El azul del mar se contrapone con el naranja del polvo de ladrillo. Desde la cancha pueden verse los yates que amarran a metros del Montecarlo Country Club. Es 1984 y una nena argentina de 13 años peinada con dos colitas deslumbra a los fanáticos del tenis que se acercan a ver la final del torneo junior. Entre ellos están la princesa Carolina de Mónaco y Guillermo Vilas, dueño de 62 títulos.
“Hola, Gaby, ¿cómo estás? ¿Qué pensás hacer? Cualquier cosa que necesites, hablame”, se presenta el mejor tenista de la historia. Del otro lado, con ojos incrédulos y llenos de admiración, está Gabriela Sabatini, quien hacia adentro se pregunta: “¿Cómo lo voy a ir a molestar yo?”. El destino, caprichoso, provoca que el encuentro se repita en la escalera que lleva a los vestuarios, justo antes del partido definitorio contra la brasileña Silvana Campos. “Jugá concentrada, pensá solo en jugar”, le aconseja como una suerte de maestro antes del 6-4, 6-4 que consagrará campeona a la porteña que empezó a jugar a los 6 años en River.
Ese fue el año del despegue de Gaby y afianzó su paso de junior a profesional: ganó seis títulos en esa gira por Europa (Niza, Montecarlo, Santa Croce, Milán, Verona y Roland Garros) y cerró la temporada como campeona del prestigioso Orange Bowl, lo que la catalogó como la mejor deportista argentina de 1984. Cuando regresó a París la temporada siguiente, con 15 años recién cumplidos, se convirtió en la participante más joven de una semifinal individual de Grand Slam, al perder con Chris Evert, entonces número 2 del ranking y cinco veces campeona.
“Fue una transformación inmediata, porque estaba jugando entre profesionales y llegar a las semifinales de Roland Garros al año siguiente era increíble. Sentía que todo iba acompañando, que la evolución era natural, porque en el momento en el que empecé a jugar entre profesionales ya empezó a irme muy bien. Entré en el ranking profesional en el número 74, me acuerdo. Y eso, obviamente, me dio acceso a jugar los cuadros principales y a ganar partidos”, reconoció este año en una entrevista con el periodista Sebastián Torok para La Nación.
Esa descollante actuación la llevó a la portada de la revista deportiva El Gráfico, junto a Moria Casán, la vedette emblema del momento a sus 39 años, y un Vilas de ya 32 que seguía siendo el gran representante del deporte argentino pese a que no ganaba en el circuito desde Kitzbühel 1983. Con un buzo rojo con detalles grises y amarillos de la marca Sergio Tacchini y un jogging gris, esa adolescente posaba tímidamente, opacada por el conjunto marrón de animal print de la actriz y un canchero Vilas, vestido de blanco impoluto, con short, polo y su clásica vincha, y empuñando su raqueta.
LA MÁS GRANDE
Gabriela Beatriz Sabatini no necesitaba hablar afuera porque lo hacía adentro de la cancha. Durante diez años peleó con las cinco primeras raquetas del mundo en la mejor época del tenis femenino. A lo largo de su carrera, que coincidió con el ocaso de la de Vilas, compitió con leyendas como Martina Navratilova y Chris Evert y compartió una generación brillante con Steffi Graf y Monica Seles. Les ganó a todas y, como le ocurrió a su gran ídolo, el ranking no quiso que fuera su número 1 pero sí se ganó el amor de los argentinos y también de millones de personas repartidas en el mundo.
Su primer trofeo como profesional lo alzó en Tokio, el 20 de octubre de 1985, al ganarle a la estadounidense Linda Gates la final del Abierto de Japón. Apenas en su segundo año como profesional, en 1986, se llevó el título en Buenos Aires al vencer a Arantxa Sánchez Vicario y se metió en el top 10 del ranking. La cosecha se amplió en 1987 –con dos conquistas– y mucho más en 1988, año de su medalla en los Juegos Olímpicos de Seúl (perdió la final con Graf) y de su primer Masters.
A los 20 años, Sabatini ya había ganado catorce títulos oficiales. Aunque todavía no había vencido en ningún torneo de Grand Slam, lo que se destrabó el 8 de septiembre de 1990. Ya entrenada por el brasileño Carlos Kirmayr, logró vencer a Graf por 6-2 y 7-6 en Flushing Meadows, Nueva York. Y estuvo muy cerca de quedarse también con el Masters, pero Seles se impuso en el primer partido a cinco sets de la historia del tenis femenino.
Los cinco títulos de la temporada siguiente (Tokio a Navratilova, Boca Ratón y Amelia Island a Graf, Hilton Head a Leila Meskhi y Roma a Seles) la hicieron llegar a 20 y la pusieron al borde del número 1, pero la final perdida con su archirrival y amiga alemana en Wimbledon le sacó la chance. Y, en 1992, la cuenta ascendió a 25 cuando jugó un tenis extraordinario para llevarse el Abierto de Italia contra la nueva líder del ranking, Monica Seles. Por cuarta vez, además, llegó a semifinales de Roland Garros.
Aunque no consiguió títulos en 1993, se dio el gusto de ser entrenada por un breve lapso por Vilas. Y, al año siguiente, tuvo revancha en el Masters, en Nueva York: comenzó el torneo con la victoria a Martina Navratilova, en el último partido de la checa-estadounidense, y lo terminó con la victoria a Lindsay Davenport por un aplastante 6-3, 6-2 y 6-4. A esa misma rival se impuso para levantar su último trofeo, el número 27 (aunque son 39 si se cuentan los 12 en dobles), logrado en Sidney en enero de 1995. “Gabriela va a ser la número 1”, pronosticó el marplatense. “Me encantaría ser la número 1”, replicó ella.
RETIRO Y AGRADECIMIENTO
Sin embargo, de a poco, fue perdiendo el deseo de jugar y en octubre de 1996 llegó a Zúrich para disputar su último torneo. “Mi último partido fue contra Jennifer Capriati. Nadie sabía que iba a dejar, porque estaba veintipico del mundo. Terminó el partido y se lo conté a algunas personas, entre ellas la directora de la WTA, y todas se quedaron heladas. No lo podían creer”, rememoró en una entrevista con Juan Ignacio Chela. Justamente, esa charla derivó en su despedida, antes 20 mil personas, en el Madison Square Garden, donde se disputaba el Masters, y Sabatini, sin jugar, fue la gran figura al anunciar su retiro. “Quiero agradecerle a mi familia. No podría haber logrado lo que logré sin ellos”, dijo envuelta en un vestido negro, como si fuera una señal de luto a una carrera que se extinguía pese a que solo tenía 26 años.
Como ilustres del tenis mundial y máximos exponentes del deporte nacional, la relación de Sabatini y Vilas trascendió el deporte y se mantuvo con ambos fuera del court. En 2022, cuando el mejor tenista argentino de la historia cumplió 70 años, la mejor tenista argentina de la historia le dijo en un video homenaje del Buenos Aires Lawn Tennis Club: “Guillermo. Felices 70. Sabés todo lo que te admiro, lo que te adoro. Nos marcaste el camino en este hermoso deporte. Te llevo siempre en mi corazón. Te quiero mucho”. Cuarenta y un años después de aquel primer encuentro en Montecarlo, su amistad no la interrumpe la edad ni la distancia.
