Todo lo que se haga para explorar el legado de una figura mítica tendrá sabor a insuficiente. La cantidad de facetas que despliegan quienes llegan a ubicarse en ese lugar de la Historia se parece a las esculturas de Marta Minujín y sus decenas de caras. No se trata solo del rol institucional alcanzado –haber sido presidente de un país–, sino de haberse vuelto un símbolo. Una persona que encarna las disputas profundas de la condición humana. Eso fue y es José “Pepe” Mujica.
En esta entrevista con Caras y Caretas, Diego Hernández Nilson, uruguayo, sociólogo, uno de los autores del libro José Mujica, otros mundos posibles, encara la compleja misión de describir el legado que dejó el expresidente para Uruguay, la región y el mundo.
–¿Cuál sería el primer punto que destacaría?
–Para Uruguay, uno de los legados más importan- tes fue haber entrelazado a la izquierda uruguaya con el sector rural y con el proceso latinoamericano. Antes, la izquierda era una expresión básicamente urbana, de clases medias. Pepe llegó a sectores populares que estaban más vinculados a los partidos tradicionales y al sector rural, donde la izquierda siempre había sido testimonial.
–¿Por qué le adjudica esta ampliación a Mujica? ¿Por qué no lo lograron otros dirigentes del Frente Amplio?
–En el caso del interior rural, Mujica logró trascender en parte por su estilo campechano, pero también por su conocimiento. Él es un productor agropecuario. Más allá de que no se dedicara a la ganadería, tenía un conocimiento. Los otros dirigentes del Frente Amplio siempre fueron más urbanos, profesionales. Hubo alguno obrero, pero no productor agropecuario. Ahí entra también el pasado de Mujica vinculado a los Tupamaros, la organización guerrillera de la que fue parte a principios de los 70. Los Tupamaros estuvieron muy ligados a los productores cañeros del norte de Uruguay, en especial Raúl Sendic, el líder histórico de la organización. Mujica amplió esa representación a todo el sector rural. Hacía audiciones radiales cotidianamente hablando del mundo agropecuario.
–Su forma de ser tuvo mucho que ver con su trascendencia…
–Sin duda. Fue una persona muy carismática, con un carisma diferente. Hacía que cualquier cosa que dijese tuviera impacto. Incluso, como a veces tenía discursos paradójicos, sus propios seguidores intentaban desentrañar sus mensajes. El uso de los silencios. No estaba siempre bajando línea.
–Su historia, haber sido guerrillero, haber estado preso durante 12 años, torturado y luego haber llegado a presidente, ¿también influyó en la construcción de esa figura mítica?
–Eso le dio una épica muy especial. Es un poco subjetivo, pero es cierto que legitimó su mensaje. Un discurso utópico en boca de alguien que nunca salió del confort político no es igual que expresado por alguien que, por luchar por esas utopías –aun reconociendo errores–, sufrió todo lo que sufrió Mujica. Y también por su conocimiento de la realidad. Es un referente de la izquierda uruguaya que conoció China, la Unión Soviética, Cuba. Desde ahí también planteó críticas a algunas de las tradiciones de la izquierda.
–¿Qué legado dejó fuera de Uruguay?
–El estilo de “presidente filósofo”, que reflexionaba sobre el estilo de vida del ser humano, es algo que en Uruguay no fue tan tomado en cuenta, pero en el mundo sí. Por un lado, fue un político que vivió de manera muy humilde hasta el final. Hablaba de lo importante que era no entrar en la vorágine de la sociedad de consumo, y lo practicaba. Esa coherencia, que a su vez incorporaba un discurso de defensa del medio ambiente, tuvo mucho impacto en el mundo. Pepe tuvo más impacto en el mundo que en el
Uruguay. Y en el caso de Latinoamérica también impactó su incorporación de rasgos identitarios latinoamericanos: el mestizaje, el populismo, el caudillismo. Son elementos que podríamos comparar con el peronismo.
–Era un latinoamericanista.
–Sí. Y eso tiene un significado muy importante para Uruguay, que suele pensarse a sí mismo como un país europeo. Es comparable con algún rasgo de la Argentina, pero más exagerado porque tenemos menos interior. El discurso de defensa de la integración regional de Mujica logró penetrar también en el resto de América, en parte por el contexto que le tocó.
–¿Podría afirmarse que es el presidente uruguayo que más trascendió fuera de su país?
–Es un caso excepcional. La época, tan interconectada, lógicamente ayudó. Alcanzó una estatura fuera de su país que no había logrado ningún otro político uruguayo.
–¿Cómo era su relación con el resto de la dirigencia del Frente Amplio?
–Su vínculo con el Frente fue intenso y contradictorio. Él tenía un estilo caudillesco, muy diferente a la tradición del resto de la izquierda uruguaya. Tomó muchas decisiones por encima de la institucionalidad partidaria. Además, muchas veces cuestionó los órganos institucionales del Frente. Es uno de los grandes líderes del Frente Amplio, pero no es fundador: en 1971 estaba en la guerrilla. Se sumó después y creó un sector propio que hoy es la vertiente más importante del Frente. En algún punto derrotó desde adentro a los partidos históricos: los socialistas, los comunistas. Todo eso generó tensiones.
–Su gestión como presidente, ¿qué huellas dejó?
–La nueva agenda de derechos creo que sería lo central. En su gobierno se aprobaron la legalización del aborto, la regulación de la marihuana, el matrimonio igualitario. También podemos incluir la reforma de la matriz energética y la incorporación de energías renovables. Es parte de una nueva agenda. Me parece que son las reformas más marcadas que dejó, en un país bastante conservador para los cambios. Todo eso tuvo un impacto muy fuerte para que los jóvenes volvieran a sumarse a la política. En ellos también prendió mucho su discurso filosófico: la importancia de no vivir para trabajar y consumir, sino pensar en otro modo de vida.
