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Caras y Caretas

           

Primeros pasos de las democracias recuperadas

Hace cuarenta años, con algunas excepciones importantes, como el Chile de Pinochet, y todavía en el marco de la Guerra Fría, los países de la región que habían vivido los últimos años bajo dictaduras comenzaron a transitar su camino hacia la democracia, siempre condicionada por la deuda externa.

Las dictaduras instauradas en América latina, con la temprana irrupción de las de Paraguay (1954) y Brasil (1964) y el vendaval terrible en 1971-1976 (primero Bolivia, último eslabón Argentina, y en el medio Ecuador, Uruguay, Chile, Perú y países centroamericanos), se fueron retirando de escena en la segunda mitad de los años 80, ya con la labor sucia de las Fuerzas Armadas “completada”.

El final anticipado de la dictadura argentina, en gran parte consecuencia de la derrota en Malvinas, posibilitó un gobierno democráticamente electo que fue, en esos primeros años, una isla dentro de una región aún sometida al pisoteo de las botas castrenses y sus jefes oligarcas.

Debieron pasar un par de años para que, en marzo de 1985, Uruguay recuperara la democracia tras doce años de dictadura. En esas elecciones ganó el colorado (conservador) Julio M. Sanguinetti, eterno sostenedor de la “teoría de los dos demonios”.

Ese mismo año, en Perú, ganó un joven Alan García, quien asumió en julio, tras un primer turno democrático liderado por Fernando Belaúnde Terry, de Acción Popular. García representaba al aprismo, único exponente residual del APRA fundado en la década del 20 por Víctor de la Torre y que no lograra encarnar en el subcontinente.

García hizo buen tándem con Alfonsín. Por ejemplo, intentaron juntos resistir el gran mecanismo extorsivo de entonces (y aún de hoy en países como la Argentina): la herencia dictatorial de la deuda externa. Con otros países, buscaron una alternativa al Consenso de Washington con el Consenso de Cartagena, que no pudo imponerse.

Asimismo 1985, en enero, fue el momento cuando Daniel Ortega tuvo su primera presidencia en Nicaragua. Desde la caída del dictador Somoza en 1979, habían existido distintas juntas revolucionarias y de transición, con la primacía del Frente Sandinista. La crisis nicaragüense, con la injerencia de EE.UU. y el contrapeso del Grupo Contadora por parte de democracias latinoamericanas, fue un episodio muy importante del período.

Y en Brasil, también hace cuarenta años volvió la democracia. Ganó la primera elección (indirecta, vía colegio electoral) Tancredo Neves, pero murió de súbito antes de asumir y su vice, José Sarney, juró y quedó al frente del Gobierno. Igual que García, tuvo un muy buen vínculo con Alfonsín y los protocolos de integración que firmaron ambos –que abarcaban aspectos económicos y un sensible capítulo nuclear, para dejar atrás la hipótesis de conflicto militar que prevalecía hasta entonces– fueron las bases del futuro Mercosur. En Brasil, 1985 fue el año en que se fundó un actor social de relevancia, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), convergencia de diversos grupos que desde hacía muchos años ya combatían contra la concentración de tierras y tenían apoyo de la Comisión Pastoral de la Tierra, ligada a la Iglesia católica.

RESABIOS DICTATORIALES Y GUERRA FRÍA

Pero no todo el vecindario iba dejando atrás los años más duros del terrorismo de Estado. Por ejemplo, uno de los dictadores más emblemáticos del período militar y del sostén de Estados Unidos, el chileno Pinochet, mantenía con firmeza el poder apoyado por los grupos económicos más concentrados y por la ideología monetarista y neoliberal que con más fuerza que en ningún otro país de la región penetró la sociedad, incluso en capas populares de Chile, hasta hoy.

Pinochet recién se retiraría en 1990, diecisiete años después del asalto al Palacio de La Moneda, y bien que asegurándose antes el “amarre” de distintos resortes del poder económico e institucional, incluida una nueva Constitución.

Chile era un factor de riesgo para el alfonsinismo y para la región. De hecho, podría indicarse como la amenaza más clara a la incipiente democracia. Pinochet tenía aliados internacionales, tanto como los tenía su más radical contrincante, y armado: el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, ligado al Partido Comunista. Después de todo, era todavía tiempo de Guerra Fría entre EE.UU. y la Unión Soviética, donde también en ese año de 1985 –dato crucial del período por los hechos en los que sería protagonista– asumía el mando Mijail Gorbachov. Al primer Estado obrero fundado por Lenin le quedaban solo seis años de vida. Por eso, un gobierno como el de Alfonsín estaba muy solo en 1983 (el escenario comenzaría a cambiar un poco desde 1985) para mantener equilibrios que no perjudicaran su de por sí frágil cuadro económico, sobre todo por el condicionamiento de la deuda externa. Menos importante, pero de todos modos motivo de atención en la frontera, era Paraguay, donde el eterno Stroessner recién se retiraría en 1989.

La tensión entre Occidente y el Este, con el Muro de Berlín como frontera simbólica, marcaba, en esos años finales del conflicto, todavía un clivaje que ningún gobierno del mundo podía ignorar. La capacidad de maniobra de cada uno de ellos era proporcional a su fortaleza relativa, que en el caso de Alfonsín era poca. Con ese escenario geopolítico inevitablemente en el radar, las relaciones con EE.UU., la URSS, Cuba, Nicaragua, Brasil o Chile, para citar casos paradigmáticos, eran muy cuidadas.

Mientras a nivel global se comenzó a hablar de “agujero de ozono” (en 1985 el término asomó en el British Antarctic Survey), en Europa su Comunidad Económica engordaba (en 1986 se asociarían España y Portugal tras sus sendas dictaduras de Franco y Salazar); mientras en la China de Deng Xiaoping la exitosa Reforma y Apertura daba sus primeros pasos, o en tanto África era devastada por el hambre y puntualmente en Sudáfrica empezaba a retroceder algo el apartheid, la América latina de 1985 transitaba entonces un período que podría sintetizarse como el del inicio del final de los autoritarismos armados y el incipiente arranque de un ciclo democrático.

La trampa que se incubaba era que lo que vendría, en general, era una democracia más que nada en términos electorales y de libertades políticas, pero muy limitada en su capacidad de transformación social y económica, mayormente restringida por la labor del terror estatal y la matanza, persecución, desaparición y exilio de cientos de miles de personas. La consolidación, luego, de un patrón neoliberal y de nuevas dependencias, con algunas excepciones o anomalías en la primera década de siglo XXI, sería y sigue siendo el cepo que coarta la posibilidad real de que con democracia se coma, se cure y se eduque, entre otros derechos.

Escrito por
Néstor Restivo
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