los valores verdaderamente esenciales? ¿Qué arrojar a ese incendio mayúsculo –el de “El holocausto de la Tierra”, el último de los relatos–, y qué preservar, para el armonioso crecimiento de una sociedad? Sea cual sea la respuesta, Hawthorne propone calibrar en su justa medida los atributos comunes a un pueblo; y si bien la adultez –tanto de una persona como de una patria– exige el abrazo de la racionalidad y el abandono del pensamiento mágico, requiere también una inteligente reconsideración del deseo y la imaginación, esas dos válvulas potentísimas del ambiguo corazón humano.
