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Caras y Caretas

           

“Fangio era la alegría de vivir en estado puro”

Graciela Borges fue muy amiga del Chueco y lo acompañó durante los años dorados de la Fórmula 1. En diálogo con Caras y Caretas, comparte recuerdos entrañables del “Quíntuple” y su costado más humano.

La popular y prestigiosa actriz argentina, ícono de la historia del cine local, fue entrañable amiga de Juan Manuel Fangio. En la época en que estaba casada con el automovilista Juan Manuel Bordeu, popularmente conocido como “El pollo de Fangio”, quien había sido tomado por él como pupilo, recorrieron el mundo durante los años dorados de la Fórmula 1.

–¿Cómo y en qué circunstancias conociste a Fangio?

–La historia con el Chueco empezó desde muy chica. Cuando yo estaba saliendo con Juan Manuel Bordeu, aún no había cumplido diecinueve años. Estábamos en la estancia familiar La Peregrina, en Balcarce, y me dijo que íbamos a conocer a Fangio. Bordeu había hablado con él por primera vez por un encuentro circunstancial, en un restaurante de Chascomús. Le dijo que hacía tiempo que trataba de ubicarlo, que quería que lo aconsejara porque tenía la intención de ir a correr a Europa. A los quince días ya estaban juntos en Italia. Fangio confió inmediatamente en Bordeu: fueron amigos toda la vida. El papá y la mamá de Fangio eran tan cercanos que Bordeu los llamaba abuelito y abuelita Fangio. Yo también los amé enormemente, como a Toto, el hermano de Fangio, y a las hermanas, a quienes quise inmensamente hasta que partieron. Me acostumbré a estar en su casa.

–¿Cómo era el Fangio más íntimo?

–Vos le dabas la mano y sabías que era especial. Es raro de explicar. Sentías que, en el momento en que él te daba la mano o te abrazaba, había mundos ahí dentro. También en sus ojos había mundos propios. Era de una sencillez inusual. Cuando los Grimaldi lo invitaron a comer a Mónaco, él no le daba ninguna importancia. Yo le decía: “Pero sí, Chueco, ¿cómo no vamos a ir? ¡Yo quiero ver a Grace Kelly!”. Él tomaba todo con naturalidad. También era astuto, en el mejor de los sentidos, y muy gracioso en sus decisiones. Cuando parábamos en algún pueblo y comíamos, lo único que entendíamos era pommes frites. Los menús tenían un número. Entonces decía: “Vos, Bordeu, pedí el uno; vos, Graciela, el dos; y yo pido el tres”. Ya sabíamos que al final él se iba a quedar con el mejor plato, con el que más le gustaba.

–¿Qué recordás respecto de las pasiones que despertaba el automovilismo en esa época?

–En cualquier país que ibas, en cualquier idioma, decías que eras argentino y te contestaban: “Fangio, el Chueco”. Curiosamente, él no hablaba demasiado de automovilismo. Pero cuando viajabas con él se armaba un revuelo enorme. Era incontenible también lo que la gente sentía por él. Donde fuera. En un momento dado estábamos en la Selva Negra. Llegamos a una pequeña posada, creo que en Sasbachwalden, y ni bien puso el pie fuera del auto –él manejaba–, un montón de alemanes lo rodearon y empezaron a gritar: “¡Chueco, Chueco!”. Era una pasión lo que despertaba.

–¿Cómo era la relación de Fangio con otros corredores?

–Era muy gracioso. En una ocasión, invitó a todos los corredores de Fórmula 1 a un restaurante griego donde se tiraban y rompían platos. Después había que pagarlos. Juan Manuel Bordeu dijo: “Me parece que vamos a tener que vender todos los campos para pagar esta cantidad de platos”. Era como un niño, Fangio era la alegría de vivir en estado puro. Al Chueco le parecía que todo estaba bien, siempre. De la única persona con la que sentí que no tenía una empatía poderosa fue con Ferrari. Estábamos en Monza porque Bordeu había corrido en la Fórmula 3 y nos invitaron a su casa. Vivimos unos días con dos hermanos mexicanos, automovilistas muy famosos: Pedro y Ricardo Rodríguez, que después se mataron en un accidente. Ninguno hablaba de Ferrari ni con Ferrari. Fue una semana muy rara. Captabas la diferencia entre Fangio y Ferrari. Al mismo tiempo que te hablaba, Ferrari cronometraba todo. No perdía de vista al que estaba probando un auto suyo. Era feroz.

–¿Con qué anécdotas te gusta recordarlo?

–Hay tantas… Pero hay una en un restaurante parisino, cosa rara, porque a él no le gustaba ir a lugares lujosos. Estábamos en Lasserre, el Chueco en el medio, yo a su derecha y Bordeu a la izquierda. Veo entrar por la puerta a Dalí y a Coco Chanel. Dalí lo ve y dice: “Oh, el gran Chueco”. Fangio no tenía idea de quién era. Entonces Bordeu se le acercó y le dijo algo al oído, mientras Dalí se nos aproximaba diciendo: “¡Qué placer estar aquí, por fin te conozco!”. Fangio lo miró y le dijo: “Ah, claro, acá me dice Bordeu que vos pintás”. Casi nos morimos de risa. “Esta viejita qué simpática”, dijo por Chanel. Pero todo lo decía con delicadeza. Nunca sentía que era más que nadie. Ocupaba su lugar en el mundo con naturalidad. Puede haber tenido muchos defectos, pero tenía un corazón realmente privilegiado. En otra ocasión fuimos hasta Polvaredas para ver a un muchacho, Augusto “Pirincho” Cicaré, que estaba armando un helicóptero, solo para alentarlo.

–¿Cuáles son los recuerdos más perdurables que tenés de él?

–Algunas cosas que decía me quedaron marcadas. Por ejemplo: “El mejor corredor no es el que llega antes, sino el que, yendo más despacio, llega primero”. Ahí estaba la fuerza. No era como después, ni como es ahora, la forma de manejar en Fórmula 1. Las muñecas, las manos del Chueco, eran poderosas. Ahora los corredores pueden tener manos chiquitas o débiles porque el auto lo hace todo. Antes se precisaba una fortaleza descomunal. Era impresionante: por los autódromos del mundo, el día anterior a las carreras, les daba la mano a todos sus contrincantes y les decía –en castellano, en “balcarceño”, como decía él–: “Mirá vos, acá ponés segunda en la curva tal”. Y siempre escuchabas que le respondían: “Yes, Fangio”.

    –¿Cómo fue Fangio después de dejar la Fórmula 1?

    –Una vez le pregunté: “¿Cómo es dejar una carrera que uno ha querido mucho?”. Me contestó: “Una noche, yo no había dormido bien y, en la mitad de la carrera, por primera vez, estaba un poco cansado. Entonces dije: bajo y no corro más, ya no quiero esto”. Me impresionó tanto. Era muy intenso lo que hacía, cómo se cuidaba. Estuve con él hasta cuando murió. Cuando empezaron a hacerle diálisis, me dijo: “No te preocupes”. Yo pensé: no lo va a hacer. El Chueco no era para eso. Iba a querer partir. Ya se habían ido Juan Manuel y Ayrton Senna, a quienes quería muchísimo. Entonces se fue, pero dejó un legado. Su vida fue mágica.

    Escrito por
    Adrián Melo
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