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Caras y Caretas

           

Un Quijote disfrazado de Sancho

Ilustración: Andrés Alvez

Cultor de la sencillez y apologista de la felicidad, Pepe Mujica se formó entre libros y entre libros vivió toda su vida. Su carácter, idealista y pragmático, lo llevaba a observar la naturaleza y reflexionar.

En un salón protocolar, sobre una alfombra roja y un silencio frío, sentado frente a un atril que sostenía por momentos las hojas que leía, Mauricio Rosencof, amigo y compañero de calabozo de José Mujica, dijo unas palabras al final de la ceremonia fúnebre. Delante de él, estaba el féretro del Pepe, con la bandera uruguaya y la de Artigas que lo cobijaban; más adelante, flores, banderas y papeles con palabras escritas que el pueblo le dejó al pasar. Sobre el piso, había una hoja con dibujos y letra infantil que decía “GRASIAS PEPE HOY TENGO UN HOGAR DIGNO”, con la palabra “PEPE” coloreada. Con boina, cuerpo inquieto y voz segura, Rosencof comenzó: “Sigo una conversación que tenía con el Pepe hace unos días”; luego, reafirmaría la escena de diálogo: “Mirá qué conversación estamos teniendo”.

Contó Rosencof: “Estábamos en el rancho con las paredes atiborradas de libros y con algún que otro cuadro asomando. Uno de Sendic al frente, plantado firme en un estrado cerrando un acto. Estábamos frente a frente, un tanto requintados, uno en un sillón, el Pepe en otro, estirado, tirando a cama. Y como siempre nos disparamos con lo que viniera. Y esta última vuelta me dice: ‘Estuve repasando el discurso de Don Quijote a los cabreros, ¿te acordás?’”.

Andan Don Quijote y Sancho Panza en busca de un lugar donde dormir. Querían llegar a un pueblo, pero alcanzaron unas chozas de unos cabreros, quienes les ofrecieron comida. Durante la cena y un poco más –“Más tardó en hablar Don Quijote que en acabarse la cena”–, el caballero andante pronunció un discurso en el que recordó una edad dorada en la que “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes”. Además, se vivía sin “artificios”, no había malicia, fraude ni injusticia. Don Quijote lo pronuncia para agradecer el gesto solidario de los cabreros.

Las tres escenas contienen aspectos esenciales de Mujica: la pasión por la lectura, el discurso de un Quijote en soledad, la conversación amistosa, la solidaridad de los cabreros y la imaginación de un mundo mejor que el expresidente prefería pensar en el futuro y no en el pasado. Los mundos imaginarios de las lecturas y utopías son causas que dan sentido a la vida y buscan transformar la realidad.

IDEALISTA Y PRAGMÁTICO

“Un Quijote disfrazado de Sancho” es la elocuente frase que Daniel Vidart, antropólogo y amigo de Mujica, acuñó para definirlo. Sintetiza el carácter idealista y pragmático de Mujica, a la vez que permite pensar el sentido de la lectura y la forma de expresión del Pepe: Don Quijote “pierde el juicio” –imagina y construye el ideal– por leer en demasía; y Sancho fue un refranista.

Mujica fue un gran lector, apasionado del libro en papel. Leyó literatura, filosofía, historia y, en el último tiempo, antropología y biología. Afirmó que entre los dieciséis y veintiún años “leyó todo” –pasaba las tardes leyendo en la biblioteca de la entonces Facultad de Huma- nidades–. Era una época de lectura reflexiva, solitaria, silenciosa y formativa. Sobre el resto de su vida afirmó que “leyó poco”, pero nunca abandonó el vicio. La queja por la cantidad insuficiente contrasta con su amplia biblioteca y constancia en la lectura, a la vez que dice mucho sobre lo que le hubiese gustado leer y el lugar central que tuvo el libro para él. La lectura es fuente de saber enciclopédico, herramienta de formación política y cultural. Durante su etapa de tupamaro, leyó con un propósito instrumental, ya que el objetivo era pensar la acción. Luego vendría un período sin leer de depresión y locura, durante su detención en dictadura; de esas enfermedades se curó cuando le permitieron leer y escribir.

La lectura se complementa con lo que Mujica denominó “rumiar”. Rumiar es pensar, hablar con uno mismo en soledad. Es un diálogo mudo, imaginario, como una escena de lectura recreada, guiada por un pensamiento, un problema, una idea en desarrollo o un proyecto político. Contó Mujica que rumiaba cuando salía a dar vueltas con el tractor: observaba la naturaleza y reflexionaba. En el desdoblamiento que supone el hablarse, uno discute, discrepa, pone a prueba las ideas; afina el ojo para que se prenda la lámpara. Rumiar es evaluar, pero sobre todo es un acto creativo. En el rumiar se podía enfrentar su parte quijotesca con su Sancho.

