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Caras y Caretas

           

Un hito de la transición

Elaborado por un grupo de intelectuales que acompañó la gestión de Alfonsín, el discurso, que se proponía como una agenda para un futuro mejor, signó el proceso de recuperación democrática y sus momentos clave.

Una calurosa mañana de domingo divide cronológicamente la década del 80 en dos. Era el 1° de diciembre de 1985 y el Presidente pronunciaba una de sus más elaboradas piezas discursivas. Oficiaban de sorprendidos testigos, en las instalaciones del complejo recreativo de Parque Norte, en la costanera porteña, los delegados al Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, reunidos para renovar autoridades partidarias. Unos tres mil militantes que habían llegado en autos y micros debieron silenciar los bombos y redoblantes porque el tono de la exposición, de casi dos horas, fue pausado y analítico.

Así comenzaba Raúl Alfonsín su mensaje: “La Argentina afronta la necesidad de construir un futuro capaz de sacarla de largos años de decadencia y de frustraciones. Como sociedad, se encuentra en una de las más serias encrucijadas de su historia en las vísperas del siglo XXI y en medio de una mutación civilizatoria a escala mundial, deberá decidir si ingresará a ese proceso como protagonista o como furgón de cola de las grandes potencias hegemónicas.

“La lógica del poder en el mundo del futuro no perdonará a quienes abdiquen de la voluntad de autodeterminarse. Sin aspirar ilusoriamente a constituirse en una potencia mundial, la Argentina, como sociedad dotada de riquezas naturales y humanas considerables, puede y debe aspirar a desempeñar un papel significativo en este profundo proceso de transición que vive la humanidad, tan crucial y dramático como lo fueron hace dos siglos la revolución industrial y la revolución democrática, que abrieron nuevos horizontes para la historia de Occidente y de la humanidad toda”.

Lo que se conoció como “el Discurso de Parque Norte” había sido la culminación de una tarea de análisis, discusión y elaboración de ideas iniciada meses antes, robando minutos y horas a reuniones de gabinete y asuntos de Estado, peleando “recreos” a las urgencias, para trazar escenarios y estrategias de más largo alcance. El documento fue concluido al filo de la medianoche anterior a su difusión pública, con un Alfonsín que acababa de regresar de Foz do Iguazú, donde había inaugurado con su par de Brasil José Sarney el Puente de la Fraternidad Tancredo Neves, un antecedente del origen del Mercosur, creado seis años más tarde.

LOS FUNDAMENTOS DE UNA NUEVA ERA

Cincuenta y tres carillas impresas, bajo el título “Convocatoria para una convergencia democrática”, buscaban explicitar las propuestas que dieran contenido a un nuevo tiempo histórico. Traducir en un documento filosófico, político y doctrinario la multiplicidad de fenómenos que la propia experiencia de gobierno descubría y provocaba. La democracia había dado sus primeros pasos y caminaba sobre territorios desconocidos, inéditos. Habían ocurrido ya el fracaso de la ley de reforma sindical, varios paros y movilizaciones de la CGT, el cambio de equipo económico de Grinspun a Sourrouille y el lanzamiento del Plan Austral; las primeras elecciones de renovación legislativa con un buen resultado para el radicalismo, la consulta por el Beagle, el informe de la Conadep y el Juicio a las Juntas, que acababa de concluir con sentencias condenatorias para los excomandantes de la última dictadura. Eran tiempos de esperanza, efervescencia social y cultural y, también, de incertidumbre. Tiempos del “nunca antes” y del “Nunca Más”.

Algunos de quienes acompañaron de cerca al presidente Alfonsín –trabajando junto a él la reflexión de lo que una marcha inédita de apertura y refundación institucional significaba como rumbo histórico tuvieron, allá por 1985, una sensación (¿presentimiento?) acuciante; cuando se vencían, uno a uno, obstáculos y murallas de granito que parecían intocables: que se estuviera tensando la cuerda más de lo que aconsejaba la correlación de fuerzas, avanzando en terra incognita concretando hitos impensados y conquistando espacios para la sociedad sin modificar esa correlación de fuerzas; alimentando con esas acciones una reacción adversa.

En algún momento, se presumía, las resistencias al cambio podrían desatarse como reacción a la revolución democrática que se estaba produciendo, y hacer saltar por los aires la incipiente edificación, revirtiendo u obliterando el camino que se había comenzado a recorrer. Antes de que ello ocurriera había que lograr una masa crítica con la fuerza suficiente para atravesar el tránsito entre “lo viejo que no terminaba de morir y lo nuevo que no terminaba de nacer”. Surgía así el relato de la transición, fundamentando una continuidad institucional asentada en el cambio de estructuras y comportamientos.

Esta era una singularidad del discurso político inaugurado por Alfonsín. El relato histórico exponía una abigarrada síntesis del drama argentino, resumía en su transcurso la crisis aguda de sus modelos y proyectos del pasado, reflejaba sensaciones y vivencias compartidas, ofrecía una concentrada muestra de los sueños y frustraciones, en términos de valores, fragmentos y “voces” ocultas del imaginario social, y alojaba en su seno categorías y definiciones que –en su momento– permitían prefigurar lo que vendría con un corpus de ideas anticipatorias.

UNA AGENDA PARA EL FUTURO

Cada una de las ideas-fuerza que planteaba el Discurso de Parque Norte formaba parte de un modelo para armar que la propia sociedad debía ir construyendo: una agenda para el futuro. Un pacto de garantías, o “pacto democrático” sobre las reglas de juego –de clara inspiración contractualista–. Una transición de régimen político, del autoritarismo a la democracia, que debía ser acompañada, necesariamente, por otra en la estructura económico-social, hacia un nuevo modelo de desarrollo. En un segundo nivel de acuerdos, la convergencia programática proponía una serie de reformas cuya concreción debía conducir hacia un nuevo sistema de partidos políticos.

El contenido programático se presentaba como un trípode que integraba tres ideas y propósitos: la democracia participativa, la modernización y una ética de la solidaridad. Se trataba de una concepción que trascendía la de una recuperación democrática tradicional. La tarea emprendida no consistía en una mera restauración sino en la construcción de una democracia como jamás nuestro país la había podido asentar; lo cual implicaba recorrer caminos nuevos, crear soluciones inéditas, replantear en profundidad los contenidos de nuestra cultura política. En otros términos, a aquella primera administración democrática le cabría la responsabilidad de construir su legitimidad de ejercicio sobre presupuestos que trascendían a los de su legitimidad de origen.

Alfonsín insistirá a lo largo de su presidencia en una prédica destinada a los “tiempos largos” y los horizontes que trascendieran la gestión de su gobierno. Era como si estuviera aguardando los ecos del resto de la sociedad política, entre las amenazas golpistas, las presiones de los factores de poder y el deterioro de una administración que se fue desgastando en su gestión de la economía. El Consejo para la Consolidación de la Democracia, organismo asesor del presidente, coordinado por el jurista Carlos Nino e integrado por figuras provenientes de la academia y de la política para elaborar propuestas de reforma, y una “convergencia programática” con dirigentes y agrupaciones partidarias menores, fueron la única producción política institucional de aquel documento. Sin embargo, sus efectos dejaron una marca indeleble en la experiencia del peronismo renovador y dentro del radicalismo. También en el discurso político que signó la transición democrática y algunos de sus hitos fundamentales: los juicios de lesa humanidad, la reforma constitucional de 1994 y los avances en materia de reconocimiento de derechos civiles y sociales.

Escrito por
Fabián Bosoer
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