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Caras y Caretas

           

Pilotear los sueños hasta la meta

La vida ofrece mil posibilidades, ¿por qué no agarrar todas las que se nos antojen? El Chueco la vio clara desde bien pibe y, a una velocidad insuperable, cruzó más de una línea de llegada. En la cancha y en las pistas, Juan Manuel Fangio no se guardó nada.

La Argentina tiene un no sé qué por los deportes que la llevan a una pasión alocada, histérica, cambiante. A la mayoría de los que amamos los deportes, no nos alcanza solo con sentarnos en una grada y sentirnos parte del juego de la victoria que pone a prueba habilidades, temperamentos y hasta la misma esencia de humanidad, tenemos que practicarlos. Aunque sea por el simple hecho de hacerlo. Nada más. Pero después están esos “raros” que no se conforman con una simple práctica dispersiva. Tienen tanta hambre de gloria que cualquier cosa que hagan los eleva en un recuerdo inspirador eterno.

Juan Manuel Fangio fue uno de los atletas más condecorados y nombrados de nuestro país. Un personaje construido por voces y por un museo, hecho de arranque por él mismo. Un personaje que sí claro, existió, y hay quienes lo pudieron disfrutar viendo cada una de sus expresiones en carrera, sin esos cascos modernos que si no sabemos el color del auto ni idea de quién pilotea y ni hablar de jugar a adivinar qué estará sintiendo en cada curva. Fangio habita una memoria colectiva bien criolla porque solo fue Fangio. El ídolo y único en nuestra historia capaz de conquistar cinco títulos mundiales en el automovilismo, actividad deportiva de cabecera en épocas doradas que se enorgullecen al vuelo de la albiceleste.

Llegó al mundo en el centro de una familia de inmigrantes italianos que desembarcaron en nuestro país con sobretodos de sueños. Loreto Fangio y Herminia D’Eramo se instalaron en Balcarce, al sudeste de la provincia de Buenos Aires. Ahí nació Juan Manuel, el cuarto de cinco hermanos. Con la cultura del esfuerzo y el trabajo bien calada en las venas, Juan Manuel empezó a trabajar desde los 11 años, arrancando con una herrería. Sin embargo, a los 9 ya saciaba su curiosidad investigando talleres mecánicos. Del colegio ni hablar, no le interesaban los libros.

Y encima, a solo 300 metros de su casa había un potrero, luego devenido en club; ahí pasaba sus horas de tierra y juego. Ahí peloteaba. Ahí empezó todo. El club Ferroviarios.

Apasionado por el movimiento y por la competencia, dejaba en evidencia su talento y en 1925 fue reclutado por el club Estudiantil en la tercera división. Arrancaba la primera carrera de Fangio, pero en el pasto. Al año siguiente pasó a Ferroviarios, donde se profundizó lo que para él era una de las llaves maestras de sus glorias: la amistad. El fútbol lo acercó a Bernardo y José Duffard, que lo acompañarían y sostendrían en cada paso por venir.

AÑO SABÁTICO

En 1927, Juan Manuel no puede respirar bien y la tos de seguro no lo dejaría dormir. La pleuresía lo sacó de la carrera, de la cancha, por un año. Pero cuando ya empezó a recuperar su aire, se decidió a practicar boxeo como una forma de fortalecer su condición física –este era otro aspecto en el que siempre hacía hincapié– y retomar una vida normal: volver al club y al taller mecánico que su padre le ayudó a construir con los años. El boxeo fue solo una amante del momento que lo ayudó a seguir adelante. Pero él tenía amores más profundos.

Llegó el año 1928 y Sportivo Mitre lo reclutó como futbolista. Ahí empezó a lucir la gambeta veloz por la banda derecha, y se implantó el apodo que lo dio a conocer mundialmente: “El Chueco”. Todos querían en su club al pibe balcarceño de las piernas vertiginosas.

Entre 1930 y 1931 también pasó por las canchas de Leandro Alem. Pero para esos años tenía obligaciones patrióticas y cumplió con el servicio militar: de Balcarce a Campo de Mayo. Pero la pelota siempre bajo el pie. Si se habrá llenado de barro en ese Sexto Regimiento de Caballería.

Juan Manuel, ese nene chiquito que quería meterle mano a cuanto motor le pusieran enfrente, el futuro mecánico que jugaba a correr los autos mientras hacía que barría el taller que le daba trabajo, ese pequeño gigante que tiraba baba por las novedosas 4 ruedas de la época, los primeros Ford T que llegaban a las tierras de Balcarce, sí, él también se estaba convirtiendo en futbolista, orgullo de toda una ciudad.

Cuando llegó a la edad de 22, volvió al club Rivadavia donde años antes había tenido un breve paso. Y fue justo para esos abriles del 34 al 38 que los flashes no dejaban de buscar a ese “insider derecho” que corría como un rayo manteniendo la mira fija en los tres palos. Hasta los equipos de otras ciudades empezaron a ficharlo con la añoranza de tenerlo en sus líneas, pero nada tentaba al “chueco” que siempre mantuvo los pies en la tierra y como le habría afirmado con absoluta convicción alguna vez al periodista y actor Cacho Fontana: “La gente que gana de golpe mucho dinero no sabe disfrutarlo, y se marea. Es fácil. Y otra cosa: los amigos, los que están detrás de ti, el que va detrás del éxito. Hay que simplemente observar la carrera. Si vamos observando todos los que van detrás. Eso es importante. Y el éxito es confianza en sí mismo. Yo no soy un hombre de mucho coraje, pero hay que tratar de ser el mejor, pero nunca creerse el mejor. Eso es el éxito”.

Juan Manuel se sintió exitoso siempre por los amigos que eligió en su vida. Amigos con quienes tuvo la suerte de salir campeón con copa en mano: en ese antiguo torneo de primera división, en los años 1935, 1936, 1937 y 1938. Y hasta encabezó la lista de goleadores del certamen. Además, entre 1934 y 1938 fue titular en la Selección Balcarceña que disputó torneos regionales con combinados de otras ciudades. Balcarce integró su zona con los selectivos de Necochea, Tandil, Mar del Plata y Olavarría (en alguna ocasión). Los ganadores de cada región se clasificaron a nivel provincial y más tarde los mejores se enfrentaron con conjuntos de otras partes del país.

Con el número ocho en la espalda, ¿qué tipo de jugador habría sido hoy? De seguro le estaría dando dolores de cabeza a más de uno que tratase de marcarlo en el uno a uno, con su velocidad y cambios de ritmo en el campo. Un jugador incapaz de dejar de pensar en llegar a la meta es imposible de frenar, aunque se le tiren encima.

En 1936, existía la Liga Balcarceña de Fútbol, ¿y adivinen quién era la estrella? Con el tiempo todos los clubes donde jugó el Chueco fueron desapareciendo, pero la Selección Balcarceña siguió como equipo de mayores hasta finales de los años 80 y principios de los 90. Hoy solo continúa como un combinado sub-15 y la imagen de Fangio persiste como retrato de posibilidad, de convicción, de perseverancia y de saber que los sueños están hechos para hacerse realidad y que solo de vos depende llegar a la meta.

    Escrito por
    Yesica Palmetta
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