Este mundo solitario de lectura silenciosa y rumia no tenía sentido si el resultado del trabajo creativo del pensamiento no se charlaba con otros. En la conversación íntima –en la chacra, en un bar, en un auto– se ponía a prueba la idea. Era el momento de compartir el pensamiento, proyecto o estrategia masticada. En la transmisión de M24 de la despedida de Mujica, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, dijo que lo que define a Mujica es el ida y vuelta con las ideas: “Él no esperaba que le dijeras que sí, se te enojaba y se te hacía el loco, pero en el fondo era una de las cosas que más lo enriquecía, cuando vos le planteabas algo distinto (…) era la relación que él más agradecía”. El diálogo es enriquecedor porque implica una escucha activa y una réplica.

En las declaraciones públicas afloraban las ideas y estrategias meditadas, cuyas fuentes podían ser la lectura, la rumia y/o la conversación privada. De aquí la palabra trascendente de Mujica: la crítica a la sociedad de consumo, la reflexión sobre la humanidad como especie, la indignación por la opulencia y la pobreza en el mundo, la relevancia del conocimiento, la prédica de la libertad social, de la austeridad, de la necesidad de honestidad en política y de la solidaridad. Fue un predicador que privilegió la oralidad improvisada –pocos discursos fueron escritos y leídos–. La espontaneidad de sus declaraciones le conferían autenticidad, aunque algunas veces le jugó una mala pasada. Su decir conjugó la palabra meditada y las ideas profundas del predicador con la elocuencia y espontaneidad del payador.

EL PREDICADOR MUJICA

De la novela de Cervantes, también le gustaba el pasaje en que Don Quijote aconseja a Sancho Panza antes de que este asuma como gobernador de la ínsula. Entre otros consejos, Don Quijote le dice a Sancho que modere el uso de refranes, que son de mal gusto y que pueden volverse en su contra. Le dice que los refranes son “sentencias breves”, que “muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias”. Le señala el problema de abusar de los refranes y le aclara que no está mal decir uno traído al propósito de la conversación, pero sí “ensartar refranes a troche y moche”.

La prédica de Mujica contuvo refranes, lugares comunes o frases cristalizadas que tendían a repetirse con pequeñas variaciones. Estos daban coherencia a su pensamiento, mostraban espontaneidad y tenían efecto contagioso. Algunos eran tomados del sentido común y otros eran creados por él. Podían tener humor, una paradoja o una estructura sencilla que ayudaba a recordarlos. Para el expresidente, la verdad cabía en una expresión simple: “El odio es ciego como el amor. Pero el amor es creador y el odio nos destruye”; “hay que trabajar para vivir, pero no vivir para trabajar, porque entonces nacimos para esclavos”; “la política es la lucha por la felicidad humana”; “lo único permanente es el cambio”; “este país tiene tres millones y medio de personas e importamos 28 millones de pares de zapatos. ¡Ni que fuéramos ciempiés!”. Las expresiones solían ser definiciones contundentes o también implicar un razonamiento sencillo, que concluía en una sentencia o expresión absurda, que cuestionaba lo establecido e incomodaba.

Mujica profesó un “saber popular” que escondía lecturas, conversaciones profundas y, sobre todo, mucho arte de rumiar. Por eso podemos decir que Mujica fue un predicador, un Quijote disfrazado de Sancho, que imaginó un mundo mejor y lo expresó en un estilo simple y espontáneo. La sentencia en Mujica expresa una verdad que interpela y provoca; en lugar de cerrar, abre un diálogo, porque rechina en quien la escucha.

En su discurso de renuncia como senador, dijo: “La vida se nos va (…) pero las causas quedan”. Esta frase estaba escrita en un cartel delante de la gente que fue a darle el último adiós al Palacio Legislativo. La palabra de Mujica replicada y multiplicada en un cartel, una pared o un posteo es parte de su legado. Es canto crítico popular. En la despedida del Palacio, Mario Carrero y Héctor Numa Moraes cantaron “A Don José”, con la particularidad de que hacia el final de la canción abandonaron el micrófono y fundieron sus voces con las de las personas que estaban en la calle. Así se formó una voz colectiva y conmovedora, como las frases de Mujica, que ya pertenecen al decir popular, al graffiti de pared o al cartel callejero. Son ideas imaginadas, que buscan interpelar, expresadas al viento, ni tuyas ni mías; letra colectiva, “de ti, querido pueblo”.

Escrito por
Andrés Buisán
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